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Estudiantes de Teología de los Misioneros Pasionistas, Provincia de Cristo Rey (REG). Hijos de San Pablo de la Cruz.

martes, 13 de abril de 2010

San Gabriel de la Dolorosa


SAN GABRIEL DE LA DOLOROSA
EL BAILARÍN ROMPECORAZONES

Y pensar que en la casa Possenti no eran pocos. El papá Santos y la mamá Inés habían tenido trece hijos. Alguien, es verdad, había regresado prematuramente al cielo y algún otro vivía lejos por diversas razones. Pero no por esto la casa del gobernador había quedado vacía. Sin embargo “en casa se estaba como muertos sin él”. Las sobrias habitaciones del antiguo palacio adquirían vida solo si estaba él, “Panchito”, de contagiosa alegría y arrebatadora sonrisa. El hermano Miguel ya viejo recordaba así la personal juventud marcada aún por la vivacidad y la alegría del vivaracho “Panchito”.

Joven todo empuje
Noble y numerosa familia aquella de Panchito; los gritos son siempre nuevos y frescos. Una familia sobretodo ejemplar. Panchito ha permanecido hasta los 18 años, después vivió 6 años en convento. Vida breve pero plena, transcurrida de prisa, la de Panchito: para recorrerla parece que nos falta el aliento. Casi imposible estar tras él. “Nos ha ganado el paso” dirá con felicísima expresión el padre Norberto Cassinelli, su director. Vida sonriente e fascinante: al acercarse se descubren horizontes luminosos e ilimitados. Adelante, pues. Sigámosla, aunque sea de un plumazo.

De inmediato las fechas sobresalientes. El primero de marzo de 1838: nace en Asís (Perugia), el décimo primero de trece hijos, del asesor pontifico de la ciudad. Lo bautizaron el mismo día con el nombre del más ilustre de sus paisanos, San Francisco de Asís. Sin embargo, en casa y entre los amigos, siempre lo llamaran “Panchito” y entre los Pasionistas elegirá el nombre de Gabriel. El 27 de febrero de 1862: muere en Isola del Gran Sasso (Teramo). A los 24 densos años. El papá Santos Possenti (Terni 1791 / 1872) se laureó en Roma, ejerce funciones de gobernador, delegado y asesor del estado pontificio en 27 ciudades esparcidas en las Marcas, en el Lazio y en Umbría. La mamá Inés Frisciotti es una noble mujer, dulce y santa. Se casaron en Civitanova Marcas (Macerata), pueblo natal de ella, el 13 de mayo de 1823. Del matrimonio nacen trece hijos: dos mueren apenas nacidos, dos a tierna edad, cuatro (y entre estos Gabriel) en plena juventud.

En 1841 Santos es nombrado asesor de Espoleto (Perugia) a donde se transfiere con toda la familia. Aquí con menos de 42 años muere Inés. Antes de morir, desea que esté cerca de ella Panchito: lo besa y lo abraza largamente. Santos educa con la palabra y con el ejemplo. En la mañana, antes de dirigirse al trabajo, reza durante una hora y luego participa en la Misa llevando siempre a alguno de sus hijos. Por la tarde, el rosario: que nadie falte o tome la costumbre de dormirse… terminando exhorta a todos “inculcando los principios cristianos”. En 1844 Panchito inicia la escuela elemental. No está la mamá para prepararle los útiles o el desayuno. La hermana María Luisa, de 9 años más grande que él y la sirvienta, Pacífica Cucchi, la sustituyen de la mejor manera. En 1846 recibe el Sacramento de la Confirmación y en 1851 la Primera Comunión.

A los trece años, inicia los estudios del liceo con los Jesuitas en el colegio que en Espoleto llaman orgullosamente universidad: son años fundamentales para su formación humana, cultural y espiritual. Es inteligente, le agrada el estudio, logra sobresalir especialmente en literatura. Los numerosos premios y felicitaciones no se hacen esperar. Compone poesías aún en latin; las recitaciones escolares lo ven protagonista indiscutible y aplaudido. Elegante, vivaz, despabilado y ocurrente se hace foco de atracción por su alegría, a veces excéntrica. Sigue la moda, viste a la moda y una rociada de perfume no lo desprecia. Ama la alegría y jamás falta donde hay fiesta. “ha nacido para la amistad”. Quiere ser el primero en todo, y a toda costa; “la bella vida no le desagrada”. El calificativo de “bailarín” (y no sólo porque va a bailar), no es realmente inmerecido. Pero es también bueno, generoso, sensible a los sufrimientos de los pobres; ama la oración. Le brota la vida de todos los poros. La cacería es su deporte preferido, el teatro lo fascina y va con frecuencia con el papá y la hermana. Nada de extraño si el corazón de alguna jovencita comience a palpitar por él.

Lo atraen los romances y lee ávidamente autores del tiempo como Manzini, Bresciani, Tomás y Grossi. Pero no hay mucho tiempo para soñar: el futuro apremia y es necesario prepararlo. En la familia otros han ya elegido el propio camino. ¿Qué hará él?... Es verdad: no le falta nada, y sin embargo nada lo satisface del todo. Cuántas veces durante los espectáculos teatrales se desliza y va contarle a La Virgen los problemas y las inquietudes de su nómada corazón. Cuántas veces se cierra en su cuarto ante la pequeña estatua de la Dolorosa, por él queridísima, y se encuentra con los ojos llenos de lágrimas. Y luego, ¿quién lo diría? Bajo su elegante ropa lleva también el cilicio. Un verdadero barullo el joven corazón.

Los repetidos lutos familiares o también algunas graves enfermedades en las que se ve afectado, le han hecho aparecer las glorias humanas, breves e inconsistentes como orlas de nieve. A los trece años, por ejemplo, se enferma gravemente de la garganta; ve a su alrededor caras preocupadas y demasiado tristes. ¡Qué miedo, pobre Panchito! Implora y obtiene la curación del beato Andrés Bobóla. Precisamente en este tiempo ha sentido un gran miedo y ha prometido entrar con los Jesuitas, pero luego la vida ha vuelto a enrolarlo con su ritmo y a distraerlo con sus insinuaciones.

El padre es renuente en dejarlo partir. ¿Y quién podría cambiarlo? El papá Santos ha tenido trece hijos y ha visto en torno suyo una soledad siempre más grande. Teresa se ha casado, Luis Tomás es religioso dominico, Enrique estudia para ser sacerdote, Miguel frecuenta la facultad de medicina y cirugía en Roma, dos hijas y cuatro hijos ya han muerto. En casa, estamos en el 1855, le quedan sólo María Luisa de veinte y seis años, Panchito de diez y nueve, y Vicente de diez y seis. Santos quiere inmensamente a todos; pero Panchito es Panchito. Le es el más querido de todos, sobresale en sociedad, le funge de secretario y para él sueña un óptimo porvenir. ¿Qué hará sin él?

En 1855 una nueva muerte, de las más tristes. El 7 de junio, truncada por el cólera muere de improviso María Luisa que en casa había sustituido a la mamá. Panchito se ve envuelto por un huracán de por qué… Para qué sirve vivir si después… La idea del convento regresa con más insistencia pero el padre hace aún de todo para que esa no tome forma precisa. ¿Qué cosa se necesitará para que Panchito se decida verdaderamente? El 22 de agosto de 1856 por las calles de Espoleto se desarrolla la procesión con la imagen de la Santísima Virgen venerada en la Catedral. Entre la multitud se encuentra también él. Cuando la imagen le pasa delante se siente herido el corazón con palabras de fuego que le queman el alma: “Panchito, ¿qué cosa haces en el mundo? La vida religiosa te espera”. Panchito sale de la multitud y se pone a llorar con la cara entre las manos. Esta vez es la madre que le llama. ¿Cómo es posible resistir? Nadie ni nada lo detendrá. El 6 de septiembre (han transcurrido sólo15 días), sale de Espoleto y el 10 está ya en Morrovalle (Macerata) para iniciar el noviciado. A lo largo del camino ha superado aún pruebas escalonadas del padre para examinar su vocación. Pero tenía razón Miguel al decir en familia: “Sepan cómo es Panchito; cuando ha tomado una decisión no se deja cambiar”.

El bailarín sorprende a todos

En Espoleto quedan todos sorprendidos por su repentina partida. La mañana del 8 de septiembre el profesor de literatura, padre Luis Pincelli, entrando al salón de clase, comienza la lección de manera desacostumbrada: “¿Han oído del bailarín? Se ha ido para hacerse pasionista”. En Morrovalle, Panchito, encuentra otros 10 novicios entre los cuales está el beato padre Bernardo María. Es maestro el padre Rafael Ricci y vicemaestro el venerable padre Norberto Cassinelli. Panchito se siente finalmente satisfecho. También Santos está tranquilo, convencido de la vocación del hijo. Acepta “los inescrutables designios de la Divina Providencia”. Siempre lo ha enseñado a los hijos. Ahora, él mismo inclina la cabeza aún si el dolor por la separación no encuentra adjetivos suficientes.

A los 18 años, pues, Panchito cambia página. El hijo del gobernador con un rosa porvenir, el bailarín amante de la cacería, se encierra en convento donde la vida, para un ojo profano transcurre monótona y rutinaria. ¿Hay una explicación para todo esto? Ciertamente. De cuando la Santísima Virgen, por las calles de Espoleto, le ha invitado fijándolo en los ojos y hablándole al corazón, ha visto claro su futuro. Un corte preciso con el pasado y una fantástica aceleración hacia lo alto. Fascinado por naturaleza, por lo bello, habiendo intuido que la belleza suprema es la santidad, la hace su único objetivo. Y lo centra perfectamente.

El 21 de septiembre de 1856 viste el hábito pasionista y elige un nombre nuevo: Gabriel de la Dolorosa; nombre que le manifiesta continuamente la Virgen. El año sucesivo emite la profesión religiosa. En junio de 1858 se transfiere a Pievetorina (Macerata) para los estudios filosóficos bajo la guía del padre Norberto que lo acompañará hasta la muerte. El 10 de julio de 1859 está en Isola del Gran Sasso para el estudio de la teología y la preparación inmediata al sacerdocio. El 25 de mayo de 1861 en la Catedral de Penne (Pescara) recibe la tonsura y las ordenes menores. Inmediatamente después se enferma; cualquier curación resulta inútil. No logra ni siquiera el sacerdocio. El 27 de febrero de 1862 “al surgir el sol” muere confortado por la bellísima visión de la Virgen invocada con profundo amor: “Madre mía, ven pronto”. Aún no han pasado 6 años de su ingreso entre los Pasionistas. Los hermanos religiosos permanecen allí alrededor del lecho a mirarlo nutriéndose de hermosísimos recuerdos. Y conmovidos recuerdan…


Recuerdan su vida caracterizada por la desbordante alegría. Una alegría que continuamente le brotaba desde dentro, le perfumaba la vida y que la esparcía a manos llenas. Una alegría incontenible: parpadeaba por cualquier señal, se deshacía por cualquier actitud; explotaba, fascinaba, contagiaba. Gabriel se había convertido también en cantor. “La alegría y el gozo que yo pruebo es casi inexpresable; mi vida es una continua felicidad. Los días, aún los meses se pasan rapidísimo. Mi vida es una dulce vida, una vida de paz. Estoy contentísimo”. Gozo y sonrisa que no se pueden apagar ni siquiera ante la muerte. Es más, sobre la muerte han obtenido su victoria más bella. Un día lo llamaran el “santo de la sonrisa”. Ellos ahora no lo saben. Pero no se maravillarían si alguno lo insinuase.


Recuerdan sus días. Al parecer ordinarios. Sin embargo jamás encerrados en la rutina. Mártir y poeta de lo ordinario. Lo ordinario ha sido su pan, el simple heroísmo, lo ordinario su canto. Las pequeñas frágiles cosas de cada día, se hacen grandes por el espíritu con el que las realizaba. Con esas ha diseñado el mosaico de la santidad. Lo repetía con frecuencia: “Dios no mira la cantidad sino la calidad; nuestra perfección no consiste en hacer cosas extraordinarias sino en hacer extraordinariamente bien las ordinarias”. Su director revelará con una lapidaria expresión el secreto de su santidad: “Gabriel ha trabajado con el corazón”.

Recuerdan su vida transcurrida a la sombra de María. Ella, en efecto, “comenzó en Espoleto llamándolo a la vida religiosa. Lo acompañó y continuó ayudándolo en la obra de su santificación; cumplió la obra viniendo a recoger su alma y llevarlo cerca de sí en el paraíso. Parecía que el no fuese sino una copia de María”. La Virgen y la Virgen Dolorosa, en particular, ha sido la razón de su vida. Emitió un voto especial: propagar la devoción a la Virgen Dolorosa.

¿Pero precisamente ha muerto Gabriel? Parece dormir sereno. Lo observan por última vez y lo ven así como lo describirá el director: “Mi Gabriel, dirá el padre Norberto, tenía un carácter muy vivaz, suave, insinuante y al mismo tiempo resuelto y generoso. Tenía un corazón muy noble, lleno de afecto, un modo de hacer sumamente atrayente, agradable, naturalmente gentil. Era juvenil e festivo, de palabra rápida, aguda, fácil, llena de gracia. De modales convenientes, era ágil y compuesto en cualquier movimiento de la persona. Tenía ojos redondos, negros, muy vivaces y bellos: parecían dos estrellas. La virtud y la santidad pues en todo lo llevaba a cabo. Reunía tantas dotes que difícilmente se pueden encontrar todas en una sola persona. Ninguna maravilla que se conquistara el bien querer de todos. Era verdaderamente bello en el alma y en el cuerpo”.

Hacen, sí lo funerales, celebran las exequias. Pero más que rogar por Gabriel, ruegan a Gabriel: todos están convencidos de deponer en el sepulcro, cavado en la cripta de la Iglesia, no un cadáver sino una semilla destinada a florecer. Los tiempos los conoce sólo Dios. Pero no estarán demasiado lejos. En 1866 los Pasionistas son expulsados del convento de Isola. Todo parece consignado al silencio. Sin embargo… en 1891 inician los procesos de beatificación; en 1892 será la exhumación de los restos mortales de Gabriel acompañada de una lluvia de prodigios grandiosos. En 1894 los Pasionistas regresan a Isola llamados por aquel joven estudiante que no quiere saber de haber muerto. El 31 de mayo de 1908 Gabriel es declarado beato y el 13 de mayo de 1920 es proclamado santo.

Lo demás es historia de fascinación siempre creciente, de una vida siempre más plena. Continúa a ser historia de una santidad que no conoce ocaso. En el mundo más de mil templos están dedicados a él. Y en los Abruzzos, a los pies del Gran Sasso, donde un tiempo surgía una pequeña y solitaria iglesia hay ahora uno de los santuarios más conocidos y queridos. Aquí Gabriel llama, atrae y acoge. Innumerables peregrinos lo visitan. Bajo su sepulcro brotan gracias sin término, se producen estupendos milagros. Para muchos enfermos Gabriel es la última esperanza; para otros es la única esperanza. Para muchos, acercarse a su tumba, es la señal más largamente acariciada. Y con frecuencia la esperanza no queda defraudada: el milagro besa un corazón en pena, sana heridas sangrantes y renueva un organismo desahuciado.
Gabriel está vivo, sonríe aún. Todavía regala gracias y milagros.

domingo, 10 de enero de 2010

SAN CARLOS HOUBEN, C.P.


El samaritano de Irlanda

Ya era viejo y no era Irlandes. Tenía los cabellos blancos, el rostro arrugado. Sin embargo, los jóvenes estudiantes pasionistas de Dublin le amaban y buscaban su compañía. Lo llamaban cariñosamente Charlie (Carlitos). Pero también él, padre Carlos Houben, se definia “el pobre viejo Charlie” riéndose alegremente. Hasta los vivaces monaguillos, nada atemorizados por su figura de asceta, acostumbraban llamarlo Charlie mientras jugaban junto a él gritando. El los bendecía satisfecho, acompañando el gesto con pocas pero afectuosas palabras. Y el tono de voz parecía una caricia.

“Llamen al padre Carlos”
Pasó bendiciendo, curando y perdonando. Siempre accesible y amable. Pobre entre los pobres, hizo de su vida un don a los sufrientes. Todo de Dios, todo del prójimo. Los indigentes en el alma y en el cuerpo, no lo dejaban descansar ni siquiera un momento. Profundamente aficionado a la familia y a la patria trabajó durante muchísimos años lejos de una y de la otra encontrando en los sufrientes a los propios hermanos y en la tierra de Ilanda su patria. Cada día cerca de trescientas personas acudían a él atraídas por la fama de sus virtudes y animadas por el convicción de encontrarse con un santo. Y encontraban un corazón compasivo y abierto, gentil y paciente, disponible y tierno, viva imagen de la misericordia de Dios. Médicos y enfermeros de Dublin, cuando el caso era desesperado se rendían cruzando los brazos, suspiraban mirando al cielo y aconsejaban “manden llamar al padre Carlos”. Y Carlos acudía a las casas y hospitales a cualquier tiempo y a cualquier hora llevando con frecuencia el don de una curación inesperada y siempre una sonrisa de serenidad. Con amor preparaba a los moribundos al grande paso, arrodillado en oración junto a su lecho.

Hijo del granjero de la zona, quien es también propietario de una floreciente hacienda y de fértiles terrenos, Carlos nace en Munstergeleen, en la región del Limburgo en Holanda, el 11 de diciembre de 1821. Es el cuarto de diez hijos. Se acerca a la primera comunión el 26 de abril de 1835 y recibe la Confirmación el 28 de junio del mismo año. “Vayan a buscarlo en la Iglesia”, dice segura la mamá, cuando el hijo tarda en regresar. Y no se equivoca. Su Juan Andrés (este es el nombre de Carlos antes de hacerse pasionista) no puede más que estar ahí en dialogo con el Señor que siente extraordinariamente cerca y que estima precioso más que cualquier otra cosa. “Conocía sólo dos caminos: el de la Iglesia y el de la escuela”, dirá el hermano José. Es monaguillo en la parroquia, se inscribe a la confradia de la adoración perpetua. No tiene una grande inteligencia, pero es tenaz en el estudio. No ciertamente para pensar en el molino o para cuidar la hacienda. El jóven, sin embargo, acaricia un sueño: hacerse sacerdote.

Su vocación se consolida durante el servicio militar que, para Juan Andrés, dura sólo tres meses. Los papás, en efecto, encontraron un jóven a paga que lo sustituye. Con el tiempo trascurrido bajo las armas el jóven conoce a los Pasionistas. Regresado a casa continúa los estudios: su inteligencia, como por milagro, se hace viva; el aprovechamiento, por consiguiente, es bueno. A los 24 años es recibido por los Pasionistas: el 5 de noviembre de 1845 entra en el noviciado de Ere en Bélgica; el 2 de diciembre viste el hábito eligiendo el nombre de Carlos.

De él, novicio, un compañero suyo dejará este testimonio: “Me sentía muy edificado ante su gran santidad. Era ejemplar, lleno de fe y de piedad, preciso, observante de las reglas, simple, amable y de carácter dulce. Su piedad y su natural alegría le ganaron la estima y el afecto de todos”. El 10 de diciembre de 1846 profesa los votos religiosos; se dedica al estudio de la filosofía y de la teología. Durante el período de la formación vive la alegre experiencia de conocer al beato Domingo Barberi. El 21 de diciembre de 1850, a los 29 años, es ordenado sacerdote. Ninguno de la familia está presente a la fiesta. La mamá ya murió desde hace seis años, el papá hace cuatro meses.

En 1852 es enviado a Inglaterra donde los Pasionistas están desde hace 10 años y donde está aún vivo el recuerdo del beato Domingo, muerto hace poco más de un año. El jóven sacerdote holandés no volverá más a la patria ni volverá a ver a alguno de sus familiares. Por más de cuarenta años vivirá en las islas británicas y para este pueblo desgranará su vida. Permanece en Aston Hall donde estrecha amigables relaciones con los inmigrados irlandeses empleados en el durísimo trabajo de las minas. Carlos los amará siempre y los llamará cariñosamente “mi gente de Irlanda”. Desarrolla también, “con exquisita solicitud”, el oficio de vicemaestro de los novicios ofreciendo a los jóvenes el ejemplo de un alma contemplativa. Por un breve período, está al cargo en una parroquia en San Wilfrido. En 1857 es transferido a Irlanda, en Dublin/Mount Argus, donde los Pasionistas Irlandeses han llegado hace apenas un año. Aquí se reencuentra con el pueblo irlandes conocido ya en Inglaterra. Queda fascinado por su bondad. Admira a estos buenos “Irlandeses que, escribe, por más de trescientos años sufrieron crueles persecuciones, y no obstante todo, se mantuvieron fieles a la religión católica”.

En Dublin, los Pasionistas, proyectan la construcción de una grande Iglesia y de un acogedor retiro que deberá hospedar a los estudiantes y fungir de casa de ejercicios espirituales. Para recabar los fondos necesarios, Carlos recorre los caminos de Irlanda, llega a ciudades y pueblos pidiendo ayuda a los irlandeses. Recibe ciertamente mucho; pero ofrece aún más: el ejemplo de su vida humilde y sonriente, una palabra de consuelo, una bendición, una oración. Y muchas veces deja tras de sí, también, un milagro largamente esperado. La nueva casa religiosa es inaugurada en 1863; para la Iglesia dedicada a San Pablo de la Cruz será necesario esperar el 28 de abril de 1878. Gran parte del mérito de la relización de la obra es de Carlos. Un cohermano escribe: “Sólo Dios conoce todo aquello que él ha hecho para hacer de Mount Argus lo que es. Su nombre permanecerá siempre unido a la historia del retiro y de la Iglesia”. Sin haberlo pretendido, Carlos ha preparado su santuario.

Carlos no será jamás un grande predicador, sobre todo por la dificultad del idioma, pero encuentra espacio, no indiferente, para un apostolado muy fructífero. Pasa horas y horas en el confesionario, asiste a los moribundos, bendice a los enfermos con la reliquia de San Pablo de la Cruz acompañando la bendición con conmovedoras oraciones compuestas por él mismo. La gente que va a encontrarlo a Dublin aumenta continuamente. Acude numerosa porque ve en él un auténtico santo dotado por Dios del don de las curaciones; lo siente cercano por su bondad y espíritu de acogida. Es oración, solicitud, misericordia hechas persona. El cronista de la casa escribirá: “Venía gente de todas las partes de Irlanda, y también de Inglatera, de Suecia y hasta de Estados Unidos. Muchos, se decía, quedaban curados de sus enfermedades”. Su fama llega hasta Australia, Nueva Zelanda y Tasmania. Entre los visitantes no falta ni siquiera algún travieso de turno o devoto fingido que aprovecha el nombre de Carlos para sus intereses. Por el continuo flujo de gente, “haciéndose demasiado famoso por razón de sus extraordinarias curaciones”, en 1866 Carlos es tranferido a Inglaterra. Permanece ahí 8 años viviendo en varios retiros: Broadway, Sutton, Londres. El apostolado es siempre el mismo. Y Carlos debe sufrir el acostumbrado asedio dentro y fuera del retiro.


¿Los funerales? Una fiesta jamás vista
De Irlanda llegaron cartas y visitantes: nadie lo ha olvidado. Regresará a Dublin en 1874 y ahí permanecerá hasta su muerte. El retiro de Mount Argus vuele a estar repleto de enfermos y sufrientes. Carlos está siempre dispuesto a recibirlos con los brazos abiertos siendo completamente partícipe de cualquier dolor y de cualquier drama. Se inclina sobre todo enfermo dejando caer fragmentos de su corazón y pedacitos de su alma, pues ya tiene fama de taumaturgo. El 25 de julio de 1885, para hacerlo descansar un poco, es enviado al convento de Belfast. Pero todo es inútil. Apenas lo sabe la gente lo busca también ahí. Y los superiores deben cambiar aún programa apenas después de tres semanas Carlos es enviado nuevamente a Dublin. A él acuden no sólo los católicos sino también los protestantes. Todos desean el milagro. Dice un testigo: “Son muchos los milagros que suceden: pero nosotros no hacemos el minimo caso a ellos, y mucho menos caso hace el padre Carlos”.

Narrarlos todos, es verdaderamente imposible. Sólo algún ejemplo, buscando aquí y allá y con la dificultad de elegir. Un protestante pide a Carlos curarlo de una grave enfermedad; se habría hecho católico si se realiza el milagro. El enfermo queda curado y mantiene la promesa. Una señora desde un año está imposibilitada a moverse por atroces dolores reumáticos. ¿Médicos y medicinas? un gasto no pequeño e inútil. Con un carrito se hace llevar a donde está Carlos que la bendice y reza por ella. La señora regresa a casa con sus propios pies suscitando maravilla entre parientes y conocidos. Un día le presentan una niñita huerfana y con un cáncer que le ha destruido la cara dejándola irreconocible. Es llevada al hospital de los incurables. Con la bendición de Carlos la cara se hace fresca como una rosa apenas abierta. Hay una niña coja y muda, no obstante curaciones y hospitales. La visita Carlos que le ordena caminar. La pequeña da de brincos gritando: “Dios me ha curado”. “Mamá, llévame a donde el padre Carlos; el me curará”, implora un niño, a quien los médicos han decidido cortarle una pierna por graves complicaciones después de un accidente. Tiene razón el pequeño. El espectro de la amputación se disuelve.

En comunidad, Carlos, es una persona pacifica y bendita. Escribirán: “Era un ejemplar de devoción, lleno de fe y de piedad, puntualísimo en la observancia de la regla, simple y amable. De carácter humilde y reservado, siempre de buen humor, se daba a querer y amar por todos. Era de una angelical amabilidad. Si le sucedía cometer cualquier falta, pedía perdón o se acusaba públicamente”. En 1879 llega a Mount Argus el superior general padre Bernardo Silvestrelli quien queda “profundamente maravillado por su espíritu de oración y por el grado de unión con Dios”. La comunidad, sin embargo, no atraviesa un momento feliz, aquejada por varios problemas. Providencial pues es la presencia de Carlos, testigo de fidelidad al carisma, ejemplo de oración y de empeño apostólico. Los inicios de la Congregación pasionista en Inglaterra e, incluso, en Irlanda son inicios bendecidos sobre todo por su santidad.

No obstante las ocupaciones, pasa largo tiempo en oración y en adoración ante el Sagrario. Yendo al cuarto lo encuentran en éxtasis, como frecuentemente, en éxtasis está durante la misa. A veces el ayudante se ve obligado a sacudirlo para que continúe la celebración. Vive sereno e entregado con la mente y el corazón fijos al encuentro con Dios. Por lo demás, el contínuo contacto con los enfermos y moribundos le revela la precariedad de la vida y le refuerza el deseo del cielo. Al hermano sacerdote escribe: “Hazme la caridad de rezar, en todas las Misas que celebres, pidiendo por mi una buena y santa muerte”. A los familiares les piede el rezo de tres Ave María con el mismo fin. A la Virgen, en efecto, Carlos había confiado su consagración sacerdotal y religiosa; A ella quiere confiarle también el ocaso de su vida.

Sus últimos años quedan marcados por un gran sufrimiento de cangrena en una pierna. El 12 de abril de 1881 la carroza sobre la que viajaba se accidenta. Carlos sufre la fractura del pie derecho y de la cadera. No se aliviará ya completamente. Soporta sereno la enfermedad, unido a Cristo Crucificado, a quien desde siempre ha conformado la vida y es objeto de su amorosa contemplación. No sólo. Olvida su dolor para estar cerca de quien sufre. El superior escribe: “Es francamente maravilloso cómo este pobre padre pueda subir y bajar una escalera de 59 escalones, un centenar de veces al día para bendecir las personas que acuden en masa a recibir su bendición... la gente viene a cualquier hora del día, desde la mañana hasta la tarde, y el pobre padre Carlos está siempre más débil”. El 9 de diciembre de 1892 por agravarse de improviso el mal, debe permanecer en cama. No se levantará más. Quien va a visitarlo lo oye musitar: “Jesús mio, acepto esta aflicción por tu amor, y deseo seguir sufriendo para agradarte”.

Quien lo asiste deja escrito: “Nuestro padre Carlos continúa sufriendo como un santo, siendo de gran edificación para toda la comunidad... sufre atrozmente, pero no se queja de nada. No dice nada a nadie, ecepto cuando lo visita algún sacerdote a quien pide siempre la bendición”. En Navidad celebran la Santa Misa en su cuarto. Y él no sabe contener sinceras lágrimas de intensa conmoción.

Muere al amanecer del 5 de enero de 1893. Solemnísimos los funerales con gente venida de toda Irlanda. Se lee en un periódico del tiempo: “Jamás antes, en memoria de un hombre, se dio una explosión de sentimiento religioso y de profunda veneración como aquella que se pudo observar ante los restos del padre Carlos”. Un testigo anotará que, durente cinco dias, antes de sepultarlo, el religioso “recibió honras funebres debidas a un rey o a un emperador... el pueblo prefería rezarle, más bien que rezar por él”. El superior de Mount Argus escribe a los familiares de Carlos: “Su muerte como su vida ha sido la de un santo. Durante el tiempo que su cadáver quedó expuesto en la Iglesia, una multitud innumerable, imposible de contar, iba y venía tratando de tocar su cuerpo con rosarios y otros objetos de devoción... El pueblo lo ha ya declarado santo”. Y la procesión de los devotos y de los peregrinos a su tumba no cesará con el pasar del tiempo.

Juan Pablo II lo declara beato el 16 de octubre de 1988 haciendo oficial la santidad del padre Carlos que ya en vida todos lo llamaban “el santo de Mount Argus”. Y Benedicto XVI lo canoniza solemnemente el 3 de junio de 2007. Bendito seas Señor!

domingo, 6 de diciembre de 2009

LO QUE AFIRMAN LOS PROTESTANTES Y ¿QUÉ OPINAS TÚ COMO CATÓLICO?


Las imágenes ¿en qué me favorecen?

La veneración a cualquier imagen es tan compleja como el hombre mismo. Pues tiene cierto arraigo al ser humano por su misma cultura, sus temores, el futuro incierto, sus incapacidades o sus complejos.¿Pero realmente el ídolo lo favorece? ¿Qué piensa el mismo Dios de todo esto?


ReflexiónDesde tiempos antiquísimos, el hombre es temeroso de lasa cosas ocultas o que tienen "relación" con Dios.Se ha registrado en la historia de la humanidad que el hombre siempre ha rendido culto a imágenes, objetos, ríos, el sol, seres humanos muertos tenidos por insignes, ángeles, pinturas, cuadros, esculturas, tallas, fundiciones, entre otras. Los cuales los ha venerado guardando cierto temor y respeto porque los ha considerado superiores a sí mismo, y los ha comparado con el mismo Dios, o ha pensado que han sido enviados por éste. La veneración a cualquier imagen es tan compleja como el hombre mismo. Pues tiene cierto arraigo al ser humano por su misma cultura, sus temores, el futuro incierto, sus incapacidades o sus complejos. A como de lugar, el hombre quiere librarse del infortunio, las desgracias, la adversidad, las calamidades o un futuro incierto o turbio. No sin mencionar igualmente las recomendaciones a sus "santos" para que le dé buena salud o dinero, o le vaya bien en el amor.De cualquier manera se vale para congraciarse con su ídolo, para que lo tenga en cuenta y lo ayude, sobre todo cuando se arrodilla delante de él, en forma de yeso, madera, o un cuadro pintado por alguien que no conoce, ni el que lo pintó al ídolo.¿Pero realmente el ídolo lo favorece? ¿Qué piensa el mismo Dios de todo esto?
1. Cumplimiento del tiempo"Sabemos que un ídolo nada es en el mundo, y que no hay más que un Dios." 1 Cor 8:4Las mismas Sagradas Escrituras dan reconocimiento a la existencia de un único Dios. Por lo que el venerar a una imagen o adorar a un ídolo se convierte en una obsesión y una carga para muchos. Pues si Dios es único, los ídolos e imágenes son cosas sin vidas y carentes del mismo Dios. Esta carga o calvario se convierte para el hombre en algo que tiene que hacer para buscar un favor o gracia de parte de su ídolo. Sin embargo muchos dan testimonio que su santo o su ídolo le hizo un milagro. Pero si "un ídolo nada es en el mundo", ¿Quién ha estado detrás de este suceso "milagroso"? La Biblia dice a través del apóstol Pablo: "¿Qué digo, pues? ¿Que el ídolo es algo, o que sea algo lo que se sacrifica a los ídolos? Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios." 1 Cor10:19-20 Entonces, venerar un ídolo es venerar un demonio. Es decir que cada ídolo o imagen es representada por un demonio. Pero este conocimiento que tienes ahora, de lo que realmente significan los "ídolos", "santos", "altares" o "imágenes", confirma lo que dice la Biblia para el cumplimiento de este tiempo para la humanidad: "Porque en aquel día arrojará el hombre sus ídolos de plata y sus ídolos de oro, que para vosotros han hecho vuestras manos pecadoras." Isaías 31:7
2. Acercamiento del ReinoDios ha hecho descender su Reino para dar satisfacción y respuesta a las necesidades del hombre. Él se ha propuesto dar solución a los conflictos del hombre a través del poder de su reino. Hoy puedes buscar protección, salud, economía, y bienestar en Dios. Pues su reino es abundante en bendiciones. No busques en el ídolo \o que en Dios tienes a través de su maravilloso reino. En vez de pagar una manda o hacer un sacrificio, recurre a Cristo, que ya él pagó con su sacrificio por ti. Hoy todo lo tienes en su reino. Muchas personas sufren, lamentan y lloran delante de un ídolo, en vez de recibir gratuitamente en gozo lo que Dios les ha concedido al envolverlos en su prodigioso reino celestial. El ídolo no te libra del temor, ni del futuro incierto, ni de tus incapacidades o complejos. La imagen nunca hará nada por librarte del infortunio, las desgracias, la adversidad, las calamidades o un futuro turbio. Solamente en el precioso reino de Dios encontrarás tesoros de bendición para la satisfacción de tu vida, tu salud, tu economía y el verdadero amor que él te puede brindar."No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas" Mateo 6:31-33
3. ArrepentimientoLa palabra arrepentimiento simplemente significa: Cambiar el rumbo.Para que disfrutes las bondades del reino de Dios tienes que cambiar el rumbo. Reconocer que andabas en camino equivocado al buscar un favor en el ídolo o imagen. Si antes te arrodillabas delante de una imagen hecha con manos humanas, hoy debes reconocer que tú, un ser humano, eres superior a esa imagen, y si Dios está por encima de ti, lógicamente estará por encima de la imagen.¿Si venerabas una imagen física, hecha de elementos materiales, como no deberías más bien venerar al que hizo todas las cosas? El favor de Dios, ni al mismo Dios tienes que buscarlo en una capilla o en un santuario, en una imagen, un escapulario, un cuadro, un yeso, una madera, un rosario, un cerro o una villa. Si no que la Biblia dice claramente:" El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él." Juan 14:23 Somos morada de Dios, somos templo del Espíritu Santo."Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: 9que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. 10Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación." (Rom. 10:8-10)
4. Creer en el EvangelioCuando Jesús ascendió a los cielos no prometió que dejaría un cuadro suyo, ni una estatua, ni una escultura para que lo representara, ni siquiera a un hombre, o ángel, o un altar, solamente él dijo: "Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado." Juan 16:7-11 Jesús cuando se fue dejo encargado solamente al Consolador, el Espíritu Santo para que estuviera con nosotros. Debemos creer esta verdad, Dios no dejo una imagen o ídolo físico en esta tierra, solamente dejó su Santo Espíritu con nosotros, como compañía. Pues los ídolos o imágenes son alteraciones de la verdad de Dios, pues detrás de ellos hay demonios, pero con el Espíritu Santo está la misma presencia de Dios, pues, él es el consolador, ayudador, nuestro guía y protector de nuestras vidas. Salgamos del engaño de la idolatría creyendo la verdad de Dios. Pues Dios la condena: "Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda." Apocalipsis 21:8

Pastor Roger Ramos H

lunes, 9 de noviembre de 2009

Grimoaldo de Santa María


El cordelero menguado

El nombre parece reclamar la figura austera y rígida de un antiguo anacoreta del desierto y no aquella de un simpático joven de nuestro tiempo. No está entre los más comunes y tal vez ni siquiera los más hermosos. Probablemente se tendrá dificultad para recordarlo inmediatamente. Pero en cuanto a simpatía, no necesita pedir préstamos y no tiene que envidiar nada a nadie. Y así la lengua y la memoria llegan, después que el corazón ya ha hecho una plenitud de afecto. Porque a Grimualdo es imposible no quererle. Es imposible no quedar cautivados por su fascinación imponente, por su angelical transparencia y por su jovial frescura. Se le encuentra y hay inmediatamente devoción.

La vida transcurre como el agua. ¿Y luego?...

Entre los pasionistas elige el nombre de Grimualdo (y con este pasará a la historia); Pero en el Bautismo, recibido el día después del nacimiento, lo llaman Fernando. El papá Pedro Pablo Santamaría y la mamá Cecilia Rucio, ambos cristianos fervorosos, trabajan como cordeleros en pontecorvo (Frosinone). Les llega cáñamo grueso que, con manos expertas, transforman en cordeles de diferentes dimensiones revendidas luego en los mercados de los pueblos vecinos. En Pontecorvo, Fernando, primogénito de cinco hijos, nace el 4 de mayo de 1883. El bautismo, pues, después de un día de vida y, extraño pero verídico, el Sacramento de la Confirmación a los 5 meses. Se lo administra el conciudadano monseñor Gaetano Luis Masella, luego cardenal, en su capilla privada. El pequeño, ayudado también por el ejemplo del papá y particularmente de la buena madre Cecilia, crece sano y bien. En 1890 inicia la escuela elemental. Recibe la primera comunión apenas a los 8 años. Es tan bueno, piensa el párroco, ¿por qué hacerlo esperar como sus contemporáneos que son admitidos a los 10 o 12 años?

La iglesia es su lugar preferido, frecuentado asiduamente y particularmente amado. Ayuda en el altar como monaguillo diligentemente y transportado. Si no puede ir, por exigencias del trabajo, no logra detener el llanto. Pero cuando está en la iglesia no hay nada que lo distraiga. De rodillas, ante la estatua de la Inmaculada, parece también él una pequeña estatua: inmóvil con las manos juntas, cualquier cosa suceda. El viejo sacristán tiene las lágrimas en los ojos y se encanta al mirarlo. Al párroco se le ensancha el corazón cuando piensa en el futuro de aquel niño.

Es verdad que el papá Pedro Pablo lo imagina y quiere que sea cordelero, pero don Vicente Romano intuye que no podrá ser así: Fernando que está siempre en la iglesia como si fuese atraído por un imán, que tiene una gran pasión para ayudar la misa, que está siempre presente en el coro parroquial para cantar con su bella voz, no será jamás cordelero; aquel niño que entre los primeros ha dado su nombre a la asociación de la Inmaculada convirtiéndose en uno de los mejores inscritos tiene clara otra vocación. Y ve bien don Vicente. Él desde hace tiempo se ha dado cuenta que el muchacho permanece por largo tiempo en una silenciosa y absorta contemplación. Por lo tanto se maravilla más cuando un día corren jadeantes a decirle haber visto a Fernando, el hijo del cordelero, absorto en éxtasis delante de la imagen de la Virgen.

Es un niño. Reservado sí, pero no aislado. Humilde pero no falto de iniciativa. Bueno, pero quiere que también los otros lo sepan. A la mamá confía que él reza por los jóvenes malos “para que se hagan buenos”. Con frecuencia enseña el catecismo a los compañeros. Con la familia Santamaría vive también la vieja tía Checca, devota ciertamente pero de poca iglesia. El sobrino de vez en cuando le recuerda que “está bien trabajar y rezar en casa, pero es necesario ir también a la iglesia para escuchar la misa”. Y luego la penitencia. Fernando tiene un sorprendente deseo: juega con granos de maíz o con piedritas bajo las rodillas, elige la comida menos sabrosa, con frecuencia ayuda totalmente, busca mortificaciones dignas de un ermitaño. Repite continuamente que él ha nacido para hacer penitencia. En la familia saben que, a veces, pasa parte de la noche velando y rezando. Dirá un testigo: “Deseaba seguir a Jesús en sus sufrimientos”.

La vida austera de los Pasionistas del vecino santuario de la Virgen de las Gracias, que él frecuentaba siempre constante, parece hecha precisamente para él. Y lo dice abiertamente. Pero el papá lo empuja hacia el trabajo de cordelero. Fernando es el primogénito y debe, pues, continuar el trabajo que hoy es de su padre y que ayer fue de su abuelo. Trata de distraerlo también con severos castigos por aquello que, según él, es un capricho de adolescente. ¿Los castigos aunque rigurosos no sirven? Veamos con otros sistemas, se dice (a sí mismo) el papá Pedro Pablo: le compraré un caballo y una carreta, lo enviaré a ferias y mercados a vender cordeles, hará dinero y la idea del convento se le borrará de la cabeza. La propuesta es agradable, pero cuando Fernando la oye mira el río que está allí a dos pasos y le indica al papá diciendo: “la vida pasa como el agua…y nuestros días se van veloces… ¿y luego?”

Sí. ¿Y luego?... repite Pedro Pablo. Mirándose por dentro, se da cuenta que alguna convicción sobre el futuro del hijo, le está sacudiendo. Pero no logra, sin embargo, rendirse definitivamente. ¿Qué cosa no ha hecho y qué cosa debe, aún, hacer para realizar su proyecto? Aquel bendito hijo desenvuelve bien y rápido el trabajo de ayudante – cordelero para dedicar más tiempo a la oración. En la mañana, para no despertar a los familiares, baja a pies descalzos hasta la puerta de la casa y luego corre veloz a escuchar la misa. Ni siquiera en las perezosas y frías mañanas de invierno, cuando el frío clava a todos en casa, Fernando no falta a la cita con el Señor. Una tarde el muchacho, regresando a casa de la función, encuentra la puerta de la casa ya cerrada, y está obligado a dormir en una cercana. Repensando en tanta severidad Pedro Pablo siente un nudo en la garganta y tiene ganas de llorar. También él, pues, comienza a entender aquello que la buena madre Cecilia, ha intuido desde hace tiempo. Ella se sorprende siempre más frecuentemente al contemplar a su hijo Fernando como sacerdote y misionero. Le parece soñar y por la emoción tiembla todo de estupor materno.

El muchacho tiene dieciséis años: sabe aquello que quiere. Ha, pues, anticipado el estudio de latín, gramática y retórica porque está más que siempre decidido a seguir su caminito. Ha sido su maestro don Antonio Roscia que de joven ha intentado la vida del convento; por enfermedad ha sido obligado a regresar con la familia pero ha mantenido admiración y simpatía por los pasionistas. Fernando ha estudiado aún de noche a la luz de una vela; y con un curso acelerado de pocos meses ha recuperado casi tres años de estudio. Ha superado las inevitables y fáciles ironías de los compañeros que no logran entender su extraña decisión. Y accede también el papá, que en el fondo, es bueno como un pedazo de pan aunque si a veces, ha sido muy severo de lo permitido. “Nuestro muchacho, confía a Cecilia, no quiere ser cordelero; su interés es solo para la iglesia”. Será él quien lo acompañe hasta la estación de Aquino para darle la última bendición y el último beso.

Fernando se vuelve más alegre y expansivo, la alegría incontenible está presente en su rostro. Dirá uno de sus mejores amigos: “Al encontrarlo y viéndolo todo transformado, le pregunté qué cosa sucedía y el me dijo que deseaba hacerse pasionista”. Parte, “con alegría”. Advierte a los escépticos de turno: “Yo me voy y no regresaré jamás”. Tras de sí deja el ejemplo de un muchacho silencioso, modesto e irreprensible. En casa recordarán que sólo una vez ha sido desobediente: Invitado a ir a llamar al papá a la fonda extrañamente presentó dificultad. A la mamá, maravillada, había respondido que tenía miedo oír blasfemias y esto le hería el corazón. Dirá un testigo: “No había ningún otro muchacho en el pueblo semejante a él”.

Como san Gabriel

El 15 de febrero de 1899 Fernando llega a Paliano (Frosinone) para comenzar allí el año de noviciado. El 5 de marzo de 1899 viste el hábito y toma un nuevo nombre: Grimualdo por devoción hacia el santo protector de Pontecorvo. La vida de novicio, toda soledad, oración y mortificación, le parece hecha precisamente sobre medida: una alegría tan verdadera e intensa jamás ha experimentado antes. Los hermanos más ancianos como compañeros notan en él una dedicación constante a la perfección. Uno de sus compañeros dice que “jamás notó en él defecto alguno” y que “hacía todo de manera heroica, ya que deseaba ser santo”. Emitida la profesión religiosa se traslada a Ceccano, siempre en la provincia de Frosinone. Aquí emprende los estudios de las materias clásicas, seguirá luego el estudio de la filosofía y de la teología para preparare al sacerdocio. A la entrega para la santidad agrega aquel, no menor, para el estudio. Con candor y sinceridad si confía al director espiritual.

Con tenacidad se sumerge en los libros, deseoso de aprender siempre más, para ser un digno sacerdote. En el estudio, los compañeros están más avanzados que él, y tienen una preparación de base más completa y cuidada. La suya, sin embargo, en Pontecorvo ha sido, sin embargo, rápida y con muchas lagunas. Pero Grimualdo no se desanima. Acepta con gratitud la ayuda que algún hermano le ofrece en el campo escolar. Es de admirar en su empeño, tanto que “los profesores lo proponen como ejemplo”. Él vive “siempre sonriente, aún en las humillaciones, en las contrariedades, en las dificultades de los estudios”. Los estudiantes tienen poquísimos contactos con el mundo exterior y viven en la práctica, desconocidos por la gente. Sin embargo, la fama de Grimualdo ha traspasado el recinto de la casa religiosa: las personas que viven en los alrededores del convento han notado su bondad y se encomiendan confiados a su oración. Y, dicen, lo hacen con resultados positivos. Las oraciones de Grimualdo obtienen los favores suplicados

A los papás, que vienen a visitarlo junto con la hermana Vicentina, muestra toda su alegría por la vocación religiosa y todo su reconocimiento por la educación recibida en la familia. El joven es un “coloso de salud”: robusto, bien proporcionado, alto 1,75 m. Ninguno puede sospechar aquello que está por suceder. El 31 de octubre de 1902, durante un paseo posmeridiano en los alrededores del convento, Grimualdo advierte improvisos y punzantes dolores de cabeza con vértigos y desordenes de la vista. Regresa y se mete en la cama. El día siguiente, fiesta de todos los santos, participa en la celebración de la misa y recibe devotamente la eucaristía. Pero permaneciendo el mal se mete nuevamente en la cama y se llama al doctor. El diagnóstico es cruel y desplaza cualquier esperanza: meningitis aguda, a la que se añadía también alguna complicación. En los días de la enfermedad el joven revela aún más el deseo de la santidad y su amor a Dios. Y la recamara del enfermo se convierte en una escuela de virtudes.

Grimualdo, en efecto, difunde aquella paciencia de la que ha dado siempre prueba admirable y con frecuencia repite que acepta la enfermedad como voluntad de Dios; suplica a los compañeros que lo ayuden con la oración para no perder la paciencia y el valor para abrazar la cruz. Con una alegría que le brilla sobre el rostro se declara: “contentísimo de hacer la voluntad de Dios. En los últimos momentos de la vida su rostro se convierte esplendoroso como el sol, sus ojos se fijan en un punto de la recamara”. Se apaga en el atardecer del sol “calmado, sereno y tranquilo, como niño que dulcemente reposa entre los brazos de su madre”. Es el 18 de noviembre de 1902. Grimualdo tiene solamente 19 años, 6 meses, 14 días. Los religiosos se dan ánimo “convencidos de que se pierde un hermano pero se adquiere un santo”. Los papás no están presentes en su muerte: Grimualdo se les aparecerá consolándolos. Vivirán serenos; contentos de haber tenido un hijo así. A él se dirigirán rezándole en sus necesidades.

El joven estudiante “aquel que era tan bueno”, es sepultado en el cementero local. Pero no permanecerá para siempre. En octubre de 1962 es exhumado y los restos mortales son colocados en la iglesia del convento de Ceccano. Después de 60 años en la bolsa de su hábito, reducido ya a pedazos, encuentran un pedacito de tela junto con una hoja con la inscripción: “hábito del venerable Gabriel de la Dolorosa”; una reliquia que el joven ha llevado devotamente consigo. Grimualdo, durante la vida, ha mirado con particular afecto a Gabriel, se ha alimentado con su ejemplo. De él escribirán: “Este ángel ha sido un perfecto imitador de nuestro venerable Gabriel, tiernísimo devoto de la Virgen, de exquisita pureza de intención, de continuo e íntimo trato con Dios; dócil e maleable como la cera en las manos de los superiores”. Como cuarenta años antes había sucedido a Gabriel también en Grimualdo alaban “aquel manifestarse cauto y prudente al tener en grande las pequeñas cosas en las que descansa la santidad del religioso; aquel encontrar sus delicias en estar delante de Jesús sacramentado donde de vez en cuando pasaba horas enteras; aquel mostrarse tan fervoroso en la recitación de las alabanzas divinas”.

Para quien pretenda medir todo con la medida de la eficiencia, de la apariencia y de lo llamativo, Grimualdo no ha hecho nada que sea particularmente digno de admiración. Pero para quien mira las cosas con la óptica de la fe ha cultivado lo esencial: Abrasador anhelo de santidad, ardiente sed de Dios. Totalmente entregado en las cosas de cada día, celebra el don de la vida y la gracia de la vocación sobre el altar de la vida ordinaria. Suave y sereno asombra por el amor al recogimiento, el gusto por la oración aún la contemplativa, la práctica de la penitencia, el amor a Jesús Crucificado, la filial devoción a la Virgen inmaculada. Maravilla a todos por la simplicidad de los pequeños y la asombrosa constancia de los fuertes. Parece poco. Sin embargo, es todo. Muchas y crecientes son las gracias atribuidas por su intercesión. Los enfermos de tumores parecen ser sus predilectos. También en Estados Unidos, donde viven algunos de sus parientes, Grimualdo, es amado y venerado y hace sentir su celeste protección. Fue declarado venerable el 14 de mayo de 1991 y beato el 29 de enero de 1995.

Grimualdo: el nombre no es de los más comunes. Y, tal vez, ni siquiera entre los más hermosos. Pero ya es familiar y querido. Es el nombre de un joven fuerte y generoso propuesto como modelo. Y el cordelero menguado, que deba hacerse santo, ya ha unido a sí numerosos corazones.

Eugenio Bossilkov


Sangre sobre el Danubio

Estaba seguro. En la patria lo esperaban un dolorosa vía crucis y la condena a muerte. Inútiles fueron las sugerencias de permanecer en Italia. “Yo soy el pastor de mi rebaño, repetía. No debo abandonarlo”. En Roma la víspera de su partida, saludando a la comunidad, se encomienda a las oraciones de cada uno. Todos entendieron que aquello era el adiós definitivo. Algún día antes lo habían visto rezar ante la imagen de la Virgen de Santa María la Mayor. “He pedido la gracia del martirio”, había confiado a un hermano. Y así monseñor Eugenio Bossilkov, el primero de octubre de 1948 regresó a Bulgaria entre sus fieles. Para animar y defender. Fiel a su tarea de pastor hasta el don de la vida. Víctima del terror estalinista.

“Permanezco fiel al Papa”

Había nacido entre humildes campesinos el 16 de noviembre de 1900 en Belene sobre la ribera del Danubio. Siendo niño había arriesgado ahogarse resbalando durante un juego. La maña Beatriz suspirando hacia el cielo había prometido donarlo al Señor. Y el pequeño fue salvado por milagro. A los 13 años, es acompañado por la mamá misma al seminario pasionista de Oresch donde comienza aquel camino que lo llevará lejos. Niño vivaz, amante de la broma, estudia en Russe y sucesivamente en Bélgica y en Holanda. Transcurre el año de noviciado en Ere donde el 29 de abril de 1920 emite la profesión religiosa. Ha, entre tanto, cambiado el nombre del bautismo, Vicente, por aquel de Eugenio. Completa los estudios teológicos en Bulgaria donde es ordenado sacerdote el 25 de julio de 1926. Después de la ordenación sacerdotal es enviado a Roma para especializarse en ciencias eclesiásticas orientales. Frecuenta el Pontificio Instituto oriental de 1927 a 1932 laureándose con la tesis “La unión de Bulgaria con la iglesia romana en la segunda mitad del siglo XIII”.

Regresado a la Patria el obispo de Nicópolis, Monseñor Damian Teelen, pasionista, lo solicita como secretario y lo nombra también párroco de la catedral de Russe. Pero Eugenio dura poco. Siente la vocación al apostolado directo que prefiere al trabajo de oficina. Es enviado, pues, como párroco a Bardarski – Gheran, en el corazón de planicie danubiana. Entre la gente se siente a su gusto. Se da a entender por los simples. Pero, hombre de cultura amplia, no hace mala figura con los doctos. En las disputas con los ateos es sutil, profundo, apremiante en las argumentaciones. En el diálogo con los ortodoxos anticipa el espíritu ecuménico del Concilio Vaticano II. “Sacerdote transparente como el cristal”, es respetado y amado por todos, porque él, por primero, ama y respeta a todos. “Es una persona extraordinaria por la cultura y por la fe, comprensiva… yo lo estimo muchísimo”, dice un funcionario estatal. Su casa está abierta siempre y para todos. “No teman distraerme, asegura él; estoy aquí para servir al prójimo”. Durante la segunda guerra mundial en la ocupación alemana, salva la vida a miles de hebreos. Algunos de estos, pasados al comunismo, serán sus perseguidores. Se hace famoso en toda Bulgaria.

Muchos lo llaman simplemente el doctor Bossilkov por su cultura. Tiene dos doctorados, habla 13 idiomas, colabora con apreciadísimos artículos en el periódico católico “Istina” (La Verdad), es óptimo apologista, y uno de los mejores oradores de Bulgaria. Célebres sus discursos, algunos aún a nivel nacional como aquel de 1938 sostenido en Sofía para conmemorar el 250 aniversario de la insurrección católica contra los turcos: aplaudido y apasionado discurso publicado en todos los periódicos búlgaros. Sobre los jóvenes ejerce un particular ascendiente. Con ellos canta, juega football, organiza excursiones y batidas de cacería. Pero es también un hombre de oración. Escribe: “Me levanto cada mañana a las 4:30; estoy en oración hasta las 7:30”. Tiene una gran devoción a la Virgen. Su parroquia se convierte en un centro propulsor de la devoción mariana que se extiende a toda la diócesis. Como obispo ante algunas dificultades de los misioneros al realizar fatigosas iniciativas, responderá: “Con la Virgen todo se puede”.

Con la ocupación alemana de 1940 y sobre todo, con la venida del régimen comunista en 1944, la actividad pastoral de la iglesia católica en Bulgaria sufre una fuerte limitación. En 1946 muere improvisamente el obispo de Nicópolis, Monseñor Damián Telen. A sucederle es llamado Eugenio, primero como administrador apostólico y luego como obispo. Es consagrado el 7 de octubre en la catedral de Russe donde había sido ordenado sacerdote. Es el primer obispo de la diócesis de nacionalidad Búlgara. Es el hombre justo: culto, prudente, valiente. Para poner un alto a la propaganda marxista, organiza inmediatamente una misión popular a la que toma parte él mismo exponiéndose en primera persona. Está siempre en medio de su pueblo exhortándolo a la fidelidad a Cristo. Será esta predicación uno de los puntos de acusa en el futuro proceso contra él.

En 1948 obtiene como por milagro el permiso de ir al exterior. Parte en los primeros días de julio. Pasa por Holanda para saludar a las dos ancianas bienhechoras que lo han adoptado cuando tenía todavía 14 años, y finalizando agosto llega a Roma. El 17 de septiembre es recibido con largo y afectuoso diálogo por el papa Pío XII. El primero de octubre regresa a Bulgaria donde la situación se hace siempre más crítica; la persecución contra la iglesia católica es ya sistemática. Abolidas las fiestas religiosas; confiscados los bienes eclesiásticos; inspeccionados los seminarios; cerradas las escuelas católicas porque, dicen, no están a la altura del clima progresista; son expulsados los sacerdotes extranjeros. Es suprimida la delegación apostólica. Peligroso acudir al templo. Clero y fieles vigilados. Monseñor Eugenio Bossilkov, obligado a escribir en clave, llama “ángeles custodios” a sus espías, y él se firma “Pedrito”. El drama vive bajo la inocencia de las palabras. Continúa valientemente las visitas pastorales en la diócesis, acogido siempre con entusiasmo. “No tengamos miedo, asegura el Obispo. En cuanto a mí, no dudo un momento y me preparo para lo peor”. Su Calvario ya ha comenzado. Pero, escribe al superior general, “yo y mis hermanos estamos contentos por encontrarnos en el lugar preferido por un hijo de San Pablo de la Cruz”.

El régimen trabaja para separar la iglesia católica de Roma y crear una nacional. A los obispos se les pide el juramento de fidelidad al gobierno. Monseñor Bossilkov es una columna de la iglesia búlgara: el más joven y dinámico de los obispos, el más influyente. Es puesto en la mira. Si cede él, para el gobierno todo será más fácil. Se le ofrece ser la cabeza de la iglesia nacional con todos los privilegios. Opone un enérgico rechazo y un renovado juramento de fidelidad al papa. No le es difícil imaginar las consecuencias. “Si tiene que venir lo peor, escribe, que venga! Tengo el valor de vivir; espero tenerlo también para sufrir lo peor permaneciendo fiel a Cristo, al papa y a la iglesia… Estoy dispuesto a dar la vida por la fe”. Mientras se desencadena esta tormenta introduce, además, la “fiesta del papa” y escribe valientemente: “El gobierno hace grandes esfuerzos para separar el clero y los fieles del santo padre, pero nosotros permanecemos firmes y estamos dispuestos a sacrificar nuestra vida. Expreso al santo padre mi filial afecto y mi firme adhesión”. Apenas elegido obispo había escrito a los fieles: “No callaré”. Y mantiene el compromiso. La gracia del martirio implorada a la Virgen toma aspectos cada vez más claros.

El cesto regresa lleno

Los Pasionistas abren la misión de Bulgaria en 1781 sólo seis años después de la muerte del fundador. Salidos de Roma llegan, después de nueve meses de un atormentado viaje. Los pocos católicos presentes viven oprimidos por los Turcos. Los misioneros comienzan el trabajo entre dificultades de toda clase. La independencia de la dominación turca acaecida en 1878, abre nuevo horizontes y permite vislumbrar un porvenir mejor. Se registra un inesperado florecer de vocaciones y de vida cristiana. Con la invasión por parte de Rusia el 9 de septiembre de 1944 el cielo nuevamente se oscurece y en el horizonte relampaguean inmediatamente siniestros resplandores de muerte. El pequeño partido comunista búlgaro subido al poder con el apoyo determinante de Rusia, mata a más de 138 mil ciudadanos instaurando un clima de terror. En una cuarentena de devastadora persecución sutil y feroz la presencia de los Pasionistas será reducida a los mínimos términos. Los últimos religiosos, privados de todos, serán obligados a vivir como en el tiempo de las catacumbas. Bulgaria es la única nación del pacto de Varsovia a permanecer incondicionalmente fiel a Moscú mientras todos los otros estados miembros conocerán desgarraduras más o menos profundas.

En este lúgubre escenario, monseñor Bossilkov, celebra su glorioso martirio. Fue arrestado el 16 de julio de 1952 en la casa de campaña cerca de Sofía donde se trasladó por un breve período de descanso. La policía irrumpe a las 5:30 de la mañana, inspección por todas partes buscando armas y trasmisores aún en el tabernáculo. Es acusado de ser espía del Vaticano y de guiar una conjura contra el estado. Evidentemente no encuentran nada. Una tarjeta de felicitaciones proveniente de Holanda escrita tal vez por hermanos pasionistas les quita de la turbación. Bajo el protocolo de arresto escriben haber encontrado “correspondencia extranjera”. Monseñor Bossilkov bendice a los hermanas que están con él y las invita a no llorar. Es llevado fuera y recluido en las cárceles de Sofía. Hasta el 26 de septiembre no se tiene noticia alguna.

El 29 de septiembre se abre el proceso. Cuando el imputado aparece los familiares y parientes se sienten que la sangre se les congela. Dios mío, a qué está reducido! Delgado y desvanecido. Una larva. Irreconocible. En la cárcel es obligado a dormir sobre el desnudo cemento, ha sufrido torturas “diabólicas”, insultos de cualquier especie, privaciones de alimento y de sueño, extenuantes interrogatorios. Sobre la camisa adosada en prisión están aún visibles espeluznantes señales de golpes y malos tratos. Para hacerlo ceder se teje una hábil telaraña de blandura y amenazas, promesas y presiones. Inútilmente. Se busca cualquier acusador con promesa de “justa” recompensa. Con sofisticados medios se trata aún de debilitar la psique para que se acuse a sí mismo de crímenes jamás cometidos. Monseñor Bossilkov, consciente de ir ante estos humillantes sistemas indignos del hombre, había varias veces advertido de no creer a eventuales declaraciones suyas de culpabilidad.
En el proceso conserva una serenidad desconcertante. Un testigo ocular recuerda que “dominaba a todos con sus respuestas y ponía en enredo a los jueces”. Perdona a sus acusadores, defiende a más no poder a sus sacerdotes y a sus fieles; hace todo lo posible para que no sea arrestado monseñor Romanoff enfermo ya del corazón. Durante un breve encuentro con los familiares habla de los malos tratos sufridos pero asegura a todos haber permanecido fiel al papa. En la oscuridad de la cárcel ha oído los gritos de un sacerdote mientras era torturado. “Si no hablar, se le dijo, también tú habrás de morir así”. Él recomienda a los familiares: “Recen por mí para que sea digno del martirio”. Está preocupado por sus fieles, teme que se les engañe. Por esto repite: “Díganles que he sido fiel… que no he traicionado”.

No hay motivos para condenarlo. Pero no importa. No son necesarios. La sentencia ya ha sido pronunciada. Es un homicidio premeditado. Muchos jóvenes y algunos funcionarios del estado, valientemente, lo defienden arriesgando su persona. Estudiantes de derecho y algunos juristas presentes en el proceso no ven algún pretexto para condenarlo. Un militante comunista lo define: “uno de los chivos expiatorios del régimen comunista”. Está presente en el proceso y afirma que ninguna de las acusaciones tiene fundamento. El 3 de octubre el obispo es condenado a ser fusilado con el cargo de subversión y espionaje a favor del Vaticano y por lo tanto enemigo del pueblo. Monseñor Bossilkov recibe sereno la sentencia. Para defenderlo y rebatir la sentencia intervienen Pío XII, el cardenal de Milan, beato Ildefonso Schuster, el canciller alemán Konrad Adenaer, el presidente de los Estados Unidos, Harry Truman, el futuro papa Paolo VI, el secretario de las Naciones Unidas.

Después de la condena a muerte se le permite a los familiares visitarlo por brevísimo tiempo. Monseñor Bossilkov tiene una cadena en un pie y en un brazo. Tenía 1,63m de estatura; ahora parece aún más pequeño. Se arrastra impedido de moverse. Pero está espléndidamente sereno. Le dicen que si quiere pedir el perdón para él. Responde, transformado su rostro: “No, estoy revestido de la gracia de Dios. El Señor me ha concedido la gracia de morir mártir. Muero voluntariamente por la fe. Me da pena por ustedes, pero la Virgen no los abandonará. Si quisiera podría estar libre y tener todas las comodidades posibles. Salúdenme a todos y díganles que no he traicionado ni a la iglesia, ni al papa y que he defendido a mis sacerdotes”.

En espera de la ejecución los condenados viven aislados en una celda. Se sale una sola vez al día. Por el frío corredor se oye entonces un cansado y gélido estridor de cadenas. Cuando de una de las celdas hay sólo silencio significa que la sentencia ya ha sido ejecutada. Sor Gabriela, la sobrina del obispo, cada semana lleva al tío un poco de comida en un cestito. El cestito regresa con una pequeña hoja de papel sobre la cual está una cruz y la inconfundible firma abreviada. (+ Ebr. Que en latín significa: Eug.) Es la señal que el obispo está aún vivo. Un día el cestito regresa lleno. Sor Gabriel comprende y detiene la respiración. Monseñor Eugenio Bossilkov ha sido fusilado la noche del 11 de noviembre de 1952 a las 23:30 hrs. Las autoridades esperan más de 20 años antes de dar la noticia oficial. Un obispo mártir es más peligroso que un obispo vivo…

El papa Pío XII, dijo un día a los Pasionistas: “Si lograran sólo conservar esta misión en Bulgaria, ella será la perla más preciosa en la corona de vuestra congregación”. Monseñor Bossilkov, mártir, muy próximo beato, ha añadido mayor fulgor a esta corona. Se está verificando cuanto él escribió poco antes de morir: “Las huellas de nuestra sangre son garantía para un espléndido futuro de la iglesia en Bulgaria”.

Pío Campidelli


Ofrecer la vida


“¡Ánimo mamá! Nos veremos en el paraíso”. La mamá Filomena, sin embargo, lloró aún más abundante. Al llanto de dolor se añadía el llanto del consuelo. Aquel hijo había aprendido lo que ella le había transmitido con la leche materna: el paraíso es la única realidad por la que vale la pena vivir y morir. Se dejaron así con esta cita. Él, sostenido por algunos hermanos compasivos, subió las escaleras del convento para consumar su holocausto. Ella retomó el camino a la casa con las hijas Adela y Teresa llevándose por dentro la imagen del hijo ya marcado por la muerte pero con los ojos todavía dulces como cuando lo contemplaba teniéndolo entre brazos.

Una flor brotada en el campo

Mamá Filomena se reencontró en casa con los otros cuatro hijos en quien pensar y con mucho trabajo. Tiempo para estar en ocio no lo tenía en verdad. Pero el corazón y la mente estaban a distancia de 10 km. En el santuario de la Virgen de Casale donde su “Luisito” (jamás se había acostumbrado a llamarlo Pío), estaba corriendo hacia el paraíso. Los signos evidentes de la tisis no dejaban dudas o esperanzas: el paraíso para él estaba, precisamente, a la vuelta de la esquina. Y volvía a ver como en un film la vida del hijo. Una secuencia veloz y brevísima. Apenas a los 21 años volados de prisa. Rápidos como un suspiro. Veámosla también nosotros.

José Campidelli y Filomena Belpani se casaron hace casi 8 años en la pequeña iglesia de san Martín de los Molinos. Vinieron a vivir entre el verde de los campos en Trebbio di Poggio Berni en la tierra de Rímini. José, en efecto, ha conseguido conducir, a medias, una granja cercana al río Marecchia. La casa colonial está rodeada por una cadena de colinas sobre las que cuelgan los pueblos de Verucchio, Torrina y Poggio Berni. La soledad con frecuencia está llena con los cantos de los campesinos que llegan para moler en el antiguo molino. El silencio no raramente es herido por sus blasfemias. En la casa con José vive también el hermano Miguel. Hombre de carácter bizarro, no desdeña un buen vaso de vino. Su hablar supera a veces los límites del más colorido lenguaje de los campesinos de la romaña. En los documentos será, con frecuencia, señalado como “el tío Bertoldo”. Pero también él, cuando mira a los sobrinos se enternece y siente temblores de insospechada dulzura. Pío, habiendo entrado en el convento, lo recordará con afecto en sus oraciones. Sonreirá satisfecho cuando le digan que finalmente “el tío Bertoldo” ha dejado de blasfemar.

En la casa Campidelli no falta nada de lo indispensable, pero no hay nada superfluo. El duro y diligente trabajo de los campos permite vivir dignamente. Aquello que reina en abundancia es el sentido del deber y una perseverante oración. Una envidiable paz familiar es el natural corolario. José y Filomena, respetuosos de la ley del Señor, son cristianos como pocos. En esta familia, ya han nacido Atilio en 1861, Emilia en 1864 (una primera Emilia murió a los 18 meses). Ahora, estamos en 1869, se espera el cuarto hijo, el niño nace el 29 de abril y es bautizado el mismo día con el nombre de Luis (pero en la casa, para todos, es Luisito). Habiendo ingresado con los Pasionistas se llamará Pío. Por la avanzada primavera la campaña circundante es pues un alborozo de colores y de perfume. Pero la flor más hermosa ha brotado en la casa Campidelli recibido con emoción y gratitud como un regalo de Dios. Si el papá José y la mamá Filomena pudiesen lejanamente imaginar qué cosa será de ese niño, se les escaparía ciertamente alguna lágrima… nacerán en seguida otras dos hermanitas, Teresa y Adela.

A los cinco años recibe el Sacramento de la Confirmación (es la costumbre del tiempo), a los diez la primera comunión. A los seis años una dolorosa experiencia: el papá José muere de tifo dejando en el llanto a la familia. Filomena saca fuerza de la fe, toma entre manos la situación y por los hijos encarna la dulzura materna y la seguridad del padre. Sobre todo Luisito está atento a sus enseñanzas. Asimila todo mostrando una inclinación particular por la oración, un horror hacia todo aquello que es mal, una vivacidad increíble en percibir y vivir la presencia de Dios. Da ternura sorprenderlo quitando las piedras del camino que lleva al molino. Los “malos”, explica, no deben tener ocasión para blasfemar. Y sólo la palabra blasfemia lo hace estremecerse todo. Enseña incluso catecismo. Ha colgado de un árbol una campanita con la que llama a la lección a los niños y niñas de los alrededores. En Trebbio frecuenta, primero la escuela informal abierta por el capellán don Ángel Bertozzi que enseña además nociones de latín, pasa en seguida a la escuela publica. Crece delgado y, aún queriéndolo, por el duro trabajo de los campos no puede ofrecer una ayuda apreciable.

Se le ve rezar largo tiempo con gusto y una conciencia que bien supera la edad. La mamá es la depositaria estupefacta de la riqueza interior de Luisito. Grande en consejos y atenciones se da cuenta que el hijo vuela siempre más alto y es siempre más difícil ir tras de él. Pide ayuda al hermano sacerdote don Felipe y concluyen: Dios está trabajando en el corazón del niño que responde maravillosamente bien. La hermana Emilia recuerda que “reza en particular por el papá, por los muertos y por los parientes”. El hermano Atilio nota que “además de ir a la iglesia cada día se recorre sus cinco kilómetros de camino incluso con los zapatos que le hacen daño”. Hay, además, quien se queja porque “está siempre en la iglesia, o en casa haciendo altarcitos”. La madrina de bautismo sentencia: “Parece nacido para el paraíso” Los compañeros se burlan de su andar humilde y reservado: “Luisito, así te haces jorobado”; él responde con una sonrisa. A la mamá le dicen: “Ha sido doloroso perder a su marido, pero el Señor la recompensará con este hijo”. La profesora, la señorita María Amati, lo ve “atento, respetuoso, obediente. Recuerdo muy bien - agrega - la figura civil, delicada, palidita. No me da jamás ocasión para reprocharle, es más, debería alabarlo. Se ve en la cara que es un angelito”.

Los Pasionistas, desde hace dos años en el santuario vecino de la Virgen de Casale juanto al Santo Arcángel, (Rimini) en 1880 llegaron misionar, incluso, en Poggio Berni y Torriana. Luisito tiene doce años. Corre a escucharlos junto con la mamá; queda fascinado, ve claro que aquella es su vida. “Te quiero pasionista” siente en su interior. Responde con entusiasmo. El superior, al que confía inmediatamente su deseo, lo mira con agrado, pero le advierte su edad: “Eres demasiado pequeño; debes esperar por lo menos hasta los 14 años”. Y luego, pero no se lo dice, deja alguna duda su salud, por lo delgado que es. Podría ir al seminario, le sugieren. Pero él sabe lo que quiere. “Sacerdote sí, precisa; pero diocesano no. Los diocesanos viven en el mundo con mucha responsabilidad y peligros. Los religiosos, en cambio, en sus conventos están siempre con Dios y tienen muchos medios para salvarse”. El 2 de mayo de 1882 parte para el convento. “Todos nosotros junto con la mamá lloramos, sólo él estaba alegre, reía y decía: Por mi no deben llorar; yo estoy verdaderamente contento”, afirmará la hermana Teresa. Parte porque en el corazón le quema un gran deseo: hacerse sacerdote y misionero pasionista, hacerse santo. Tiene sólo 14 años y la decisión puede parecer más grande que él. Sin embargo…

Más allá de las apariencias

Viste el hábito religioso el 27 de mayo de 1882. En enero del 1883 el noviciado es trasladado a San Eutiquio de Soriano en Cimino cerca de Viterbo. Aquí, Pío vivirá seis meses, los únicos lejos de su Romaña. El 24 de julio, en efecto, regresa a Casale para los estudios de filosofía y teología en preparación al sacerdocio. Emite los votos el 30 de abril de 1884 al cumplir los 16 años de edad, como lo piden las normas del tiempo. La comunidad, admitiéndolo unánime a la profesión, nota su “singular modestia, la exactitud en el obedecer sin réplica a las ordenes, incluso, mínimas de los superiores, la compostura exterior, muy seguro del recogimiento interno”. El maestro conserva un hermoso recuerdo. Algún año después se le oirá decir: “Bueno, ¿se han acabado los novicios pasionistas? Aquí ya no hay más novicios. Pío sí era un verdadero novicio: bueno, humilde, obediente, recogido, hacía verdadera oración. Si no imitan a Pío, no seréis verdaderos novicios”. Pío, pues, corre hacia el sacerdocio con una vida hecha de oración y de estudio. Para la gente que frecuenta el santuario es el “santito de Casale”.

El 17 de diciembre de 1887 en la catedral de Rimini recibe la tonsura y las ordenes menores. El camino hacia el sacerdocio continua con extraordinario empeño de Pío bajo la mirada de la Virgen de Casale, por él perdidamente amada. Todo parece ir a pedir de boca. Los superiores acarician los proyectos y los sueños más bellos y tienen todos los motivos: Pío ofrece las más amplias garantías. La alegría es su clima habitual. La santidad es aquello que le está más en el corazón. Improvisamente, sin embargo, al principio del invierno de 1888 aparecen los primeros síntomas de la tuberculosis, la enfermedad del siglo.

Pío no sanará jamás. Pero no se pierde. Confía en el Señor. A algún pariente que le sugiere regresar con la familia para atenderse mejor e, incluso, con la promesa de una rica herencia, responde decidido: “No haré ni siquiera por todo el oro del mundo”. A la mamá deja como precioso recuerdo un crucifijo elaborado con sus mismas manos. Los hermanos, mucho más ahora, se dan cuenta que viven con un santo. Él, pues, pasa el tiempo en la cama sumergido durante horas en la contemplación de Dios o cantando a baja voz canciones a la Virgen.

Poco antes de morir el gesto de amor por su tierra, consciente del difícil período histórico que esa está atravesando. Lo oyen decir: “Ofrezco la vida por la iglesia, por el papa, por la congregación, por los pecadores, por mi querida Romaña”. Un gesto que revela una vida donada para siempre. La Romaña la lleva en el corazón y quiere llevarla a Dios. En éxtasis prorrumpe en exclamaciones que dan a entender la altísima mística a él familiar: “Oh, sabiduría infinita de mi Dios! ¡Oh, infinita bondad! ¡Oh misericordia grande, inconmensurable de Dios! ¡Oh, gran verdad! ¡Oh, infinita caridad. Si Dios es amor ¿Cómo es posible ofender un amor tan grande?”.

Alrededor de su lecho están todos los hermanos que acompañan al cielo, con la oración, al más joven religioso de la comunidad. “He ahí a la Virgen que viene”, dice Pío, un instante antes de morir mirando fijamente hacia la pared. Sonriendo. El corazón cesa de batir el 2 de noviembre de 1889 a las 22:30. La Virgen ha venido, en verdad, a tomarlo para llevárselo al paraíso. La cita dada por Pío a la mamá Filomena. Y no solamente a ella… Tiene 21 años, 6 meses, 4 días. Ha sido el primer pasionista de la romaña, el primero en entrar y morir en el convento de Casale, el primero en ser admitido al noviciado en la reconstruida provincia religiosa de la Piedad, después de 15 años de supresión. Será también el primero en subir a los altares. Mejor augurio no podría haber.

Fue sepultado en el vecino cementerio de San Vito. En 1923 se realiza la exhumación de su cuerpo que es trasladado al santuario de Casale. Es un triunfo. Nadie ha olvidado “al hermanito santo”. Las campanas tocan a fiesta. Los restos de Pío fueron colocados junto al altar de la Virgen. El 23 de septiembre de 1944 el ejercito alemán, retirándose, hace explotar minas con un poderoso explosivo colocadas en el santuario: una espantosa detonación y en el cielo un hongo de ceniza muy densa. Casi 350 años de historia sepultados en un instante. Se derrumban el ábside, el pasadizo con la cúpula, parte de la anexa casa religiosa. En el lugar del campanario encuentran una tumba grande y profunda. Las campañas reducidas a fragmentos dispersos por aquí y por allá sobre un vastísimo radio. El fresco con la imagen de la Virgen será encontrado entre las ruinas después de un año. En pie queda, milagrosamente ileso, el monumentito con la imagen y los restos de Pío. En 1969 encontrarán decorosa y digna colocación en el nuevo santuario.

El 17 de noviembre de 1985 Juan Pablo II con una ceremonia transmitida por mundo visión, lo declara beato. Es el año internacional de la juventud. El joven Pío es propuesto a todos, particularmente a los jóvenes, como modelo de generosidad, de amor a las pequeñas cosas, de vida interior plenamente satisfactoria. El santuario de la Virgen de Casale se convierte así, incluso, en el santuario del beato Pío.

Una vida, aquella de Pío, hecha en apariencia de nada. Ya, la apariencia. Acostumbrados al lucimiento y a lo sensacional se queda uno satisfecho con la fachada. Más allá no se sabe ir: se encontraría uno desorientado y perdido. Analfabetas ante un poema. Y la vida de Pío es todo un poema de simplicidad e interioridad. Una página escrita apegandonos al vocabulario de la vida cotidiana; un himno cantado con notas a la medida de todos. Pequeño campesino, grácil como un fideo, joven estudiante escondido en el negro del hábito pasionista. Conoce poquísima gente; poquísimos saben su nombre. Una vida, se diría, monótona y gris sin sobresaltos y sin acentos. Una existencia sepultada en un silencio jamás quebrado por el fragor de gestos clamorosos. Un camino recorrido sin golpes de rodillas para hacerse largo y salir al descubierto. Una vida, en síntesis, que nuestros cánones no logran encuadrar y mucho menos celebrar. Pío ha tejido el bordado de su santidad con los hilos de gestos usuales llenándolos de amor. Gestos repetidos, pero siempre nuevos porque construidos sobre la juventud eterna de Dios.

Pío vive lo extraordinario de una vida ordinaria: todo lo llena de Dios y todo lo lleva a Dios. Y lo hace con empeño tenaz. Sin desviaciones y condescendencias, sin evasiones y arrepentimientos. Todo lo acepta con alegría, todo lo vive con serenidad, todo lo ofrece con amor. Incluso la vida. El sufrimiento le trunca la existencia pero no le quita la paz y ni siquiera le ofusca la sonrisa. La muerte prematura no le borra el recuerdo. Se maravilla siempre más ante la aventura límpida y extraordinaria de este joven que vivió “como ángel” y murió ofreciendo la vida.

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