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Estudiantes de Teología de los Misioneros Pasionistas, Provincia de Cristo Rey (REG). Hijos de San Pablo de la Cruz.

domingo, 6 de diciembre de 2009

LO QUE AFIRMAN LOS PROTESTANTES Y ¿QUÉ OPINAS TÚ COMO CATÓLICO?


Las imágenes ¿en qué me favorecen?

La veneración a cualquier imagen es tan compleja como el hombre mismo. Pues tiene cierto arraigo al ser humano por su misma cultura, sus temores, el futuro incierto, sus incapacidades o sus complejos.¿Pero realmente el ídolo lo favorece? ¿Qué piensa el mismo Dios de todo esto?


ReflexiónDesde tiempos antiquísimos, el hombre es temeroso de lasa cosas ocultas o que tienen "relación" con Dios.Se ha registrado en la historia de la humanidad que el hombre siempre ha rendido culto a imágenes, objetos, ríos, el sol, seres humanos muertos tenidos por insignes, ángeles, pinturas, cuadros, esculturas, tallas, fundiciones, entre otras. Los cuales los ha venerado guardando cierto temor y respeto porque los ha considerado superiores a sí mismo, y los ha comparado con el mismo Dios, o ha pensado que han sido enviados por éste. La veneración a cualquier imagen es tan compleja como el hombre mismo. Pues tiene cierto arraigo al ser humano por su misma cultura, sus temores, el futuro incierto, sus incapacidades o sus complejos. A como de lugar, el hombre quiere librarse del infortunio, las desgracias, la adversidad, las calamidades o un futuro incierto o turbio. No sin mencionar igualmente las recomendaciones a sus "santos" para que le dé buena salud o dinero, o le vaya bien en el amor.De cualquier manera se vale para congraciarse con su ídolo, para que lo tenga en cuenta y lo ayude, sobre todo cuando se arrodilla delante de él, en forma de yeso, madera, o un cuadro pintado por alguien que no conoce, ni el que lo pintó al ídolo.¿Pero realmente el ídolo lo favorece? ¿Qué piensa el mismo Dios de todo esto?
1. Cumplimiento del tiempo"Sabemos que un ídolo nada es en el mundo, y que no hay más que un Dios." 1 Cor 8:4Las mismas Sagradas Escrituras dan reconocimiento a la existencia de un único Dios. Por lo que el venerar a una imagen o adorar a un ídolo se convierte en una obsesión y una carga para muchos. Pues si Dios es único, los ídolos e imágenes son cosas sin vidas y carentes del mismo Dios. Esta carga o calvario se convierte para el hombre en algo que tiene que hacer para buscar un favor o gracia de parte de su ídolo. Sin embargo muchos dan testimonio que su santo o su ídolo le hizo un milagro. Pero si "un ídolo nada es en el mundo", ¿Quién ha estado detrás de este suceso "milagroso"? La Biblia dice a través del apóstol Pablo: "¿Qué digo, pues? ¿Que el ídolo es algo, o que sea algo lo que se sacrifica a los ídolos? Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios." 1 Cor10:19-20 Entonces, venerar un ídolo es venerar un demonio. Es decir que cada ídolo o imagen es representada por un demonio. Pero este conocimiento que tienes ahora, de lo que realmente significan los "ídolos", "santos", "altares" o "imágenes", confirma lo que dice la Biblia para el cumplimiento de este tiempo para la humanidad: "Porque en aquel día arrojará el hombre sus ídolos de plata y sus ídolos de oro, que para vosotros han hecho vuestras manos pecadoras." Isaías 31:7
2. Acercamiento del ReinoDios ha hecho descender su Reino para dar satisfacción y respuesta a las necesidades del hombre. Él se ha propuesto dar solución a los conflictos del hombre a través del poder de su reino. Hoy puedes buscar protección, salud, economía, y bienestar en Dios. Pues su reino es abundante en bendiciones. No busques en el ídolo \o que en Dios tienes a través de su maravilloso reino. En vez de pagar una manda o hacer un sacrificio, recurre a Cristo, que ya él pagó con su sacrificio por ti. Hoy todo lo tienes en su reino. Muchas personas sufren, lamentan y lloran delante de un ídolo, en vez de recibir gratuitamente en gozo lo que Dios les ha concedido al envolverlos en su prodigioso reino celestial. El ídolo no te libra del temor, ni del futuro incierto, ni de tus incapacidades o complejos. La imagen nunca hará nada por librarte del infortunio, las desgracias, la adversidad, las calamidades o un futuro turbio. Solamente en el precioso reino de Dios encontrarás tesoros de bendición para la satisfacción de tu vida, tu salud, tu economía y el verdadero amor que él te puede brindar."No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas" Mateo 6:31-33
3. ArrepentimientoLa palabra arrepentimiento simplemente significa: Cambiar el rumbo.Para que disfrutes las bondades del reino de Dios tienes que cambiar el rumbo. Reconocer que andabas en camino equivocado al buscar un favor en el ídolo o imagen. Si antes te arrodillabas delante de una imagen hecha con manos humanas, hoy debes reconocer que tú, un ser humano, eres superior a esa imagen, y si Dios está por encima de ti, lógicamente estará por encima de la imagen.¿Si venerabas una imagen física, hecha de elementos materiales, como no deberías más bien venerar al que hizo todas las cosas? El favor de Dios, ni al mismo Dios tienes que buscarlo en una capilla o en un santuario, en una imagen, un escapulario, un cuadro, un yeso, una madera, un rosario, un cerro o una villa. Si no que la Biblia dice claramente:" El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él." Juan 14:23 Somos morada de Dios, somos templo del Espíritu Santo."Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: 9que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. 10Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación." (Rom. 10:8-10)
4. Creer en el EvangelioCuando Jesús ascendió a los cielos no prometió que dejaría un cuadro suyo, ni una estatua, ni una escultura para que lo representara, ni siquiera a un hombre, o ángel, o un altar, solamente él dijo: "Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado." Juan 16:7-11 Jesús cuando se fue dejo encargado solamente al Consolador, el Espíritu Santo para que estuviera con nosotros. Debemos creer esta verdad, Dios no dejo una imagen o ídolo físico en esta tierra, solamente dejó su Santo Espíritu con nosotros, como compañía. Pues los ídolos o imágenes son alteraciones de la verdad de Dios, pues detrás de ellos hay demonios, pero con el Espíritu Santo está la misma presencia de Dios, pues, él es el consolador, ayudador, nuestro guía y protector de nuestras vidas. Salgamos del engaño de la idolatría creyendo la verdad de Dios. Pues Dios la condena: "Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda." Apocalipsis 21:8

Pastor Roger Ramos H

lunes, 9 de noviembre de 2009

Grimoaldo de Santa María


El cordelero menguado

El nombre parece reclamar la figura austera y rígida de un antiguo anacoreta del desierto y no aquella de un simpático joven de nuestro tiempo. No está entre los más comunes y tal vez ni siquiera los más hermosos. Probablemente se tendrá dificultad para recordarlo inmediatamente. Pero en cuanto a simpatía, no necesita pedir préstamos y no tiene que envidiar nada a nadie. Y así la lengua y la memoria llegan, después que el corazón ya ha hecho una plenitud de afecto. Porque a Grimualdo es imposible no quererle. Es imposible no quedar cautivados por su fascinación imponente, por su angelical transparencia y por su jovial frescura. Se le encuentra y hay inmediatamente devoción.

La vida transcurre como el agua. ¿Y luego?...

Entre los pasionistas elige el nombre de Grimualdo (y con este pasará a la historia); Pero en el Bautismo, recibido el día después del nacimiento, lo llaman Fernando. El papá Pedro Pablo Santamaría y la mamá Cecilia Rucio, ambos cristianos fervorosos, trabajan como cordeleros en pontecorvo (Frosinone). Les llega cáñamo grueso que, con manos expertas, transforman en cordeles de diferentes dimensiones revendidas luego en los mercados de los pueblos vecinos. En Pontecorvo, Fernando, primogénito de cinco hijos, nace el 4 de mayo de 1883. El bautismo, pues, después de un día de vida y, extraño pero verídico, el Sacramento de la Confirmación a los 5 meses. Se lo administra el conciudadano monseñor Gaetano Luis Masella, luego cardenal, en su capilla privada. El pequeño, ayudado también por el ejemplo del papá y particularmente de la buena madre Cecilia, crece sano y bien. En 1890 inicia la escuela elemental. Recibe la primera comunión apenas a los 8 años. Es tan bueno, piensa el párroco, ¿por qué hacerlo esperar como sus contemporáneos que son admitidos a los 10 o 12 años?

La iglesia es su lugar preferido, frecuentado asiduamente y particularmente amado. Ayuda en el altar como monaguillo diligentemente y transportado. Si no puede ir, por exigencias del trabajo, no logra detener el llanto. Pero cuando está en la iglesia no hay nada que lo distraiga. De rodillas, ante la estatua de la Inmaculada, parece también él una pequeña estatua: inmóvil con las manos juntas, cualquier cosa suceda. El viejo sacristán tiene las lágrimas en los ojos y se encanta al mirarlo. Al párroco se le ensancha el corazón cuando piensa en el futuro de aquel niño.

Es verdad que el papá Pedro Pablo lo imagina y quiere que sea cordelero, pero don Vicente Romano intuye que no podrá ser así: Fernando que está siempre en la iglesia como si fuese atraído por un imán, que tiene una gran pasión para ayudar la misa, que está siempre presente en el coro parroquial para cantar con su bella voz, no será jamás cordelero; aquel niño que entre los primeros ha dado su nombre a la asociación de la Inmaculada convirtiéndose en uno de los mejores inscritos tiene clara otra vocación. Y ve bien don Vicente. Él desde hace tiempo se ha dado cuenta que el muchacho permanece por largo tiempo en una silenciosa y absorta contemplación. Por lo tanto se maravilla más cuando un día corren jadeantes a decirle haber visto a Fernando, el hijo del cordelero, absorto en éxtasis delante de la imagen de la Virgen.

Es un niño. Reservado sí, pero no aislado. Humilde pero no falto de iniciativa. Bueno, pero quiere que también los otros lo sepan. A la mamá confía que él reza por los jóvenes malos “para que se hagan buenos”. Con frecuencia enseña el catecismo a los compañeros. Con la familia Santamaría vive también la vieja tía Checca, devota ciertamente pero de poca iglesia. El sobrino de vez en cuando le recuerda que “está bien trabajar y rezar en casa, pero es necesario ir también a la iglesia para escuchar la misa”. Y luego la penitencia. Fernando tiene un sorprendente deseo: juega con granos de maíz o con piedritas bajo las rodillas, elige la comida menos sabrosa, con frecuencia ayuda totalmente, busca mortificaciones dignas de un ermitaño. Repite continuamente que él ha nacido para hacer penitencia. En la familia saben que, a veces, pasa parte de la noche velando y rezando. Dirá un testigo: “Deseaba seguir a Jesús en sus sufrimientos”.

La vida austera de los Pasionistas del vecino santuario de la Virgen de las Gracias, que él frecuentaba siempre constante, parece hecha precisamente para él. Y lo dice abiertamente. Pero el papá lo empuja hacia el trabajo de cordelero. Fernando es el primogénito y debe, pues, continuar el trabajo que hoy es de su padre y que ayer fue de su abuelo. Trata de distraerlo también con severos castigos por aquello que, según él, es un capricho de adolescente. ¿Los castigos aunque rigurosos no sirven? Veamos con otros sistemas, se dice (a sí mismo) el papá Pedro Pablo: le compraré un caballo y una carreta, lo enviaré a ferias y mercados a vender cordeles, hará dinero y la idea del convento se le borrará de la cabeza. La propuesta es agradable, pero cuando Fernando la oye mira el río que está allí a dos pasos y le indica al papá diciendo: “la vida pasa como el agua…y nuestros días se van veloces… ¿y luego?”

Sí. ¿Y luego?... repite Pedro Pablo. Mirándose por dentro, se da cuenta que alguna convicción sobre el futuro del hijo, le está sacudiendo. Pero no logra, sin embargo, rendirse definitivamente. ¿Qué cosa no ha hecho y qué cosa debe, aún, hacer para realizar su proyecto? Aquel bendito hijo desenvuelve bien y rápido el trabajo de ayudante – cordelero para dedicar más tiempo a la oración. En la mañana, para no despertar a los familiares, baja a pies descalzos hasta la puerta de la casa y luego corre veloz a escuchar la misa. Ni siquiera en las perezosas y frías mañanas de invierno, cuando el frío clava a todos en casa, Fernando no falta a la cita con el Señor. Una tarde el muchacho, regresando a casa de la función, encuentra la puerta de la casa ya cerrada, y está obligado a dormir en una cercana. Repensando en tanta severidad Pedro Pablo siente un nudo en la garganta y tiene ganas de llorar. También él, pues, comienza a entender aquello que la buena madre Cecilia, ha intuido desde hace tiempo. Ella se sorprende siempre más frecuentemente al contemplar a su hijo Fernando como sacerdote y misionero. Le parece soñar y por la emoción tiembla todo de estupor materno.

El muchacho tiene dieciséis años: sabe aquello que quiere. Ha, pues, anticipado el estudio de latín, gramática y retórica porque está más que siempre decidido a seguir su caminito. Ha sido su maestro don Antonio Roscia que de joven ha intentado la vida del convento; por enfermedad ha sido obligado a regresar con la familia pero ha mantenido admiración y simpatía por los pasionistas. Fernando ha estudiado aún de noche a la luz de una vela; y con un curso acelerado de pocos meses ha recuperado casi tres años de estudio. Ha superado las inevitables y fáciles ironías de los compañeros que no logran entender su extraña decisión. Y accede también el papá, que en el fondo, es bueno como un pedazo de pan aunque si a veces, ha sido muy severo de lo permitido. “Nuestro muchacho, confía a Cecilia, no quiere ser cordelero; su interés es solo para la iglesia”. Será él quien lo acompañe hasta la estación de Aquino para darle la última bendición y el último beso.

Fernando se vuelve más alegre y expansivo, la alegría incontenible está presente en su rostro. Dirá uno de sus mejores amigos: “Al encontrarlo y viéndolo todo transformado, le pregunté qué cosa sucedía y el me dijo que deseaba hacerse pasionista”. Parte, “con alegría”. Advierte a los escépticos de turno: “Yo me voy y no regresaré jamás”. Tras de sí deja el ejemplo de un muchacho silencioso, modesto e irreprensible. En casa recordarán que sólo una vez ha sido desobediente: Invitado a ir a llamar al papá a la fonda extrañamente presentó dificultad. A la mamá, maravillada, había respondido que tenía miedo oír blasfemias y esto le hería el corazón. Dirá un testigo: “No había ningún otro muchacho en el pueblo semejante a él”.

Como san Gabriel

El 15 de febrero de 1899 Fernando llega a Paliano (Frosinone) para comenzar allí el año de noviciado. El 5 de marzo de 1899 viste el hábito y toma un nuevo nombre: Grimualdo por devoción hacia el santo protector de Pontecorvo. La vida de novicio, toda soledad, oración y mortificación, le parece hecha precisamente sobre medida: una alegría tan verdadera e intensa jamás ha experimentado antes. Los hermanos más ancianos como compañeros notan en él una dedicación constante a la perfección. Uno de sus compañeros dice que “jamás notó en él defecto alguno” y que “hacía todo de manera heroica, ya que deseaba ser santo”. Emitida la profesión religiosa se traslada a Ceccano, siempre en la provincia de Frosinone. Aquí emprende los estudios de las materias clásicas, seguirá luego el estudio de la filosofía y de la teología para preparare al sacerdocio. A la entrega para la santidad agrega aquel, no menor, para el estudio. Con candor y sinceridad si confía al director espiritual.

Con tenacidad se sumerge en los libros, deseoso de aprender siempre más, para ser un digno sacerdote. En el estudio, los compañeros están más avanzados que él, y tienen una preparación de base más completa y cuidada. La suya, sin embargo, en Pontecorvo ha sido, sin embargo, rápida y con muchas lagunas. Pero Grimualdo no se desanima. Acepta con gratitud la ayuda que algún hermano le ofrece en el campo escolar. Es de admirar en su empeño, tanto que “los profesores lo proponen como ejemplo”. Él vive “siempre sonriente, aún en las humillaciones, en las contrariedades, en las dificultades de los estudios”. Los estudiantes tienen poquísimos contactos con el mundo exterior y viven en la práctica, desconocidos por la gente. Sin embargo, la fama de Grimualdo ha traspasado el recinto de la casa religiosa: las personas que viven en los alrededores del convento han notado su bondad y se encomiendan confiados a su oración. Y, dicen, lo hacen con resultados positivos. Las oraciones de Grimualdo obtienen los favores suplicados

A los papás, que vienen a visitarlo junto con la hermana Vicentina, muestra toda su alegría por la vocación religiosa y todo su reconocimiento por la educación recibida en la familia. El joven es un “coloso de salud”: robusto, bien proporcionado, alto 1,75 m. Ninguno puede sospechar aquello que está por suceder. El 31 de octubre de 1902, durante un paseo posmeridiano en los alrededores del convento, Grimualdo advierte improvisos y punzantes dolores de cabeza con vértigos y desordenes de la vista. Regresa y se mete en la cama. El día siguiente, fiesta de todos los santos, participa en la celebración de la misa y recibe devotamente la eucaristía. Pero permaneciendo el mal se mete nuevamente en la cama y se llama al doctor. El diagnóstico es cruel y desplaza cualquier esperanza: meningitis aguda, a la que se añadía también alguna complicación. En los días de la enfermedad el joven revela aún más el deseo de la santidad y su amor a Dios. Y la recamara del enfermo se convierte en una escuela de virtudes.

Grimualdo, en efecto, difunde aquella paciencia de la que ha dado siempre prueba admirable y con frecuencia repite que acepta la enfermedad como voluntad de Dios; suplica a los compañeros que lo ayuden con la oración para no perder la paciencia y el valor para abrazar la cruz. Con una alegría que le brilla sobre el rostro se declara: “contentísimo de hacer la voluntad de Dios. En los últimos momentos de la vida su rostro se convierte esplendoroso como el sol, sus ojos se fijan en un punto de la recamara”. Se apaga en el atardecer del sol “calmado, sereno y tranquilo, como niño que dulcemente reposa entre los brazos de su madre”. Es el 18 de noviembre de 1902. Grimualdo tiene solamente 19 años, 6 meses, 14 días. Los religiosos se dan ánimo “convencidos de que se pierde un hermano pero se adquiere un santo”. Los papás no están presentes en su muerte: Grimualdo se les aparecerá consolándolos. Vivirán serenos; contentos de haber tenido un hijo así. A él se dirigirán rezándole en sus necesidades.

El joven estudiante “aquel que era tan bueno”, es sepultado en el cementero local. Pero no permanecerá para siempre. En octubre de 1962 es exhumado y los restos mortales son colocados en la iglesia del convento de Ceccano. Después de 60 años en la bolsa de su hábito, reducido ya a pedazos, encuentran un pedacito de tela junto con una hoja con la inscripción: “hábito del venerable Gabriel de la Dolorosa”; una reliquia que el joven ha llevado devotamente consigo. Grimualdo, durante la vida, ha mirado con particular afecto a Gabriel, se ha alimentado con su ejemplo. De él escribirán: “Este ángel ha sido un perfecto imitador de nuestro venerable Gabriel, tiernísimo devoto de la Virgen, de exquisita pureza de intención, de continuo e íntimo trato con Dios; dócil e maleable como la cera en las manos de los superiores”. Como cuarenta años antes había sucedido a Gabriel también en Grimualdo alaban “aquel manifestarse cauto y prudente al tener en grande las pequeñas cosas en las que descansa la santidad del religioso; aquel encontrar sus delicias en estar delante de Jesús sacramentado donde de vez en cuando pasaba horas enteras; aquel mostrarse tan fervoroso en la recitación de las alabanzas divinas”.

Para quien pretenda medir todo con la medida de la eficiencia, de la apariencia y de lo llamativo, Grimualdo no ha hecho nada que sea particularmente digno de admiración. Pero para quien mira las cosas con la óptica de la fe ha cultivado lo esencial: Abrasador anhelo de santidad, ardiente sed de Dios. Totalmente entregado en las cosas de cada día, celebra el don de la vida y la gracia de la vocación sobre el altar de la vida ordinaria. Suave y sereno asombra por el amor al recogimiento, el gusto por la oración aún la contemplativa, la práctica de la penitencia, el amor a Jesús Crucificado, la filial devoción a la Virgen inmaculada. Maravilla a todos por la simplicidad de los pequeños y la asombrosa constancia de los fuertes. Parece poco. Sin embargo, es todo. Muchas y crecientes son las gracias atribuidas por su intercesión. Los enfermos de tumores parecen ser sus predilectos. También en Estados Unidos, donde viven algunos de sus parientes, Grimualdo, es amado y venerado y hace sentir su celeste protección. Fue declarado venerable el 14 de mayo de 1991 y beato el 29 de enero de 1995.

Grimualdo: el nombre no es de los más comunes. Y, tal vez, ni siquiera entre los más hermosos. Pero ya es familiar y querido. Es el nombre de un joven fuerte y generoso propuesto como modelo. Y el cordelero menguado, que deba hacerse santo, ya ha unido a sí numerosos corazones.

Eugenio Bossilkov


Sangre sobre el Danubio

Estaba seguro. En la patria lo esperaban un dolorosa vía crucis y la condena a muerte. Inútiles fueron las sugerencias de permanecer en Italia. “Yo soy el pastor de mi rebaño, repetía. No debo abandonarlo”. En Roma la víspera de su partida, saludando a la comunidad, se encomienda a las oraciones de cada uno. Todos entendieron que aquello era el adiós definitivo. Algún día antes lo habían visto rezar ante la imagen de la Virgen de Santa María la Mayor. “He pedido la gracia del martirio”, había confiado a un hermano. Y así monseñor Eugenio Bossilkov, el primero de octubre de 1948 regresó a Bulgaria entre sus fieles. Para animar y defender. Fiel a su tarea de pastor hasta el don de la vida. Víctima del terror estalinista.

“Permanezco fiel al Papa”

Había nacido entre humildes campesinos el 16 de noviembre de 1900 en Belene sobre la ribera del Danubio. Siendo niño había arriesgado ahogarse resbalando durante un juego. La maña Beatriz suspirando hacia el cielo había prometido donarlo al Señor. Y el pequeño fue salvado por milagro. A los 13 años, es acompañado por la mamá misma al seminario pasionista de Oresch donde comienza aquel camino que lo llevará lejos. Niño vivaz, amante de la broma, estudia en Russe y sucesivamente en Bélgica y en Holanda. Transcurre el año de noviciado en Ere donde el 29 de abril de 1920 emite la profesión religiosa. Ha, entre tanto, cambiado el nombre del bautismo, Vicente, por aquel de Eugenio. Completa los estudios teológicos en Bulgaria donde es ordenado sacerdote el 25 de julio de 1926. Después de la ordenación sacerdotal es enviado a Roma para especializarse en ciencias eclesiásticas orientales. Frecuenta el Pontificio Instituto oriental de 1927 a 1932 laureándose con la tesis “La unión de Bulgaria con la iglesia romana en la segunda mitad del siglo XIII”.

Regresado a la Patria el obispo de Nicópolis, Monseñor Damian Teelen, pasionista, lo solicita como secretario y lo nombra también párroco de la catedral de Russe. Pero Eugenio dura poco. Siente la vocación al apostolado directo que prefiere al trabajo de oficina. Es enviado, pues, como párroco a Bardarski – Gheran, en el corazón de planicie danubiana. Entre la gente se siente a su gusto. Se da a entender por los simples. Pero, hombre de cultura amplia, no hace mala figura con los doctos. En las disputas con los ateos es sutil, profundo, apremiante en las argumentaciones. En el diálogo con los ortodoxos anticipa el espíritu ecuménico del Concilio Vaticano II. “Sacerdote transparente como el cristal”, es respetado y amado por todos, porque él, por primero, ama y respeta a todos. “Es una persona extraordinaria por la cultura y por la fe, comprensiva… yo lo estimo muchísimo”, dice un funcionario estatal. Su casa está abierta siempre y para todos. “No teman distraerme, asegura él; estoy aquí para servir al prójimo”. Durante la segunda guerra mundial en la ocupación alemana, salva la vida a miles de hebreos. Algunos de estos, pasados al comunismo, serán sus perseguidores. Se hace famoso en toda Bulgaria.

Muchos lo llaman simplemente el doctor Bossilkov por su cultura. Tiene dos doctorados, habla 13 idiomas, colabora con apreciadísimos artículos en el periódico católico “Istina” (La Verdad), es óptimo apologista, y uno de los mejores oradores de Bulgaria. Célebres sus discursos, algunos aún a nivel nacional como aquel de 1938 sostenido en Sofía para conmemorar el 250 aniversario de la insurrección católica contra los turcos: aplaudido y apasionado discurso publicado en todos los periódicos búlgaros. Sobre los jóvenes ejerce un particular ascendiente. Con ellos canta, juega football, organiza excursiones y batidas de cacería. Pero es también un hombre de oración. Escribe: “Me levanto cada mañana a las 4:30; estoy en oración hasta las 7:30”. Tiene una gran devoción a la Virgen. Su parroquia se convierte en un centro propulsor de la devoción mariana que se extiende a toda la diócesis. Como obispo ante algunas dificultades de los misioneros al realizar fatigosas iniciativas, responderá: “Con la Virgen todo se puede”.

Con la ocupación alemana de 1940 y sobre todo, con la venida del régimen comunista en 1944, la actividad pastoral de la iglesia católica en Bulgaria sufre una fuerte limitación. En 1946 muere improvisamente el obispo de Nicópolis, Monseñor Damián Telen. A sucederle es llamado Eugenio, primero como administrador apostólico y luego como obispo. Es consagrado el 7 de octubre en la catedral de Russe donde había sido ordenado sacerdote. Es el primer obispo de la diócesis de nacionalidad Búlgara. Es el hombre justo: culto, prudente, valiente. Para poner un alto a la propaganda marxista, organiza inmediatamente una misión popular a la que toma parte él mismo exponiéndose en primera persona. Está siempre en medio de su pueblo exhortándolo a la fidelidad a Cristo. Será esta predicación uno de los puntos de acusa en el futuro proceso contra él.

En 1948 obtiene como por milagro el permiso de ir al exterior. Parte en los primeros días de julio. Pasa por Holanda para saludar a las dos ancianas bienhechoras que lo han adoptado cuando tenía todavía 14 años, y finalizando agosto llega a Roma. El 17 de septiembre es recibido con largo y afectuoso diálogo por el papa Pío XII. El primero de octubre regresa a Bulgaria donde la situación se hace siempre más crítica; la persecución contra la iglesia católica es ya sistemática. Abolidas las fiestas religiosas; confiscados los bienes eclesiásticos; inspeccionados los seminarios; cerradas las escuelas católicas porque, dicen, no están a la altura del clima progresista; son expulsados los sacerdotes extranjeros. Es suprimida la delegación apostólica. Peligroso acudir al templo. Clero y fieles vigilados. Monseñor Eugenio Bossilkov, obligado a escribir en clave, llama “ángeles custodios” a sus espías, y él se firma “Pedrito”. El drama vive bajo la inocencia de las palabras. Continúa valientemente las visitas pastorales en la diócesis, acogido siempre con entusiasmo. “No tengamos miedo, asegura el Obispo. En cuanto a mí, no dudo un momento y me preparo para lo peor”. Su Calvario ya ha comenzado. Pero, escribe al superior general, “yo y mis hermanos estamos contentos por encontrarnos en el lugar preferido por un hijo de San Pablo de la Cruz”.

El régimen trabaja para separar la iglesia católica de Roma y crear una nacional. A los obispos se les pide el juramento de fidelidad al gobierno. Monseñor Bossilkov es una columna de la iglesia búlgara: el más joven y dinámico de los obispos, el más influyente. Es puesto en la mira. Si cede él, para el gobierno todo será más fácil. Se le ofrece ser la cabeza de la iglesia nacional con todos los privilegios. Opone un enérgico rechazo y un renovado juramento de fidelidad al papa. No le es difícil imaginar las consecuencias. “Si tiene que venir lo peor, escribe, que venga! Tengo el valor de vivir; espero tenerlo también para sufrir lo peor permaneciendo fiel a Cristo, al papa y a la iglesia… Estoy dispuesto a dar la vida por la fe”. Mientras se desencadena esta tormenta introduce, además, la “fiesta del papa” y escribe valientemente: “El gobierno hace grandes esfuerzos para separar el clero y los fieles del santo padre, pero nosotros permanecemos firmes y estamos dispuestos a sacrificar nuestra vida. Expreso al santo padre mi filial afecto y mi firme adhesión”. Apenas elegido obispo había escrito a los fieles: “No callaré”. Y mantiene el compromiso. La gracia del martirio implorada a la Virgen toma aspectos cada vez más claros.

El cesto regresa lleno

Los Pasionistas abren la misión de Bulgaria en 1781 sólo seis años después de la muerte del fundador. Salidos de Roma llegan, después de nueve meses de un atormentado viaje. Los pocos católicos presentes viven oprimidos por los Turcos. Los misioneros comienzan el trabajo entre dificultades de toda clase. La independencia de la dominación turca acaecida en 1878, abre nuevo horizontes y permite vislumbrar un porvenir mejor. Se registra un inesperado florecer de vocaciones y de vida cristiana. Con la invasión por parte de Rusia el 9 de septiembre de 1944 el cielo nuevamente se oscurece y en el horizonte relampaguean inmediatamente siniestros resplandores de muerte. El pequeño partido comunista búlgaro subido al poder con el apoyo determinante de Rusia, mata a más de 138 mil ciudadanos instaurando un clima de terror. En una cuarentena de devastadora persecución sutil y feroz la presencia de los Pasionistas será reducida a los mínimos términos. Los últimos religiosos, privados de todos, serán obligados a vivir como en el tiempo de las catacumbas. Bulgaria es la única nación del pacto de Varsovia a permanecer incondicionalmente fiel a Moscú mientras todos los otros estados miembros conocerán desgarraduras más o menos profundas.

En este lúgubre escenario, monseñor Bossilkov, celebra su glorioso martirio. Fue arrestado el 16 de julio de 1952 en la casa de campaña cerca de Sofía donde se trasladó por un breve período de descanso. La policía irrumpe a las 5:30 de la mañana, inspección por todas partes buscando armas y trasmisores aún en el tabernáculo. Es acusado de ser espía del Vaticano y de guiar una conjura contra el estado. Evidentemente no encuentran nada. Una tarjeta de felicitaciones proveniente de Holanda escrita tal vez por hermanos pasionistas les quita de la turbación. Bajo el protocolo de arresto escriben haber encontrado “correspondencia extranjera”. Monseñor Bossilkov bendice a los hermanas que están con él y las invita a no llorar. Es llevado fuera y recluido en las cárceles de Sofía. Hasta el 26 de septiembre no se tiene noticia alguna.

El 29 de septiembre se abre el proceso. Cuando el imputado aparece los familiares y parientes se sienten que la sangre se les congela. Dios mío, a qué está reducido! Delgado y desvanecido. Una larva. Irreconocible. En la cárcel es obligado a dormir sobre el desnudo cemento, ha sufrido torturas “diabólicas”, insultos de cualquier especie, privaciones de alimento y de sueño, extenuantes interrogatorios. Sobre la camisa adosada en prisión están aún visibles espeluznantes señales de golpes y malos tratos. Para hacerlo ceder se teje una hábil telaraña de blandura y amenazas, promesas y presiones. Inútilmente. Se busca cualquier acusador con promesa de “justa” recompensa. Con sofisticados medios se trata aún de debilitar la psique para que se acuse a sí mismo de crímenes jamás cometidos. Monseñor Bossilkov, consciente de ir ante estos humillantes sistemas indignos del hombre, había varias veces advertido de no creer a eventuales declaraciones suyas de culpabilidad.
En el proceso conserva una serenidad desconcertante. Un testigo ocular recuerda que “dominaba a todos con sus respuestas y ponía en enredo a los jueces”. Perdona a sus acusadores, defiende a más no poder a sus sacerdotes y a sus fieles; hace todo lo posible para que no sea arrestado monseñor Romanoff enfermo ya del corazón. Durante un breve encuentro con los familiares habla de los malos tratos sufridos pero asegura a todos haber permanecido fiel al papa. En la oscuridad de la cárcel ha oído los gritos de un sacerdote mientras era torturado. “Si no hablar, se le dijo, también tú habrás de morir así”. Él recomienda a los familiares: “Recen por mí para que sea digno del martirio”. Está preocupado por sus fieles, teme que se les engañe. Por esto repite: “Díganles que he sido fiel… que no he traicionado”.

No hay motivos para condenarlo. Pero no importa. No son necesarios. La sentencia ya ha sido pronunciada. Es un homicidio premeditado. Muchos jóvenes y algunos funcionarios del estado, valientemente, lo defienden arriesgando su persona. Estudiantes de derecho y algunos juristas presentes en el proceso no ven algún pretexto para condenarlo. Un militante comunista lo define: “uno de los chivos expiatorios del régimen comunista”. Está presente en el proceso y afirma que ninguna de las acusaciones tiene fundamento. El 3 de octubre el obispo es condenado a ser fusilado con el cargo de subversión y espionaje a favor del Vaticano y por lo tanto enemigo del pueblo. Monseñor Bossilkov recibe sereno la sentencia. Para defenderlo y rebatir la sentencia intervienen Pío XII, el cardenal de Milan, beato Ildefonso Schuster, el canciller alemán Konrad Adenaer, el presidente de los Estados Unidos, Harry Truman, el futuro papa Paolo VI, el secretario de las Naciones Unidas.

Después de la condena a muerte se le permite a los familiares visitarlo por brevísimo tiempo. Monseñor Bossilkov tiene una cadena en un pie y en un brazo. Tenía 1,63m de estatura; ahora parece aún más pequeño. Se arrastra impedido de moverse. Pero está espléndidamente sereno. Le dicen que si quiere pedir el perdón para él. Responde, transformado su rostro: “No, estoy revestido de la gracia de Dios. El Señor me ha concedido la gracia de morir mártir. Muero voluntariamente por la fe. Me da pena por ustedes, pero la Virgen no los abandonará. Si quisiera podría estar libre y tener todas las comodidades posibles. Salúdenme a todos y díganles que no he traicionado ni a la iglesia, ni al papa y que he defendido a mis sacerdotes”.

En espera de la ejecución los condenados viven aislados en una celda. Se sale una sola vez al día. Por el frío corredor se oye entonces un cansado y gélido estridor de cadenas. Cuando de una de las celdas hay sólo silencio significa que la sentencia ya ha sido ejecutada. Sor Gabriela, la sobrina del obispo, cada semana lleva al tío un poco de comida en un cestito. El cestito regresa con una pequeña hoja de papel sobre la cual está una cruz y la inconfundible firma abreviada. (+ Ebr. Que en latín significa: Eug.) Es la señal que el obispo está aún vivo. Un día el cestito regresa lleno. Sor Gabriel comprende y detiene la respiración. Monseñor Eugenio Bossilkov ha sido fusilado la noche del 11 de noviembre de 1952 a las 23:30 hrs. Las autoridades esperan más de 20 años antes de dar la noticia oficial. Un obispo mártir es más peligroso que un obispo vivo…

El papa Pío XII, dijo un día a los Pasionistas: “Si lograran sólo conservar esta misión en Bulgaria, ella será la perla más preciosa en la corona de vuestra congregación”. Monseñor Bossilkov, mártir, muy próximo beato, ha añadido mayor fulgor a esta corona. Se está verificando cuanto él escribió poco antes de morir: “Las huellas de nuestra sangre son garantía para un espléndido futuro de la iglesia en Bulgaria”.

Pío Campidelli


Ofrecer la vida


“¡Ánimo mamá! Nos veremos en el paraíso”. La mamá Filomena, sin embargo, lloró aún más abundante. Al llanto de dolor se añadía el llanto del consuelo. Aquel hijo había aprendido lo que ella le había transmitido con la leche materna: el paraíso es la única realidad por la que vale la pena vivir y morir. Se dejaron así con esta cita. Él, sostenido por algunos hermanos compasivos, subió las escaleras del convento para consumar su holocausto. Ella retomó el camino a la casa con las hijas Adela y Teresa llevándose por dentro la imagen del hijo ya marcado por la muerte pero con los ojos todavía dulces como cuando lo contemplaba teniéndolo entre brazos.

Una flor brotada en el campo

Mamá Filomena se reencontró en casa con los otros cuatro hijos en quien pensar y con mucho trabajo. Tiempo para estar en ocio no lo tenía en verdad. Pero el corazón y la mente estaban a distancia de 10 km. En el santuario de la Virgen de Casale donde su “Luisito” (jamás se había acostumbrado a llamarlo Pío), estaba corriendo hacia el paraíso. Los signos evidentes de la tisis no dejaban dudas o esperanzas: el paraíso para él estaba, precisamente, a la vuelta de la esquina. Y volvía a ver como en un film la vida del hijo. Una secuencia veloz y brevísima. Apenas a los 21 años volados de prisa. Rápidos como un suspiro. Veámosla también nosotros.

José Campidelli y Filomena Belpani se casaron hace casi 8 años en la pequeña iglesia de san Martín de los Molinos. Vinieron a vivir entre el verde de los campos en Trebbio di Poggio Berni en la tierra de Rímini. José, en efecto, ha conseguido conducir, a medias, una granja cercana al río Marecchia. La casa colonial está rodeada por una cadena de colinas sobre las que cuelgan los pueblos de Verucchio, Torrina y Poggio Berni. La soledad con frecuencia está llena con los cantos de los campesinos que llegan para moler en el antiguo molino. El silencio no raramente es herido por sus blasfemias. En la casa con José vive también el hermano Miguel. Hombre de carácter bizarro, no desdeña un buen vaso de vino. Su hablar supera a veces los límites del más colorido lenguaje de los campesinos de la romaña. En los documentos será, con frecuencia, señalado como “el tío Bertoldo”. Pero también él, cuando mira a los sobrinos se enternece y siente temblores de insospechada dulzura. Pío, habiendo entrado en el convento, lo recordará con afecto en sus oraciones. Sonreirá satisfecho cuando le digan que finalmente “el tío Bertoldo” ha dejado de blasfemar.

En la casa Campidelli no falta nada de lo indispensable, pero no hay nada superfluo. El duro y diligente trabajo de los campos permite vivir dignamente. Aquello que reina en abundancia es el sentido del deber y una perseverante oración. Una envidiable paz familiar es el natural corolario. José y Filomena, respetuosos de la ley del Señor, son cristianos como pocos. En esta familia, ya han nacido Atilio en 1861, Emilia en 1864 (una primera Emilia murió a los 18 meses). Ahora, estamos en 1869, se espera el cuarto hijo, el niño nace el 29 de abril y es bautizado el mismo día con el nombre de Luis (pero en la casa, para todos, es Luisito). Habiendo ingresado con los Pasionistas se llamará Pío. Por la avanzada primavera la campaña circundante es pues un alborozo de colores y de perfume. Pero la flor más hermosa ha brotado en la casa Campidelli recibido con emoción y gratitud como un regalo de Dios. Si el papá José y la mamá Filomena pudiesen lejanamente imaginar qué cosa será de ese niño, se les escaparía ciertamente alguna lágrima… nacerán en seguida otras dos hermanitas, Teresa y Adela.

A los cinco años recibe el Sacramento de la Confirmación (es la costumbre del tiempo), a los diez la primera comunión. A los seis años una dolorosa experiencia: el papá José muere de tifo dejando en el llanto a la familia. Filomena saca fuerza de la fe, toma entre manos la situación y por los hijos encarna la dulzura materna y la seguridad del padre. Sobre todo Luisito está atento a sus enseñanzas. Asimila todo mostrando una inclinación particular por la oración, un horror hacia todo aquello que es mal, una vivacidad increíble en percibir y vivir la presencia de Dios. Da ternura sorprenderlo quitando las piedras del camino que lleva al molino. Los “malos”, explica, no deben tener ocasión para blasfemar. Y sólo la palabra blasfemia lo hace estremecerse todo. Enseña incluso catecismo. Ha colgado de un árbol una campanita con la que llama a la lección a los niños y niñas de los alrededores. En Trebbio frecuenta, primero la escuela informal abierta por el capellán don Ángel Bertozzi que enseña además nociones de latín, pasa en seguida a la escuela publica. Crece delgado y, aún queriéndolo, por el duro trabajo de los campos no puede ofrecer una ayuda apreciable.

Se le ve rezar largo tiempo con gusto y una conciencia que bien supera la edad. La mamá es la depositaria estupefacta de la riqueza interior de Luisito. Grande en consejos y atenciones se da cuenta que el hijo vuela siempre más alto y es siempre más difícil ir tras de él. Pide ayuda al hermano sacerdote don Felipe y concluyen: Dios está trabajando en el corazón del niño que responde maravillosamente bien. La hermana Emilia recuerda que “reza en particular por el papá, por los muertos y por los parientes”. El hermano Atilio nota que “además de ir a la iglesia cada día se recorre sus cinco kilómetros de camino incluso con los zapatos que le hacen daño”. Hay, además, quien se queja porque “está siempre en la iglesia, o en casa haciendo altarcitos”. La madrina de bautismo sentencia: “Parece nacido para el paraíso” Los compañeros se burlan de su andar humilde y reservado: “Luisito, así te haces jorobado”; él responde con una sonrisa. A la mamá le dicen: “Ha sido doloroso perder a su marido, pero el Señor la recompensará con este hijo”. La profesora, la señorita María Amati, lo ve “atento, respetuoso, obediente. Recuerdo muy bien - agrega - la figura civil, delicada, palidita. No me da jamás ocasión para reprocharle, es más, debería alabarlo. Se ve en la cara que es un angelito”.

Los Pasionistas, desde hace dos años en el santuario vecino de la Virgen de Casale juanto al Santo Arcángel, (Rimini) en 1880 llegaron misionar, incluso, en Poggio Berni y Torriana. Luisito tiene doce años. Corre a escucharlos junto con la mamá; queda fascinado, ve claro que aquella es su vida. “Te quiero pasionista” siente en su interior. Responde con entusiasmo. El superior, al que confía inmediatamente su deseo, lo mira con agrado, pero le advierte su edad: “Eres demasiado pequeño; debes esperar por lo menos hasta los 14 años”. Y luego, pero no se lo dice, deja alguna duda su salud, por lo delgado que es. Podría ir al seminario, le sugieren. Pero él sabe lo que quiere. “Sacerdote sí, precisa; pero diocesano no. Los diocesanos viven en el mundo con mucha responsabilidad y peligros. Los religiosos, en cambio, en sus conventos están siempre con Dios y tienen muchos medios para salvarse”. El 2 de mayo de 1882 parte para el convento. “Todos nosotros junto con la mamá lloramos, sólo él estaba alegre, reía y decía: Por mi no deben llorar; yo estoy verdaderamente contento”, afirmará la hermana Teresa. Parte porque en el corazón le quema un gran deseo: hacerse sacerdote y misionero pasionista, hacerse santo. Tiene sólo 14 años y la decisión puede parecer más grande que él. Sin embargo…

Más allá de las apariencias

Viste el hábito religioso el 27 de mayo de 1882. En enero del 1883 el noviciado es trasladado a San Eutiquio de Soriano en Cimino cerca de Viterbo. Aquí, Pío vivirá seis meses, los únicos lejos de su Romaña. El 24 de julio, en efecto, regresa a Casale para los estudios de filosofía y teología en preparación al sacerdocio. Emite los votos el 30 de abril de 1884 al cumplir los 16 años de edad, como lo piden las normas del tiempo. La comunidad, admitiéndolo unánime a la profesión, nota su “singular modestia, la exactitud en el obedecer sin réplica a las ordenes, incluso, mínimas de los superiores, la compostura exterior, muy seguro del recogimiento interno”. El maestro conserva un hermoso recuerdo. Algún año después se le oirá decir: “Bueno, ¿se han acabado los novicios pasionistas? Aquí ya no hay más novicios. Pío sí era un verdadero novicio: bueno, humilde, obediente, recogido, hacía verdadera oración. Si no imitan a Pío, no seréis verdaderos novicios”. Pío, pues, corre hacia el sacerdocio con una vida hecha de oración y de estudio. Para la gente que frecuenta el santuario es el “santito de Casale”.

El 17 de diciembre de 1887 en la catedral de Rimini recibe la tonsura y las ordenes menores. El camino hacia el sacerdocio continua con extraordinario empeño de Pío bajo la mirada de la Virgen de Casale, por él perdidamente amada. Todo parece ir a pedir de boca. Los superiores acarician los proyectos y los sueños más bellos y tienen todos los motivos: Pío ofrece las más amplias garantías. La alegría es su clima habitual. La santidad es aquello que le está más en el corazón. Improvisamente, sin embargo, al principio del invierno de 1888 aparecen los primeros síntomas de la tuberculosis, la enfermedad del siglo.

Pío no sanará jamás. Pero no se pierde. Confía en el Señor. A algún pariente que le sugiere regresar con la familia para atenderse mejor e, incluso, con la promesa de una rica herencia, responde decidido: “No haré ni siquiera por todo el oro del mundo”. A la mamá deja como precioso recuerdo un crucifijo elaborado con sus mismas manos. Los hermanos, mucho más ahora, se dan cuenta que viven con un santo. Él, pues, pasa el tiempo en la cama sumergido durante horas en la contemplación de Dios o cantando a baja voz canciones a la Virgen.

Poco antes de morir el gesto de amor por su tierra, consciente del difícil período histórico que esa está atravesando. Lo oyen decir: “Ofrezco la vida por la iglesia, por el papa, por la congregación, por los pecadores, por mi querida Romaña”. Un gesto que revela una vida donada para siempre. La Romaña la lleva en el corazón y quiere llevarla a Dios. En éxtasis prorrumpe en exclamaciones que dan a entender la altísima mística a él familiar: “Oh, sabiduría infinita de mi Dios! ¡Oh, infinita bondad! ¡Oh misericordia grande, inconmensurable de Dios! ¡Oh, gran verdad! ¡Oh, infinita caridad. Si Dios es amor ¿Cómo es posible ofender un amor tan grande?”.

Alrededor de su lecho están todos los hermanos que acompañan al cielo, con la oración, al más joven religioso de la comunidad. “He ahí a la Virgen que viene”, dice Pío, un instante antes de morir mirando fijamente hacia la pared. Sonriendo. El corazón cesa de batir el 2 de noviembre de 1889 a las 22:30. La Virgen ha venido, en verdad, a tomarlo para llevárselo al paraíso. La cita dada por Pío a la mamá Filomena. Y no solamente a ella… Tiene 21 años, 6 meses, 4 días. Ha sido el primer pasionista de la romaña, el primero en entrar y morir en el convento de Casale, el primero en ser admitido al noviciado en la reconstruida provincia religiosa de la Piedad, después de 15 años de supresión. Será también el primero en subir a los altares. Mejor augurio no podría haber.

Fue sepultado en el vecino cementerio de San Vito. En 1923 se realiza la exhumación de su cuerpo que es trasladado al santuario de Casale. Es un triunfo. Nadie ha olvidado “al hermanito santo”. Las campanas tocan a fiesta. Los restos de Pío fueron colocados junto al altar de la Virgen. El 23 de septiembre de 1944 el ejercito alemán, retirándose, hace explotar minas con un poderoso explosivo colocadas en el santuario: una espantosa detonación y en el cielo un hongo de ceniza muy densa. Casi 350 años de historia sepultados en un instante. Se derrumban el ábside, el pasadizo con la cúpula, parte de la anexa casa religiosa. En el lugar del campanario encuentran una tumba grande y profunda. Las campañas reducidas a fragmentos dispersos por aquí y por allá sobre un vastísimo radio. El fresco con la imagen de la Virgen será encontrado entre las ruinas después de un año. En pie queda, milagrosamente ileso, el monumentito con la imagen y los restos de Pío. En 1969 encontrarán decorosa y digna colocación en el nuevo santuario.

El 17 de noviembre de 1985 Juan Pablo II con una ceremonia transmitida por mundo visión, lo declara beato. Es el año internacional de la juventud. El joven Pío es propuesto a todos, particularmente a los jóvenes, como modelo de generosidad, de amor a las pequeñas cosas, de vida interior plenamente satisfactoria. El santuario de la Virgen de Casale se convierte así, incluso, en el santuario del beato Pío.

Una vida, aquella de Pío, hecha en apariencia de nada. Ya, la apariencia. Acostumbrados al lucimiento y a lo sensacional se queda uno satisfecho con la fachada. Más allá no se sabe ir: se encontraría uno desorientado y perdido. Analfabetas ante un poema. Y la vida de Pío es todo un poema de simplicidad e interioridad. Una página escrita apegandonos al vocabulario de la vida cotidiana; un himno cantado con notas a la medida de todos. Pequeño campesino, grácil como un fideo, joven estudiante escondido en el negro del hábito pasionista. Conoce poquísima gente; poquísimos saben su nombre. Una vida, se diría, monótona y gris sin sobresaltos y sin acentos. Una existencia sepultada en un silencio jamás quebrado por el fragor de gestos clamorosos. Un camino recorrido sin golpes de rodillas para hacerse largo y salir al descubierto. Una vida, en síntesis, que nuestros cánones no logran encuadrar y mucho menos celebrar. Pío ha tejido el bordado de su santidad con los hilos de gestos usuales llenándolos de amor. Gestos repetidos, pero siempre nuevos porque construidos sobre la juventud eterna de Dios.

Pío vive lo extraordinario de una vida ordinaria: todo lo llena de Dios y todo lo lleva a Dios. Y lo hace con empeño tenaz. Sin desviaciones y condescendencias, sin evasiones y arrepentimientos. Todo lo acepta con alegría, todo lo vive con serenidad, todo lo ofrece con amor. Incluso la vida. El sufrimiento le trunca la existencia pero no le quita la paz y ni siquiera le ofusca la sonrisa. La muerte prematura no le borra el recuerdo. Se maravilla siempre más ante la aventura límpida y extraordinaria de este joven que vivió “como ángel” y murió ofreciendo la vida.

jueves, 8 de octubre de 2009

INOCENCIO CANOURA



Testimonio de sangre

Aquella mañana, la participación personal del sacerdote celebrante al sacrificio de la misa fue verdaderamente existencial. El padre pasionista Inocencio estaba ante el altar y la celebración eucarística estaba en el momento del ofertorio. Precisamente, en aquel instante, se escucharon repetidos golpes siniestros y decididos en la puerta de la iglesia. Eran los revolucionarios. El sacerdote intuyó inmediatamente con claridad qué sucedería: conocía demasiado bien la situación política del momento. Junto a la hostia y el cáliz se ofreció él mismo, pidiendo al Señor la fuerza para el testimonio supremo. El Señor lo escuchó y le concedió la gracia.

Revolución y sangre

De 1931 a 1939 España vive un período tristísimo de su historia. Es una década de sangre y muerte que también registra el martirio de algunos religiosos pasionistas. Alguna brevísima alusión para encuadrar la situación. En 1931, después de la victoria electoral de los republicanos y de los socialistas, en sustitución de la monarquía borbónica, se proclama la segunda república que se muestra inmediatamente hostil a la religión católica y al clero. Emite leyes que conducen a la expulsión de órdenes religiosas, a la destrucción de iglesias. El Papa Pío XI protesta con fuerza pero sin resultado positivo. Después de las elecciones de 1933, se establece un gobierno de derecha que mitiga, aunque poco, la persecución contra la iglesia. Inevitables las iras y las protestas de los partidos de izquierda y de varios sindicatos que se arman y amenazan con la guerra civil. El poder no logra controlar los movimientos revolucionarios: la situación se le esfuma de la mano, sobre todo, en Asturias (España del Norte). Del 5 al 20 de octubre de 1934 hay más de 1300 muertos, cerca de 3 mil heridos, casi mil edificios incendiados entre los cuales 54 iglesias.

En 1936 hay nuevas elecciones con la victoria del Frente popular; queda nombrado presidente el anticlerical Manuel Azana. Después de varios intentos, se proclama y se ostenta la inutilidad de las iglesias prohibiendo cualquier forma de culto externo. Y no son sólo palabras, los edificios sagrados son destruidos, hay asesinatos violentos, los religiosos son abiertamente amenazados. José Calvo Sotelo, líder de la extrema derecha monárquica, el 16 de junio denuncia en el parlamento con estadísticas irrefutables los crímenes de los adversarios políticos. Los contrastes se acentúan y se va decididamente hacia lo peor. El 12 de julio muere asesinado el teniente Castillo, conocido por sus ideas de izquierda; el día siguiente es asesinado Calvo Sotelo. Para poner freno a tanta destrucción Francisco Franco, comenzando con el ejército desplegado en Marruecos, inicia la revuelta militar que se extiende inmediatamente a toda España. Es la guerra civil (1936 – 1939). España se divide en dos bloques: El nacionalista y el rojo. Al final de la guerra civil comienza el gobierno totalitario. En este sucederse de acontecimientos funestos todo aquello que huele a cristianismo es aniquilado y oprimido.

Durante la revolución de Asturias padece el martirio Inocencio Canoura, cuya existencia recibe la luz precisamente en el momento conclusivo de la misma. Pero el martirio no se improvisa. Inocencio se ha preparado con una vida simple y en leal armonía con cuanto a él le pide día a día su vocación. Nace en Santa Cecilia (en la región de Galicia), el 10 de marzo de 1887 de una familia de agricultores. Es bautizado con el nombre de Manuel, que en el noviciado cambiará por el de Inocencio. Conoce a los Pasionistas en las misiones que predican también en su pueblo y pide entrar con ellos. Es acompañado al vecino convento de Mondoñedo pero sólo con la intención de encontrar y hablar con los religiosos. Después se verá... El joven, sin embargo, no quiere regresar a su casa; está tan decidido que es necesario acceder a su petición. Entra así al seminario pasionista de Deusto.

La declaración del párroco sobre el aspirante no puede ser mejor. Dice, en efecto, que Manuel “tiene una irreprensible conducta moral y religiosa, constituyendo una excepción entre los de su clase”. En 1902 lo encontramos en Peñafiel (Valladolid) donde estudia durante dos años; en 1904 está nuevamente en Deusto para el año de noviciado. Durante el noviciado recibe el Sacramento de la Confirmación (se duda de la veracidad de los documentos de los que resulta que la habría recibido el mismo día del bautismo) y el 27 de julio de 1905 emite la profesión religiosa. Se prepara para el sacerdocio estudiando en Corella, Mondoñedo y Mieres. Es ordenado sacerdote en Oviedo el 20 de septiembre de 1913 a los 26 años de edad.

En 1914 enseña filosofía y teología a los jóvenes estudiantes pasionistas en Daimiel y desarrolla, al mismo tiempo, su apostolado alrededor de la casa religiosa. Luego enseñará también literatura en el convento de Corella. Escribirán: “Lo estimaban por la riqueza de sus explicaciones. Admiraban el rigor de sus argumentos. Se sorprendían de su erudición. Pero el padre Inocencio brillaba, sobre todo, por la delicadeza de sus sentimientos. Era un hombre de corazón y este hacía brillar más su inteligencia”. Hasta 1922 está ocupado principalmente en la enseñanza. A partir de este año su actividad principal será la predicación. En 1923 nace en España una nueva provincia religiosa con el título de la Precisísima Sangre. Inocencio es incorporado a esa después de haber ejercido su ministerio en las provincias del Sagrado Corazón de Jesús y de la Sagrada Familia. Así, no sin un designio de la providencia, este mártir trabaja en las tres provincias religiosas pasionistas existentes en tierra española.

En 1924 es destinado a la fundación de Ponferrada. Dos años después está en Mieres, como profesor y misionero. En 1931, nuevamente una transferencia con destino a Santander donde encuentra un ambiente difícil. Señales de la inminente revolución ya ha habido y el horizonte se presenta más negro y amenazador. Inocencio ejerce su apostolado con los obreros; el compromiso no es sin riesgos. Pero él no se desalienta; su trabajo es apreciado. Una revista española escribe: “Es deber resaltar el trabajo de intenso y fecundo apostolado que el padre Inocencio realiza en este populoso cuartel obrero. Trabaja en un ambiente hostil, de concentrado y rabioso sectarismo. Como recompensa para su trabajo lleno de sacrificios no le falta ni siquiera la villanía de las masas”. Un elogio para Inocencio que, escrito antes del martirio, es aún más creíble pues se vería sugerido por la conmoción de una muerte violenta en manos de sus asesinos. Inocencio no hace nada particularmente impresionante: vive, todos los días, fiel a las líneas trazadas por la regla pasionista. Se distingue por una gran devoción a la Virgen y sólo después de su muerte se darán cuenta que, por amor a la penitencia lleva un cilicio con puntas afiladas. Es un religioso “muy caritativo, paciente y comprensivo, siempre dispuesto a cualquier sacrificio cuando se trata de los enfermos. Cuando puede ofrecer un servicio a los religiosos se prodiga más allá de sus fuerzas y de su salud”.

La tumba estaba dispuesta

En el mes de septiembre de 1934 (sólo un mes antes del martirio), Inocencio es trasladado a Mieres, norte de España, en la región de Asturias. En la zona es conocido y estimado, en esta casa religiosa, en efecto, ya ha permanecido anteriormente, dejando un buen recuerdo de sí. Su nueva comunidad comprende 29 religiosos de los cuales 27 son jovencitos estudiantes. La situación política es ya tensa. Se viven horas de preocupación e incertidumbre. Puede suceder de todo, de un momento a otro. En la noche hay siempre algún religioso que vigila por miedo a un asalto al convento. De la calle se oyen con frecuencia amenazas cargadas de odio e insultos que hacen estremecerse: “hermanos, aléjense del convento. Les hacemos cortar el cuello. ¿Por qué estudian? Salgan y huyan lejos para evitar lo peor. Esta vez no la librarán”. La tensión aumenta y los mineros se sublevan contra el gobierno. La rebelión se convierte en tragedia del 5 al 18 de octubre de 1934 cuando 30 mil mineros dominan y aterrorizan la región antes de que las fuerzas del orden puedan retomar el control y restablecer la calma, aunque sea relativa. El convento de Mieres se echará a hierro y fuego por los revoltosos, dos jóvenes estudiantes asesinados, los religiosos obligados a buscar refugio entre los bosques vecinos o junto a valientes familias amigas. Los militantes católicos, los sacerdotes y los religiosos son considerados como exponentes de la derecha clandestina que se opone al régimen social – comunista.

El 4 de octubre, los sacerdotes pasionistas salen para desarrollar los acostumbrados ministerios en las cercanías. Inocencio es enviado a Turón, un centro minero. Se trata de confesar religiosos y alumnos en el colegio de los Hermanos de las Escuelas Cristianas en preparación al primer viernes del mes que es el día siguiente. Después de algunas horas pasadas en el confesionario, Inocencio se prepara a regresar con sus hermanos; le sugieren, sin embargo, no arriesgarse siendo ya tarde; mañana, además, podría confesar aún otro poco y hacer una conferencia a los jóvenes. En la mañana del 5, Inocencio muy pronto comienza la celebración de la misa para los religiosos. Entretanto se esparce la noticia que se ha desatado la revolución. Durante el ofertorio llegan los revolucionarios que tocan la puerta de la iglesia exigiendo las armas “de los fascistas y de la acción católica”. Se abrevia la celebración e Inocencio distribuye la eucaristía a los presentes. Los revoltosos inspeccionan la casa, arrestan a Inocencio y a la comunidad de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, compuesta de 8 religiosos. Los nueve son llevados a la así llamada “casa del pueblo” dirigida por tres revolucionarios y transformada en cárcel debido a las circunstancias. A Inocencio le quitan su hábito pasionista y lo revisten con ropa de civil.

A ellos se les agregan también algunos sacerdotes de Turón, cuatro ingenieros de las minas y algún exponente de la guardia civil. Los revolucionarios, uno de ellos, fue alumno en el colegio, aseguran que no se les hará ningún mal. Los detenidos no se fían de nada: Se dan cuenta que otros encarcelados son llevados fuera y fusilados. Son conscientes de lo que les espera y se preparan a morir. Con serenidad y valor. En el primer día de prisión los religiosos no comen nada. Luego un alma compasiva les lleva algo. Son preciosos algunos testimonios que se ofrecerán en seguida. Dirá uno de los encarcelados: “Dormíamos por tierra. No hubo lamentos. Pasábamos todo el tiempo rezando y muy recogidos. Eran extraordinarios, santos que no habían hecho mal a nadie. Los asesinaron porque eran religiosos”.


La Señora Palmira Sierra que les proporciona alimento no logrará jamás olvidar lo que ve en la prisión. Recordará: “Los encontré siempre tranquilos, humildes, resignados. El Padre Inocencio especialmente me impresionaba. Cuando se le ofrecía de comer, parecía que estuviera recibiendo la santa comunión”. El día 7 de octubre, Inocencio se confiesa con un sacerdote detenido y luego escucha aún una vez más la confesión de los religiosos de las Escuelas Cristianas. “Terminadas las confesiones, afirmará un testigo, manifestaron una alegría celestial. Ya no temían la muerte”.

Un sacerdote que saldrá vivo de la cárcel, pensando en estos momentos tenebrosos y luminosos a la vez, dirá que “la víspera del martirio transcurrió en continua conversación sobre el amor de Dios animándose recíprocamente a sufrir por Cristo… convencidos que habríamos sido asesinados por ser sacerdotes, religiosos, o simplemente católicos”. El 8 de octubre Inocencio lo pasa rezando y escribiendo; le quitarán todo y por lo tanto no se conoce el contenido de sus apuntes. Hacia la una de la mañana del 9 de octubre, Inocencio y los 8 hermanos de las Escuelas Cristianas, son separados por los revolucionarios y conducidos fuera. Aprovechando la complicidad de la oscuridad: el pueblo simple bueno, en efecto, no permitiría jamás el asesinato de los maestros de los propios hijos. Algunos, entre ellos el médico del lugar, han pedido en vano su liberación. Mientras abandonan la cárcel, los sacerdotes que quedaron los consuelan aún una vez más con la absolución: los ven salir, seguros de su suerte y sienten oprimido el corazón. Los religiosos son llevados hacia el cementerio. El capataz del pelotón homicida escribirá: “Sabían a dónde iban y han ido como ovejas al matadero, aún yo - no obstante siendo un hombre duro – me conmoví por su actitud. Caminando y esperando la muerte rezaban en voz baja”.


En el cementerio ya se había preparado una tumba de nueve metros de largo y medio de ancho. El revolucionario Silverio Castañón que, por los delitos cometidos durante aquel período, recibió 8 condenas a muerte, recordará de esta manera los últimos momentos de los religiosos: “Estaban muy recogidos, en oración; confesados hacía poco, estaban dispuestos al sacrificio. Se les pidió si tenían alguna cosa qué decir y respondieron que no: estaban preparados y se podía hacer de ellos lo que se quisiera”. Y en efecto, se hace de ellos lo que se quiere. Condenados sin proceso, sin tribunal. ¿La culpa? Ser religiosos, haber hecho el bien al pueblo, haber enseñado el perdón y el amor. “Habrían sido los mejores maestros del mundo, si no hubieran enseñado el catecismo”, es el comentario de uno de los verdugos. Los religiosos son alineados cerca de la fosa y fusilados bárbaramente. A aquellos que no murieron inmediatamente se les traspasa el cráneo con el tiro de gracia o golpeada la cabeza con la culata del fusil por obra del mismo Silverio o por uno de sus compañeros no menos cruel.

Los cuerpos de los mártires no quedan mucho tiempo en la fosa excavada por el odio y el terror. Los Hermanos de las Escuelas Cristianas (Cirilo, Marciano, Victoriano, Benjamín, Augusto, Benito, Julián, Aniceto), son llevados a su propia casa en Bujedo (Burgos). Inocencio, sin embargo, es llevado a Mieres y sepultado en el cementerio junto a sus hermanos. Juan Pablo II los declara beatos el 29 de abril de 1990.

Día Mundial de la Alimentación (16 de octubre)







Hay 1020 millones de personas con hambre en el mundo

Según las estimaciones de la FAO, en 2009 existen 1.020 millones de personas subnutridas, equivalente a uno en cada seis habitantes del planeta. Como ha señalado el Director General de la FAO, Jacques Diouf, durante el último año se produjo “una mezcla peligrosa de desaceleración económica global combinada con precios alimentarios obstinadamente altos en muchos países, lo que ha empujado a cerca de 105 millones de personas más que el año pasado al hambre crónica y la pobreza”.
Frente a esta situación, la FAO propuso “conseguir la seguridad alimentaria en época de crisis” como lema del Día Mundial de la Alimentación de 2009.

No sería poco si celebrar cada año la jornada mundial de la alimentación diera este resultado: que quienes poseen bienes materiales en abundancia se comprometieran a llevar un tenor de vida razonablemente austero para poder ayudar a quienes no tienen de qué alimentarse. Fieles a la recomendación del Salvador, rezamos cada día la oración que él mismo nos enseñó. Sus peticiones están formuladas en plural: Danos hoy nuestro pan de cada día. El cristiano sabe bien que no puede encerrarse en la actitud egoísta del propio bienestar. Jesucristo enseña a hacerse cargo de las necesidades de los demás. La oración será verdadera si se traduce en un compromiso sincero de solidaridad concreta.
Oremos, pues, para que desde una valoración y respeto por los mismos campesinos y sus culturas, se tomen las medidas adecuadas que nos acerquen al cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio. La Cumbre Mundial sobre la Alimentación en 1996 se propuso reducir a la mitad el hambre en el mundo para el año 2015. La realidad es que hoy hay más gente con hambre -820 millones- que la que había en 1996. Y esta cifra aumenta en cuatro millones cada año (cf. Oración y Servicio, 2008.3).
Fieles a la recomendación del Salvador, rezamos la oración que el Señor nos enseñó. Pedimos al Padre el pan y usamos el plural: danos hoy nuestro pan de cada día. “El Padre nuestro es la oración de los hermanos que, conscientes de que no pueden llegar a Dios por sí solos, confían en poder encontrarlo juntos, viviendo en comunión entre sí. Se nos invita a ver el rostro de Dios en el rostro del prójimo, por el que cada uno ha de interesarse, especialmente cuando es débil y carece del alimento necesario. Jesús mismo dijo: cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis (Mt 25,40)”10. Con esta oración, Jesús nos indica el camino para salir de nuestros egoísmos y a asumir como propias las necesidades de los demás. De ahí que, nuestra oración sea sincera, si se traduce en compromiso sincero de solidaridad concreta y definida.

martes, 6 de octubre de 2009

Cumpleaños del P. Antonio Rosada C.P.
















El día miércoles, 30 de septiembre, el P. Antonio Rosada c.p., cumplió 96 años de edad.

¡¡¡MUCHAS FELICIDADES, P. TONIN!!!

ISIDORO DE LOOR


El hermano de la voluntad de Dios

El 6 de octubre de 1916, a la una de la noche. Courtrai, Bélgica. Un joven pasionista de 35 años está muriendo. Imposibilitado para descansar en la cama, está sentado en una silla. Un hermano le sostiene delicadamente la cabeza con las manos. “Ánimo Isidoro, es hora de ir al cielo”, lo consuela el superior presente con la comunidad. “Oh, sí al hermoso cielo”, repite sereno Isidoro con un hilo de voz. Son sus últimas palabras. Corona así una vida todo amor hacia Dios y hacia el prójimo. Había dicho a los papás: “Yo los he dejado a ustedes para vivir solamente para el Señor y trabajar mucho para la salvación de mi alma, de la vuestra y de aquella de muchos otros”. En su humildad había soñado “un pequeño lugar en el cielo”. Lo ha conseguido. No sólo. Juan Pablo II lo declaró beato el 30 de septiembre de 1984.

“Trabajar me cae maravillosamente bien”


Isidoro De Loor nace en Vrasene (Bélgica, Flandes oriental) el 18 de abril 1881 de una familia de campesinos; después de él nacerán Frans y Estefanía. “sus padres son estimados por la piedad, la rectitud moral, la conducta irreprensible”. Isidoro recibe la primera comunión a los 12 años y a los 13 el sacramento de la Confirmación. Es el muchacho más ejemplar que yo haya conocido en nuestro alrededor” afirma un anciano del pueblo. Terminada la escuela a los 12 años, se dedica completamente a ayudar al padre en la granja y en los campos: un trabajo que Isidoro ama sinceramente. Allí se siente a sus anchas. Más tarde, incluso, en el convento se sentirá realizado al trabajar la tierra. Escribirá: “trabajar y plantar en la huerta me cae maravillosamente bien”. La campiña le favorece la oración o lo pone en contacto con el Creador. Frecuenta también la escuela vespertina de agricultura para aprender nuevos métodos de trabajo y producción. En la estación invernal trabaja con un tío empresario edil dedicado a la pavimentación de las calles. Este trabajo, sin embargo, no despierta sus simpatías, porque lo obliga a estar más días lejos de la casa. Pero para ayudar a la familia se entrega igualmente con diligencia.

Como cristiano es cuestión de envidiarlo en todo. El voluntariado cristiano en la iglesia debe aún nacer, pero Isidoro recorre los tiempos anticipadamente. El domingo dos misas, catecismo a los niños en las parroquias de Vrasene y Saint Pilles, recita vísperas, bendición eucarística y mucha oración. Desde los 16 años hasta la entrada en el convento es un “catequista ejemplar” diligente y querido. Canta en el coro de la parroquia. Está inscrito en la “Pía unión para el Vía crucis semanal”. Es fiel a esta práctica encontrándole alegría y alimento espiritual. Será su devoción preferida incluso en el convento. La pasión de Jesús ejerce en él una atracción particular y no se cansa jamás de meditarla. En la contemplación del Crucificado obtendrá para toda la vida consuelo y fuerza. En la familia cada tarde todos rezan juntos durante una hora. Isidoro comulga cada domingo, y si puede también con más frecuencia. Es un joven fuerte, emprendedor y social. Pero está atentísimo al elegir a los amigos. Desde el convento exhortará insistentemente a Frans y Estefanía a huir de las malas compañías. Está atento y sensible a las necesidades de los pobres, dispuesto a ofrecer su ayuda. Alguna muchacha piensa en un posible matrimonio con Isidoro, pero él tiene totalmente otro proyecto en la cabeza y, sobretodo, en el corazón.

Está, en efecto, madurando la decisión de ser religioso. Pide consejo a un misionero redentorista que, viéndolo particularmente devoto de la pasión de Jesús lo orienta a la Congregación de los Pasionistas. Lo presenta él mismo al provincial como un “óptimo” joven. En abril de 1907 a los 26 años Isidoro entra en el noviciado de Ere como religioso hermano. Particularmente aficionado a la familia, sufre mucho al partir. Lo escribirá más tarde desde el convento: “Una prueba que me ha parecido pesada fue aquella de dejarlos a ustedes que me son muy queridos y con quienes estaré muy unido. Pero con la ayuda de Dios he podido superarla”. La mamá, besándolo por última vez, le dice: “Hijo mío, si no te encuentras a gusto, regresa a casa”. “Mamá, responde Isidoro, esto no sucederá jamás”. El joven conservará un afecto extraordinario por los familiares. Los tendrá siempre presentes en sus oraciones y será siempre solícito de su bien espiritual.

Se adapta a la nueva vida con alegría y entusiasmo, incluso, si debe asumir sacrificios imprevistos, “muchas penitencias y actos de humildad”. Pronto conoce al maestro, el padre Sebastián de Beugher, religioso amante de la Congregación, hombre exigente, a veces inflexible, que lo pone repetidamente a prueba. Los demás novicios son todos mucho más jóvenes que él; pero esto no le causa grandes problemas. Con serenidad afronta y supera el problema del idioma: en el convento, en efecto, se habla francés, y el sabe sólo el flamenco. Aquello que mayormente lo sorprende es la comunión existente entre los religiosos. Escribe pronto a la casa: “Aquí somos todos iguales, desde el superior al más pequeño; todos a una misma mesa, a una misma oración, a un mismo descanso, a una misma recreación. Todos juntos al trabajo, según la condición de cada uno. Aquí se hace recíproco servicio”.

El 8 de septiembre de 1907 viste el hábito pasionista. El 13 de septiembre de 1908 emite la profesión religiosa. Ahora, más que nunca, siente fuerte el compromiso de tender a la santidad. Vive con amor la espiritualidad típica del religioso hermano. Su vida: oración y trabajo, o mejor, es toda oración con una dimensión apostólica. Está acostumbrado desde la familia a ser apóstol, continua a serlo también en el convento. “cumple todo para la gloria de Dios, escribe, yo colaboro a la conversión de los pecadores y a difundir la devoción a la pasión de Jesús y los dolores de María… mientras los sacerdotes van a predicar, nosotros los hermanos trabajamos por la comunidad; incluso, el trabajo más insignificante se hace meritorio por Dios y nuestra salvación. No anhelo ni deseo otra cosa que sacrificarme enteramente por la salvación de las almas”. Para este fin ofrece al Señor oraciones, sacrificios, trabajo. Y de trabajo y sacrificios está llena su jornada. “No tengo tiempo para ponerme a soñar, precisa. No pido más que tener mucho trabajo”.

Sirve a los hermanos realizando los trabajos de casa pero con el corazón siempre fijo en Dios. Cuida la huerta y el jardín; atiende los animales domésticos; ejerce el oficio de cocinero, panadero, portero y algunas veces también aquel de colector. “El trabajo, dice bromeando, me hace bien. Así cuando viene el diablo y me encuentra ocupado se convence que no tiene nada que esperar de mí… y no le queda otra cosa que irse”. Jamás un lamento. Se atrae la estima y simpatía por la virtud sincera y serena, por la dedicación generosa y constante, por la presencia humilde y silenciosa, por la gran paciencia en soportar, aún, el difícil carácter de algún superior que a veces se pasa más allá de la raya. En la comunidad es un elemento valioso. Aún viviendo en la condición de hermano “tiene un gran ascendiente y su ejemplo arrastra a los otros en el camino de la observancia y del deber; su virtud es atrayente. Sabe reír de corazón durante la recreación; sabe tomar parte en la alegría común. Los superiores pueden tener en él la más completa confianza. Es un tesoro en la comunidad”. Una verdadera mamá, así como quería que fuesen los religiosos hermanos el fundador de los Pasionistas.

“Soy extraordinariamente feliz”

Escribiendo a los familiares (únicamente a ellos están dirigidas sus cartas), Isidoro no falta jamás en dar útiles consejos, afectuosamente interesado de su vida cotidiana y espiritual. Preciosas las 36 cartas que nos abren fragmentos de su mundo interior. Expresa en ellas la alegría por la vida pasionista, la gratitud por el don de la vocación, el deseo de propagar la devoción a la pasión de Jesús. Hay toda una sabiduría de su corazón. La escritura es límpida, el estilo simple, los conceptos claros.

Busca ávidamente la voluntad de Dios; se abandona como un niño en brazos de la mamá. Sobre ella teje la propia jornada, con ella y en ella encuentra paz y serenidad. Es su programa de vida expresado claramente en la víspera de los votos religiosos. “Yo estoy por hacer mi profesión únicamente para cumplir la voluntad de Dios”. Esta búsqueda apasionada es la actitud que mayormente lo conecta con el fundador que recomendaba la “total transformación en el divino beneplácito”. Lo llaman “el hermano bueno… el hermano de la voluntad de Dios… la encarnación de la regla pasionista”. La suya no es aceptación pasiva, sino adhesión responsable y gozosa. En 1910 es improvisamente trasladado a Wezembeek – Oppem. Después de un primer momento de comprensible turbación, de lo que no hace misterio, escribiendo a los familiares, inmediatamente añade: “Me vino a la mente el pensamiento que Dios quería así por medio de los superiores. A este pensamiento no he podido esconder mi alegría”. La voluntad de Dios es su alimento, riqueza y apoyo. Ama la pobreza profesada: se confía totalmente a la providencia de Dios que provee a los pajaritos del cielo y que viste los lirios del campo. “No poseo muchas cosas, escribe, tengo sólo un crucifijo, un rosario, un cortaplumas, un lápiz…pero no sé cómo hacerme entender la gran alegría que me llena viéndome libre de todo, porque mi corazón ama sólo a Jesús”.

En junio de 1911, por un carcinoma se le extirpa el ojo derecho. Admirable su fortaleza. “Este hombre debe ser un santo”, comentan los médicos. Ya en la visita antes de la intervención, el doctor se había maravillado mucho que Isidoro hubiera podido soportar sin alguna queja aquel “continuo martirio”. Recordando la intervención Isidoro escribirá a los familiares:”Me he confesado y en la santa comunión he ofrecido a Dios mi ojo por la expiación de mis pecados, por vuestro bien espiritual y temporal y según muchas otras intenciones. Me he abandonado ágilmente en la voluntad de Dios sin entristecerme”. Todavía dirá: “Con mi ojo de vidrio continuo a no ver nada. En el espíritu, soy extraordinariamente feliz y contento por mi estado… si veo solamente a medias las cosas buenas, veo solamente a medias también las malas”. Después de pocos días está de nuevo en la cocina en su puesto de trabajo. La comunidad, entre religiosos y seminaristas a veces pasa las cien personas. Isidoro piensa en todo y a todos realizando una mole de trabajo que otros juzgan imposible.

El doctor había advertido que probablemente el mal habría degenerado en cáncer en el intestino con consecuencias fatales. El superior, tal vez, imprudentemente y con modales no muy delicados comunica la triste prospectiva a Isidoro. Un testigo anota que “el santo religioso recibe este anuncio con su serenidad acostumbrada. Simple, lleno de bondad, diligente y puntual, continua a cumplir, como antes, todas las incumbencias que los superiores le confían. Acepta esta realidad con un total abandono y con una calma perfecta. No vive sino para Dios y su querida congregación”. Por la congregación, escribe Isidoro “quiero soportar los más grandes sacrificios, sacrificar incluso mi vida, si es necesario”.

En agosto de 1912 de Wezembeek es trasladado a Courtrai donde permanecerá hasta la muerte. Realiza el acostumbrado trabajo en la cocina hasta el año siguiente cuando le asignan el oficio de portero. Lo recordarán siempre humilde, solícito, delicado, pronto a susurrar una palabra de aliento y de consuelo. Él, que ya está viviendo la propia muerte. Las tristes previsiones del médico, en efecto, se confirman, por desgracia, verdaderas. Isidoro se siente siempre más débil; no pierde, sin embargo, la paz, aunque si está perdiendo la vida. El doctor diagnostica una pleuritis e Isidoro sufre cuatro dolorosas intervenciones. Todo sin embargo depende del cáncer que le está destruyendo el intestino y que lo está llevando a la muerte. Isidoro es consciente de aquello que le espera. “Si Dios ha dispuesto así, es su actitud, me someto a Él sin lamentarme ni gemir… Todo lo que él quiere… Debemos hacer en todo su voluntad”. Por mí solo, dice, no podría soportar este sufrimiento, pero con el Señor está bien… Debemos aceptar nuestros sufrimientos en unión con Jesús que es para nosotros ejemplar de abandono a la voluntad del Padre”.

El cáncer, ya difundido en todo el cuerpo, no le deja un momento de descanso procurándole fortísimos dolores: Isidoro pide sólo que lo ayuden a rezar, a recitar el Ave María, a hacer el agradecimiento después de la comunión. En octubre de 1916 llega al término de su jornada terrena. Se está en lo vivo de la guerra mundial: los alemanes han invadido a su Bélgica, han llegado a Courtrai y han inspeccionado parte del convento para acomodarlo como hospital de campo. De la familia sólo el hermano Frans puede ir a visitarlo. Pero es una visita muy breve: las autoridades alemanas le conceden apenas 6 días. “Cuando llegó el momento de regresar, recordará Frans, lloramos los dos juntos… de mala gana pude separarme de sus brazos”. A Frans, el superior entrega una carta para los papás, en la que entre otras cosas se lee: “Les llamo afortunados por haber recibido de Dios un hijo tan bueno y tan santo. Nosotros, pues, nos consideramos privilegiados de tener este santo hermano. Él Será nuestro intercesor ante el Señor”.

Isidoro es sepultado sencilla y pobremente. Es más, sin funerales, ya que el convento está en plena zona de guerra. Sus hermanos no tienen ni siquiera el permiso de acompañarlo al cementerio situado más allá del alambrado que rodea la ciudad. Lo acompañan con el corazón, encomendándose a sus oraciones. No se maravillarán viendo en seguida crecer la fama de su santidad. Isidoro, el humilde y silencioso hermano pasionista, se convertirá en una de las figuras más populares y amadas de Bélgica.

domingo, 4 de octubre de 2009

SER HUMANO: POÉTICO Y PROSAICO

Uno de los más inspirados poetas alemanes, Friedrich Höderlin (1770-1843), dijo lo siguiente: «El ser humano habita poéticamente la Tierra». Este pensamiento lo completó luego un pensador francés, Edgar Morin: «El ser humano habita también prosaicamente la Tierra».
Poesía y prosa además de ser géneros literarios, expresan dos modos existenciales de ser.

La poesía supone la creación que hace que la persona se sienta tomada por una fuerza mayor que le trae conexiones inusitadas, iluminaciones nuevas, rumbos nuevos. Bajo la fuerza de la creación la persona canta, sale de la rutina y asume caminos diferentes. Surge entonces el chamán que se esconde en cada persona, esa disposición que nos hace sintonizar con las energías del universo, que capta el pulsar del corazón del otro, de la naturaleza y de Dios mismo. Por esta capacidad se descubren nuevos sentidos de lo real.

«Habitar poéticamente la Tierra» significa sentirla como algo vivo, evocativo, grandioso y mágico. La Tierra es paisajes, colores, olores, fascinación y misterio. ¿Cómo no extasiarse ante la majestad de la selva amazónica, con sus árboles cual manos tendidas hacia lo alto, con la maraña de sus lianas y enredaderas, con los sutiles matices de sus verdes, rojos y amarillos, con los trinos de las aves y la profusión de sus frutos? ¿Cómo no quedarse boquiabierto ante la inmensidad de las aguas que penetran lentamente en la espesura y descienden mansamente hasta el océano? ¿Cómo no sentirse lleno de temor reverencial al caminar horas y horas por la selva virgen? ¿Cómo no sentirse pequeño, perdido, un bichito insignificante ante su incalculable biodiversidad?
Habitamos poéticamente el mundo cuando sentimos en la piel el frescor suave de la mañana, cuando padecemos bajo la canícula del sol de mediodía, cuando nos serenamos al atardecer, cuando nos invade el misterio de la oscuridad de la noche. Nos estremecemos, vibramos, nos llenamos de ternura y nos extasiamos ante la Tierra en su inagotable vitalidad, y al encontrarnos con la persona amada. Entonces vivimos el modo de ser poético.

Lamentablemente son ciegos y sordos y víctimas de la lobotomía del paradigma positivista moderno quienes ven la Tierra simplemente como un laboratorio de elementos físico-químicos, como un conglomerado inconexo de cosas yuxtapuestas. No, ella está viva, es nuestra Madre.
También habitamos la Tierra prosaicamente. La prosa recoge la cotidianidad y el día a día gris, hecho de tensiones familiares y sociales, como los horarios y los deberes profesionales, con discretas alegrías y tristezas disimuladas. Pero lo prosaico también esconde valores inestimables. Se descubren tras una larga estancia en un hospital, o cuando regresamos presurosos después de pasar penosos meses fuera de casa. Nada más suave que el sereno transcurrir de los horarios y de los quehaceres domésticos y profesionales. Nos da la sensación de una navegación tranquila por el mar de la vida.

Poesía y prosa conviven y se alternan de tiempo en tiempo. Tenemos que velar por lo poético y lo prosaico de nuestras vidas, pues ambos se complementan y ambos están amenazados de banalización.

La cultura de masas ha desnaturalizado lo poético. El ocio, que sería el momento de ruptura de lo prosaico, ha sido aprisionado por la cultura del entretenimiento que incita al exceso, al consumo de alcohol, de drogas y de sexo. Es una vivencia poética, pero domesticada, sin éxtasis; un disfrute sin encantamiento.

Lo prosaico ha sido trasformado en simple lucha darviniana por la supervivencia, extenuando a las personas con trabajos monótonos, sin esperanza de gozar del merecido ocio. Y cuando éste llega, resultan rehenes de quienes han pensado todo por ellas, organizan sus viajes y les fabrican experiencias inolvidables. Y lo consiguen. Pero como todo es artificialmente inducido, el efecto final es un doloroso vacío existencial. Y entonces les dan antidepresivos.

Saber vivir con levedad lo prosaico y con entusiasmo lo poético es indicativo de una vida plenamente humana.


miércoles, 23 de septiembre de 2009

San Vicente María Strambi, obispo Pasionista


VICENTE MARIA STRAMBI

24 de septiembre

Una vida para la iglesia

Poco antes de la muerte de Pablo de la Cruz quiere que esté cerca de sí el padre Vicente. Le estrecha afectuosamente las manos y lo mira fijamente a los ojos. “Padre Vicente, le dice, te encomiendo la Congregación”. A la comprensible sorpresa de Vicente, añade motivos de mayor maravilla. “Harás cosas grandes, harás mucho bien”. Vicente tiene solamente treinta años, es pasionista apenas hace seis. No faltan religiosos maduros, expertos, ejemplares. Pero Pablo quiere confiar su congregación a él, al joven Vicente. Y ve bien el fundador. Vicente: un religioso que ilumina con la ciencia y la bondad los comienzos de su congregación; un obispo, ejemplo de heroica fidelidad al papa. Santo, misionero, teólogo, guía espiritual, marca los últimos veinte años del setecientos y el primero del ochocientos. Famoso en Italia, incluso popular en Roma.

¿Tarea difícil? Está Vicente

Hijo del farmaceuta José Strambi y de Eleonor Gori, Vicente nace en Civitavecchia (Roma) el primero de enero de 1745. De los papás hereda una fe sencilla y un particular amor hacia los pobres, que lo caracterizará durante toda su vida. El padre colma de consistentes donaciones a la cofradía del nombre de Jesús a la que está inscrito; perdona, con frecuencia, deudas y ha depositado una considerable cantidad de dinero para la educación y el futuro de las jóvenes necesitadas. Vicente no es menos. El papá, además, lo debe incluso frenar la excesiva generosidad. La madre ve con alegría la vocación sacerdotal del muchacho; no así el papá que, aún siendo cristiano irreprochable, alimenta totalmente otros proyectos para aquel hijo único suyo (dos hermanitos y una hermanita alegran durante poquísimo tiempo la familia Strambi). Entre tanto, en el seminario de Montefiascone (Viterbo), Vicente comienza la formación filosófica, teológica y bíblica atrayéndose la admiración de los superiores y condiscípulos por la vivaz inteligencia y por la distinguida piedad.

Se traslada a Roma y luego a Viterbo para perfeccionarse en la sagrada elocuencia y en otras disciplinas. Al padre dice que su única herencia es el Crucificado: destina, pues, a otros el patrimonio familiar. Ordenado subdiácono a los 21 años, es llamado por el obispo de montefiascone para la tarea de prefecto del seminario, tarea que Vicente ejerce haciéndose querer bien por todos. Pero no deja de estudiar, convencido que ciencia y santidad son esenciales para la misión sacerdotal. A los 22 años es nombrado rector del seminario de Bagnoregio (Viterbo). El 29 de diciembre de 1767, incluso antes de cumplir los 23 años, es ordenado sacerdote.

Advirtiendo cada vez más clara la vocación a la vida religiosa, pide entrar primero con los padres de la Misión, y luego con los Capuchinos. Los primeros no lo aceptan porque es débil de salud, los segundos porque es hijo único. En Civitavecchia, durante una misión, Vicente conoce a Pablo de la Cruz y queda fascinado por su santidad y su ardor misionero. Lo vuelve a ver en el convento de San Ángel de Vetralla (Viterbo) donde hizo los ejercicios espirituales en preparación al sacerdocio. En la circunstancia se entretuvo con él en amable conversación. Pide, entonces, entrar con los Pasionistas. En 1768, muy joven sacerdote, es recibido por el mismo Pablo. Pero antes ha tenido que vencer grandes dificultades suscitadas por el papá que ya de mala gana lo había visto partir para el seminario y que no logra asumir un golpe aún más duro. El señor José escribe al mismo fundador expresando todo su desacuerdo. Se dirige también al cardenal Santiago Oddi, obispo de Viterbo, para que convenza al hijo a dejar Monte Argentario (Grosseto), donde el joven ya es novicio con el nombre de Vicente María. Pero inútilmente. Por último, el padre se resigna y establece relaciones amigables con Pablo.

Emitida la profesión religiosa el 24 de septiembre de 1769, Vicente comienza a predicar ejercicios espirituales al clero y misiones al pueblo, para lo cual manifiesta aptitudes sobresalientes. Pero pronto es obligado a reducir las predicaciones. En 1773, en efecto, es llamado a Roma en la casa general de los Santos Juan y Pablo para la tarea de profesor y director de los estudiantes teólogos. Vicente reserva particulares atenciones a los jóvenes, esperanza de la nueva congregación. Está atento a su salud, los guía espiritualmente, los forma en la sana teología.

Es, ciertamente, de los más grandes misioneros del siglo. Por deseo del papa predica con frecuencia en Roma en iglesias importantes y en momentos, incluso, difíciles. Para la apertura del año santo de 1775 Clemente XIV le encarga predicar al pueblo romano en la iglesia de Santa María en Trastévere. La elección es felicísima. Entre los oyentes está el mismo pontífice. Siempre, por el papa es llamado a dirigir más veces los ejercicios espirituales a los cardenales, a los obispos, a los prelados de la curia Romana y de la corte pontificia, al clero de la capital. Ya lo conocen todos. Lo llaman simplemente “el predicador pasionista santo”. Sus predicaciones están, con frecuencia, acompañadas de hechos prodigiosos. Tiene el don de la profecía, lee el interior de los corazones. El 13 de enero de 1793 en Roma es asesinado Hugo de Basville, diplomático, representante de la revolución francesa. Con el pretexto de visitar los monumentos, andaba desarrollando actividad sediciosa. El pueblo va a la plaza, amenazante y tumultuoso, durante varios días. Se le pide a Vicente, a nombre del papa, hacer algo. Las palabras de Vicente, ya bien conocido, obtienen el resultado esperado. A él acuden los papas para la solución de casos particularmente delicados. Tan grande es la fama de la que goza que, según fuentes autorizadas, en el atormentado conclave en Venecia que elige papa a Pío VII, es propuesta, incluso su candidatura y 5 de los 34 cardinales dan el propio voto a él, siendo un simple religioso pasionista.

Dentro de la congregación ejerce el oficio de profesor de teología, director de los estudiantes. Cubre el cargo de superior, de provincial, de consultor general. Pero se hace siervo de todos, se adapta a los trabajos más humildes presentándose, incluso, en los trabajos de la cocina y de la huerta. No quiere ninguna distinción. Tiene cualidades extraordinarias para consolar a los afligidos y para suscitar fervor y devoción en el corazón de los hermanos y de los fieles. Escribe también algunos textos escolares y libros de contenido espiritual. Digno de especial mención, es el “Mes de la preciosísima Sangre” testimonio e irradiación directa de su espiritualidad pasionista. Y luego, su obra magistral: la admirable biografía de Pablo de la Cruz. La escribe, como dice él mismo, de rodillas y permaneciendo en la celda habitada por el santo en el convento vecino a San Ángel de Vetralla. Allí se admira su competencia de historiador y teólogo, pero, sobre todo, una extraordinaria inspiración espiritual. Caso raro: un santo, biógrafo de otro santo. Es postulador de la causa de Pablo; encargo que llevará a cabo, incluso, siendo obispo.

Eminente director espiritual guía, sea a personalidades sobresalientes que a gente de modesta condición. Algunos nombres: el fundador de los misioneros de la Preciosísima Sangre, san Gaspar del Búfalo, la beata Ana María Taigi, la venerable María Luisa Maurizi, la venerable María Clotilde Adelaida de Saboya, esposa de Carlos Emmanuel IV rey de Cerdeña. Vicente interviene también en la conversión de Paulina Bonaparte hermana menor de Napoleón. Mujer tan hermosa como depravada, luego de un diálogo con él, cambia de vida dedicándose a obras de bien.

Con el Papa. Por el Papa

En 1801 Pío VII lo nombra obispo de Macerata y Tolentino. Vicente corre personalmente a él manifestándole el deseo de permanecer en convento y de continuar en la vida de misionero itinerante. Pero el papa no cede. Le asegura: “Sábete que nadie se ha interesado para elegirte; lo he hecho yo espontáneamente, por mi personal conocimiento, por inspiración divina”. Vicente se resigna. Consagrado obispo el 26 de julio, el 31 parte para Macerata, separándose “con angustia de espíritu” de los hermanos. En Macerata comienza inmediatamente aquel trabajo que renovará el rostro de la diócesis. Apenas llegado, visita a los párrocos, las cárceles, los hospitales, los monasterios; organiza una misión popular en la que participa él mismo. Vive una vida austera y penitente. Pobre, los pobres serán su atención constante. “Los pobres son mis patrones, dice. Yo no soy sino su ecónomo”. Es acuñada por él la frase hoy frecuente: “Oír el clamor de los pobres”, los pobres gritan, gritan”. Padre dulce y exigente. Durante la visita pastoral rehúsa fiestas y comidas especiales. Quien no se adecua paga una multa; la relativa cantidad es devuelta a los pobres. Atenciones continuas reserva para el seminario. Favorece la vida religiosa. Santo, estimula a la santidad. Elimina escándalos y abusos: no teme tomar duras disposiciones cuando el caso lo amerita. El episcopado está abierto a todos. Comprensible la aprehensión de alguno cuando se difunde la noticia de su posible transferencia. Se hace intérprete el vice – comisario pontificio de Tolentino con una carta a la secretaría de Estado.

Para la iglesia, entre tanto, se condensan nubes amenazadoras. En 1805 Napoleón Bonaparte comienza a ocupar el estado pontificio. Las tropas francesas entran, incluso, en Macerata. Requerido hacer juramento de fidelidad al emperador, Vicente rehúsa, declarándose fidelísimo al papa. Es condenado al exilio. El 28 de septiembre de 1808 Macerata saluda llorando a su obispo deportado primero a Novara y luego a Milán. Pero su santidad tiene manera de resplandecer, aún, en el exilio: consuela, alienta a otros obispos exiliados como él. Lo llaman “obispo pasionista santo”. Nada más normal que Vicente llegue a ser confesor requerido, consejero autorizado y buscado sea por laicos que por eclesiásticos. Predica frecuentemente al clero, a los seminaristas, a los hermanas.

Napoleón suprime también las congregaciones religiosas. Los Pasionistas se ven obligados a regresar a sus propios pueblos de origen. La prueba es durísima. Vicente está cerca, incluso, de sus hermanos gozando por la ocasión de particulares permisos obtenidos en secreto del papa. Pero no olvida su diócesis: la lleva en el corazón, la sigue con afecto. A los pobres de Macerata hace llegar señales tangibles de su recuerdo y de su amor. Antes de salir de Macerata había dicho que el exilio habría durado menos de seis años; Así sucede. El ocaso de Napoleón devuelve la libertad a la iglesia y a los obispos el derecho de ejercer su ministerio. Vicente regresa a Macerata el 14 de mayo de 1814 acogido con entusiasmo. Antes de llegar se detiene en Ancona donde se encuentra con el papa Pío VII, también, él conducido al exilio. Los dos se abrazan conmovidos. El papa, dos días después, pasa por Macerata: saluda al obispo y lo elogia por su fidelidad haciendo aún más plena la alegría de todos.

Como fácilmente se advierte, la diócesis ha resentido de modo evidente la ausencia de su pastor. Vicente debe comenzar nuevamente una obra de reconstrucción moral y espiritual. Tiene 70 años y, si bien, las fuerzas están ya al final, no las ahorra. Animosamente va al encuentro, primero de Joaquín Murat y luego con el general Federico Bianchi comandante de las tropas austriacas: la ciudad se salva por mérito de su obispo. Y llamarlo “padre de la ciudad” es lo mínimo que puedan hacer. Se acerca personalmente a los enfermos y moribundos, golpeados por una terrible epidemia y por la carestía, para llevar los sacramentos y una palabra de consuelo y de esperanza. Para quitar el hambre a los pobres, pide limosna a los nobles conocidos en Milán durante el exilio y vende los objetos sagrados de la iglesia. Abre un hospicio para ex prostitutas y un conservatorio para las jóvenes en peligro. Se dice, y con razón, que Vicente es para Macerata lo que san Carlos Borromeo para Milán. Aún en medio de tantas ocupaciones, no deja de predicar misiones y ejercicios espirituales, solicitado con insistencia, acogido con alegría, escuchado con respeto y veneración.

Probado por los sufrimientos, por los años y por el trabajo, muchas veces ha pedido al papa poder regresar al convento para prepararse, rezando, a la muerte. Súplica jamás acogida. “Es suficiente su sombra para gobernar la diócesis”, respondía el papa. Al final, León XII en 1823 lo complace. Pero sólo en parte. Lo quiere, en efecto, en su residencia para consuelo espiritual, como su consejero y confesor. El 21 de noviembre de 1823 Vicente deja Macerata entre el llanto general. Partiendo confía: “Macerata la he amado siempre y he sido amado. Macerata la llevo en el corazón”. Luego se quita el anillo episcopal, lo entrega al limosnero diciendo: “Es la única cosa que me queda. Véndalo y den lo recaudado a los pobres”.

El papa lo requiere en diálogo cada día. Con él va estudiando una reforma de la diócesis de Roma y de toda la iglesia. Lo veneran todos. Los cardenales encontrándolo se arrodillan pidiendo la bendición. Del palacio pontificio se acerca diariamente a la iglesia de los Santos Juan y Pablo donde ha sido consagrado obispo: se detiene en oración sobre la tumba del fundador sumergiéndose en grandes recuerdos; se entretiene en amable diálogo con los hermanos. En el mes de diciembre el papa se enferma gravemente. Vicente es llamado para administrarle el viático. Es la medianoche del 23 de diciembre de 1823. El diálogo es de aquellos que se deben recordar. El papa, apenas lo ve lo abraza y le susurra: “Vicente mío, yo creía hacerte santo, pero algún otro pontífice lo hará”. Y Vicente: “Ánimo santidad; el Señor no privará a la iglesia de su pastor en tiempos tan difíciles. Hay una persona que ofrece la vida para vuestra curación”. Al amanecer del día 24 Vicente celebra la misa y se ofrece víctima por la salud del papa.

Al terminar la misa el papa sorprendentemente queda curado. Habrá vivido, como predicho por Vicente, aún 5 años y 4 meses. Es el mismo León XII que anota la profecía. Vicente, en cambio, se enfermó de improviso, muere una semana más tarde, el primero de enero de 1824 día de su 79 cumpleaños. Mártir de la caridad y del altruismo. Sepultado en la iglesia de los Santos Juan y Pablo, junto al fundador, es declarado santo en 1950. Desde 1957 descansa en “su” Macerata, donde había sido pastor celoso y venerado durante 22 años.

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