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Estudiantes de Teología de los Misioneros Pasionistas, Provincia de Cristo Rey (REG). Hijos de San Pablo de la Cruz.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Eugenio Bossilkov


Sangre sobre el Danubio

Estaba seguro. En la patria lo esperaban un dolorosa vía crucis y la condena a muerte. Inútiles fueron las sugerencias de permanecer en Italia. “Yo soy el pastor de mi rebaño, repetía. No debo abandonarlo”. En Roma la víspera de su partida, saludando a la comunidad, se encomienda a las oraciones de cada uno. Todos entendieron que aquello era el adiós definitivo. Algún día antes lo habían visto rezar ante la imagen de la Virgen de Santa María la Mayor. “He pedido la gracia del martirio”, había confiado a un hermano. Y así monseñor Eugenio Bossilkov, el primero de octubre de 1948 regresó a Bulgaria entre sus fieles. Para animar y defender. Fiel a su tarea de pastor hasta el don de la vida. Víctima del terror estalinista.

“Permanezco fiel al Papa”

Había nacido entre humildes campesinos el 16 de noviembre de 1900 en Belene sobre la ribera del Danubio. Siendo niño había arriesgado ahogarse resbalando durante un juego. La maña Beatriz suspirando hacia el cielo había prometido donarlo al Señor. Y el pequeño fue salvado por milagro. A los 13 años, es acompañado por la mamá misma al seminario pasionista de Oresch donde comienza aquel camino que lo llevará lejos. Niño vivaz, amante de la broma, estudia en Russe y sucesivamente en Bélgica y en Holanda. Transcurre el año de noviciado en Ere donde el 29 de abril de 1920 emite la profesión religiosa. Ha, entre tanto, cambiado el nombre del bautismo, Vicente, por aquel de Eugenio. Completa los estudios teológicos en Bulgaria donde es ordenado sacerdote el 25 de julio de 1926. Después de la ordenación sacerdotal es enviado a Roma para especializarse en ciencias eclesiásticas orientales. Frecuenta el Pontificio Instituto oriental de 1927 a 1932 laureándose con la tesis “La unión de Bulgaria con la iglesia romana en la segunda mitad del siglo XIII”.

Regresado a la Patria el obispo de Nicópolis, Monseñor Damian Teelen, pasionista, lo solicita como secretario y lo nombra también párroco de la catedral de Russe. Pero Eugenio dura poco. Siente la vocación al apostolado directo que prefiere al trabajo de oficina. Es enviado, pues, como párroco a Bardarski – Gheran, en el corazón de planicie danubiana. Entre la gente se siente a su gusto. Se da a entender por los simples. Pero, hombre de cultura amplia, no hace mala figura con los doctos. En las disputas con los ateos es sutil, profundo, apremiante en las argumentaciones. En el diálogo con los ortodoxos anticipa el espíritu ecuménico del Concilio Vaticano II. “Sacerdote transparente como el cristal”, es respetado y amado por todos, porque él, por primero, ama y respeta a todos. “Es una persona extraordinaria por la cultura y por la fe, comprensiva… yo lo estimo muchísimo”, dice un funcionario estatal. Su casa está abierta siempre y para todos. “No teman distraerme, asegura él; estoy aquí para servir al prójimo”. Durante la segunda guerra mundial en la ocupación alemana, salva la vida a miles de hebreos. Algunos de estos, pasados al comunismo, serán sus perseguidores. Se hace famoso en toda Bulgaria.

Muchos lo llaman simplemente el doctor Bossilkov por su cultura. Tiene dos doctorados, habla 13 idiomas, colabora con apreciadísimos artículos en el periódico católico “Istina” (La Verdad), es óptimo apologista, y uno de los mejores oradores de Bulgaria. Célebres sus discursos, algunos aún a nivel nacional como aquel de 1938 sostenido en Sofía para conmemorar el 250 aniversario de la insurrección católica contra los turcos: aplaudido y apasionado discurso publicado en todos los periódicos búlgaros. Sobre los jóvenes ejerce un particular ascendiente. Con ellos canta, juega football, organiza excursiones y batidas de cacería. Pero es también un hombre de oración. Escribe: “Me levanto cada mañana a las 4:30; estoy en oración hasta las 7:30”. Tiene una gran devoción a la Virgen. Su parroquia se convierte en un centro propulsor de la devoción mariana que se extiende a toda la diócesis. Como obispo ante algunas dificultades de los misioneros al realizar fatigosas iniciativas, responderá: “Con la Virgen todo se puede”.

Con la ocupación alemana de 1940 y sobre todo, con la venida del régimen comunista en 1944, la actividad pastoral de la iglesia católica en Bulgaria sufre una fuerte limitación. En 1946 muere improvisamente el obispo de Nicópolis, Monseñor Damián Telen. A sucederle es llamado Eugenio, primero como administrador apostólico y luego como obispo. Es consagrado el 7 de octubre en la catedral de Russe donde había sido ordenado sacerdote. Es el primer obispo de la diócesis de nacionalidad Búlgara. Es el hombre justo: culto, prudente, valiente. Para poner un alto a la propaganda marxista, organiza inmediatamente una misión popular a la que toma parte él mismo exponiéndose en primera persona. Está siempre en medio de su pueblo exhortándolo a la fidelidad a Cristo. Será esta predicación uno de los puntos de acusa en el futuro proceso contra él.

En 1948 obtiene como por milagro el permiso de ir al exterior. Parte en los primeros días de julio. Pasa por Holanda para saludar a las dos ancianas bienhechoras que lo han adoptado cuando tenía todavía 14 años, y finalizando agosto llega a Roma. El 17 de septiembre es recibido con largo y afectuoso diálogo por el papa Pío XII. El primero de octubre regresa a Bulgaria donde la situación se hace siempre más crítica; la persecución contra la iglesia católica es ya sistemática. Abolidas las fiestas religiosas; confiscados los bienes eclesiásticos; inspeccionados los seminarios; cerradas las escuelas católicas porque, dicen, no están a la altura del clima progresista; son expulsados los sacerdotes extranjeros. Es suprimida la delegación apostólica. Peligroso acudir al templo. Clero y fieles vigilados. Monseñor Eugenio Bossilkov, obligado a escribir en clave, llama “ángeles custodios” a sus espías, y él se firma “Pedrito”. El drama vive bajo la inocencia de las palabras. Continúa valientemente las visitas pastorales en la diócesis, acogido siempre con entusiasmo. “No tengamos miedo, asegura el Obispo. En cuanto a mí, no dudo un momento y me preparo para lo peor”. Su Calvario ya ha comenzado. Pero, escribe al superior general, “yo y mis hermanos estamos contentos por encontrarnos en el lugar preferido por un hijo de San Pablo de la Cruz”.

El régimen trabaja para separar la iglesia católica de Roma y crear una nacional. A los obispos se les pide el juramento de fidelidad al gobierno. Monseñor Bossilkov es una columna de la iglesia búlgara: el más joven y dinámico de los obispos, el más influyente. Es puesto en la mira. Si cede él, para el gobierno todo será más fácil. Se le ofrece ser la cabeza de la iglesia nacional con todos los privilegios. Opone un enérgico rechazo y un renovado juramento de fidelidad al papa. No le es difícil imaginar las consecuencias. “Si tiene que venir lo peor, escribe, que venga! Tengo el valor de vivir; espero tenerlo también para sufrir lo peor permaneciendo fiel a Cristo, al papa y a la iglesia… Estoy dispuesto a dar la vida por la fe”. Mientras se desencadena esta tormenta introduce, además, la “fiesta del papa” y escribe valientemente: “El gobierno hace grandes esfuerzos para separar el clero y los fieles del santo padre, pero nosotros permanecemos firmes y estamos dispuestos a sacrificar nuestra vida. Expreso al santo padre mi filial afecto y mi firme adhesión”. Apenas elegido obispo había escrito a los fieles: “No callaré”. Y mantiene el compromiso. La gracia del martirio implorada a la Virgen toma aspectos cada vez más claros.

El cesto regresa lleno

Los Pasionistas abren la misión de Bulgaria en 1781 sólo seis años después de la muerte del fundador. Salidos de Roma llegan, después de nueve meses de un atormentado viaje. Los pocos católicos presentes viven oprimidos por los Turcos. Los misioneros comienzan el trabajo entre dificultades de toda clase. La independencia de la dominación turca acaecida en 1878, abre nuevo horizontes y permite vislumbrar un porvenir mejor. Se registra un inesperado florecer de vocaciones y de vida cristiana. Con la invasión por parte de Rusia el 9 de septiembre de 1944 el cielo nuevamente se oscurece y en el horizonte relampaguean inmediatamente siniestros resplandores de muerte. El pequeño partido comunista búlgaro subido al poder con el apoyo determinante de Rusia, mata a más de 138 mil ciudadanos instaurando un clima de terror. En una cuarentena de devastadora persecución sutil y feroz la presencia de los Pasionistas será reducida a los mínimos términos. Los últimos religiosos, privados de todos, serán obligados a vivir como en el tiempo de las catacumbas. Bulgaria es la única nación del pacto de Varsovia a permanecer incondicionalmente fiel a Moscú mientras todos los otros estados miembros conocerán desgarraduras más o menos profundas.

En este lúgubre escenario, monseñor Bossilkov, celebra su glorioso martirio. Fue arrestado el 16 de julio de 1952 en la casa de campaña cerca de Sofía donde se trasladó por un breve período de descanso. La policía irrumpe a las 5:30 de la mañana, inspección por todas partes buscando armas y trasmisores aún en el tabernáculo. Es acusado de ser espía del Vaticano y de guiar una conjura contra el estado. Evidentemente no encuentran nada. Una tarjeta de felicitaciones proveniente de Holanda escrita tal vez por hermanos pasionistas les quita de la turbación. Bajo el protocolo de arresto escriben haber encontrado “correspondencia extranjera”. Monseñor Bossilkov bendice a los hermanas que están con él y las invita a no llorar. Es llevado fuera y recluido en las cárceles de Sofía. Hasta el 26 de septiembre no se tiene noticia alguna.

El 29 de septiembre se abre el proceso. Cuando el imputado aparece los familiares y parientes se sienten que la sangre se les congela. Dios mío, a qué está reducido! Delgado y desvanecido. Una larva. Irreconocible. En la cárcel es obligado a dormir sobre el desnudo cemento, ha sufrido torturas “diabólicas”, insultos de cualquier especie, privaciones de alimento y de sueño, extenuantes interrogatorios. Sobre la camisa adosada en prisión están aún visibles espeluznantes señales de golpes y malos tratos. Para hacerlo ceder se teje una hábil telaraña de blandura y amenazas, promesas y presiones. Inútilmente. Se busca cualquier acusador con promesa de “justa” recompensa. Con sofisticados medios se trata aún de debilitar la psique para que se acuse a sí mismo de crímenes jamás cometidos. Monseñor Bossilkov, consciente de ir ante estos humillantes sistemas indignos del hombre, había varias veces advertido de no creer a eventuales declaraciones suyas de culpabilidad.
En el proceso conserva una serenidad desconcertante. Un testigo ocular recuerda que “dominaba a todos con sus respuestas y ponía en enredo a los jueces”. Perdona a sus acusadores, defiende a más no poder a sus sacerdotes y a sus fieles; hace todo lo posible para que no sea arrestado monseñor Romanoff enfermo ya del corazón. Durante un breve encuentro con los familiares habla de los malos tratos sufridos pero asegura a todos haber permanecido fiel al papa. En la oscuridad de la cárcel ha oído los gritos de un sacerdote mientras era torturado. “Si no hablar, se le dijo, también tú habrás de morir así”. Él recomienda a los familiares: “Recen por mí para que sea digno del martirio”. Está preocupado por sus fieles, teme que se les engañe. Por esto repite: “Díganles que he sido fiel… que no he traicionado”.

No hay motivos para condenarlo. Pero no importa. No son necesarios. La sentencia ya ha sido pronunciada. Es un homicidio premeditado. Muchos jóvenes y algunos funcionarios del estado, valientemente, lo defienden arriesgando su persona. Estudiantes de derecho y algunos juristas presentes en el proceso no ven algún pretexto para condenarlo. Un militante comunista lo define: “uno de los chivos expiatorios del régimen comunista”. Está presente en el proceso y afirma que ninguna de las acusaciones tiene fundamento. El 3 de octubre el obispo es condenado a ser fusilado con el cargo de subversión y espionaje a favor del Vaticano y por lo tanto enemigo del pueblo. Monseñor Bossilkov recibe sereno la sentencia. Para defenderlo y rebatir la sentencia intervienen Pío XII, el cardenal de Milan, beato Ildefonso Schuster, el canciller alemán Konrad Adenaer, el presidente de los Estados Unidos, Harry Truman, el futuro papa Paolo VI, el secretario de las Naciones Unidas.

Después de la condena a muerte se le permite a los familiares visitarlo por brevísimo tiempo. Monseñor Bossilkov tiene una cadena en un pie y en un brazo. Tenía 1,63m de estatura; ahora parece aún más pequeño. Se arrastra impedido de moverse. Pero está espléndidamente sereno. Le dicen que si quiere pedir el perdón para él. Responde, transformado su rostro: “No, estoy revestido de la gracia de Dios. El Señor me ha concedido la gracia de morir mártir. Muero voluntariamente por la fe. Me da pena por ustedes, pero la Virgen no los abandonará. Si quisiera podría estar libre y tener todas las comodidades posibles. Salúdenme a todos y díganles que no he traicionado ni a la iglesia, ni al papa y que he defendido a mis sacerdotes”.

En espera de la ejecución los condenados viven aislados en una celda. Se sale una sola vez al día. Por el frío corredor se oye entonces un cansado y gélido estridor de cadenas. Cuando de una de las celdas hay sólo silencio significa que la sentencia ya ha sido ejecutada. Sor Gabriela, la sobrina del obispo, cada semana lleva al tío un poco de comida en un cestito. El cestito regresa con una pequeña hoja de papel sobre la cual está una cruz y la inconfundible firma abreviada. (+ Ebr. Que en latín significa: Eug.) Es la señal que el obispo está aún vivo. Un día el cestito regresa lleno. Sor Gabriel comprende y detiene la respiración. Monseñor Eugenio Bossilkov ha sido fusilado la noche del 11 de noviembre de 1952 a las 23:30 hrs. Las autoridades esperan más de 20 años antes de dar la noticia oficial. Un obispo mártir es más peligroso que un obispo vivo…

El papa Pío XII, dijo un día a los Pasionistas: “Si lograran sólo conservar esta misión en Bulgaria, ella será la perla más preciosa en la corona de vuestra congregación”. Monseñor Bossilkov, mártir, muy próximo beato, ha añadido mayor fulgor a esta corona. Se está verificando cuanto él escribió poco antes de morir: “Las huellas de nuestra sangre son garantía para un espléndido futuro de la iglesia en Bulgaria”.

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