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Estudiantes de Teología de los Misioneros Pasionistas, Provincia de Cristo Rey (REG). Hijos de San Pablo de la Cruz.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Grimoaldo de Santa María


El cordelero menguado

El nombre parece reclamar la figura austera y rígida de un antiguo anacoreta del desierto y no aquella de un simpático joven de nuestro tiempo. No está entre los más comunes y tal vez ni siquiera los más hermosos. Probablemente se tendrá dificultad para recordarlo inmediatamente. Pero en cuanto a simpatía, no necesita pedir préstamos y no tiene que envidiar nada a nadie. Y así la lengua y la memoria llegan, después que el corazón ya ha hecho una plenitud de afecto. Porque a Grimualdo es imposible no quererle. Es imposible no quedar cautivados por su fascinación imponente, por su angelical transparencia y por su jovial frescura. Se le encuentra y hay inmediatamente devoción.

La vida transcurre como el agua. ¿Y luego?...

Entre los pasionistas elige el nombre de Grimualdo (y con este pasará a la historia); Pero en el Bautismo, recibido el día después del nacimiento, lo llaman Fernando. El papá Pedro Pablo Santamaría y la mamá Cecilia Rucio, ambos cristianos fervorosos, trabajan como cordeleros en pontecorvo (Frosinone). Les llega cáñamo grueso que, con manos expertas, transforman en cordeles de diferentes dimensiones revendidas luego en los mercados de los pueblos vecinos. En Pontecorvo, Fernando, primogénito de cinco hijos, nace el 4 de mayo de 1883. El bautismo, pues, después de un día de vida y, extraño pero verídico, el Sacramento de la Confirmación a los 5 meses. Se lo administra el conciudadano monseñor Gaetano Luis Masella, luego cardenal, en su capilla privada. El pequeño, ayudado también por el ejemplo del papá y particularmente de la buena madre Cecilia, crece sano y bien. En 1890 inicia la escuela elemental. Recibe la primera comunión apenas a los 8 años. Es tan bueno, piensa el párroco, ¿por qué hacerlo esperar como sus contemporáneos que son admitidos a los 10 o 12 años?

La iglesia es su lugar preferido, frecuentado asiduamente y particularmente amado. Ayuda en el altar como monaguillo diligentemente y transportado. Si no puede ir, por exigencias del trabajo, no logra detener el llanto. Pero cuando está en la iglesia no hay nada que lo distraiga. De rodillas, ante la estatua de la Inmaculada, parece también él una pequeña estatua: inmóvil con las manos juntas, cualquier cosa suceda. El viejo sacristán tiene las lágrimas en los ojos y se encanta al mirarlo. Al párroco se le ensancha el corazón cuando piensa en el futuro de aquel niño.

Es verdad que el papá Pedro Pablo lo imagina y quiere que sea cordelero, pero don Vicente Romano intuye que no podrá ser así: Fernando que está siempre en la iglesia como si fuese atraído por un imán, que tiene una gran pasión para ayudar la misa, que está siempre presente en el coro parroquial para cantar con su bella voz, no será jamás cordelero; aquel niño que entre los primeros ha dado su nombre a la asociación de la Inmaculada convirtiéndose en uno de los mejores inscritos tiene clara otra vocación. Y ve bien don Vicente. Él desde hace tiempo se ha dado cuenta que el muchacho permanece por largo tiempo en una silenciosa y absorta contemplación. Por lo tanto se maravilla más cuando un día corren jadeantes a decirle haber visto a Fernando, el hijo del cordelero, absorto en éxtasis delante de la imagen de la Virgen.

Es un niño. Reservado sí, pero no aislado. Humilde pero no falto de iniciativa. Bueno, pero quiere que también los otros lo sepan. A la mamá confía que él reza por los jóvenes malos “para que se hagan buenos”. Con frecuencia enseña el catecismo a los compañeros. Con la familia Santamaría vive también la vieja tía Checca, devota ciertamente pero de poca iglesia. El sobrino de vez en cuando le recuerda que “está bien trabajar y rezar en casa, pero es necesario ir también a la iglesia para escuchar la misa”. Y luego la penitencia. Fernando tiene un sorprendente deseo: juega con granos de maíz o con piedritas bajo las rodillas, elige la comida menos sabrosa, con frecuencia ayuda totalmente, busca mortificaciones dignas de un ermitaño. Repite continuamente que él ha nacido para hacer penitencia. En la familia saben que, a veces, pasa parte de la noche velando y rezando. Dirá un testigo: “Deseaba seguir a Jesús en sus sufrimientos”.

La vida austera de los Pasionistas del vecino santuario de la Virgen de las Gracias, que él frecuentaba siempre constante, parece hecha precisamente para él. Y lo dice abiertamente. Pero el papá lo empuja hacia el trabajo de cordelero. Fernando es el primogénito y debe, pues, continuar el trabajo que hoy es de su padre y que ayer fue de su abuelo. Trata de distraerlo también con severos castigos por aquello que, según él, es un capricho de adolescente. ¿Los castigos aunque rigurosos no sirven? Veamos con otros sistemas, se dice (a sí mismo) el papá Pedro Pablo: le compraré un caballo y una carreta, lo enviaré a ferias y mercados a vender cordeles, hará dinero y la idea del convento se le borrará de la cabeza. La propuesta es agradable, pero cuando Fernando la oye mira el río que está allí a dos pasos y le indica al papá diciendo: “la vida pasa como el agua…y nuestros días se van veloces… ¿y luego?”

Sí. ¿Y luego?... repite Pedro Pablo. Mirándose por dentro, se da cuenta que alguna convicción sobre el futuro del hijo, le está sacudiendo. Pero no logra, sin embargo, rendirse definitivamente. ¿Qué cosa no ha hecho y qué cosa debe, aún, hacer para realizar su proyecto? Aquel bendito hijo desenvuelve bien y rápido el trabajo de ayudante – cordelero para dedicar más tiempo a la oración. En la mañana, para no despertar a los familiares, baja a pies descalzos hasta la puerta de la casa y luego corre veloz a escuchar la misa. Ni siquiera en las perezosas y frías mañanas de invierno, cuando el frío clava a todos en casa, Fernando no falta a la cita con el Señor. Una tarde el muchacho, regresando a casa de la función, encuentra la puerta de la casa ya cerrada, y está obligado a dormir en una cercana. Repensando en tanta severidad Pedro Pablo siente un nudo en la garganta y tiene ganas de llorar. También él, pues, comienza a entender aquello que la buena madre Cecilia, ha intuido desde hace tiempo. Ella se sorprende siempre más frecuentemente al contemplar a su hijo Fernando como sacerdote y misionero. Le parece soñar y por la emoción tiembla todo de estupor materno.

El muchacho tiene dieciséis años: sabe aquello que quiere. Ha, pues, anticipado el estudio de latín, gramática y retórica porque está más que siempre decidido a seguir su caminito. Ha sido su maestro don Antonio Roscia que de joven ha intentado la vida del convento; por enfermedad ha sido obligado a regresar con la familia pero ha mantenido admiración y simpatía por los pasionistas. Fernando ha estudiado aún de noche a la luz de una vela; y con un curso acelerado de pocos meses ha recuperado casi tres años de estudio. Ha superado las inevitables y fáciles ironías de los compañeros que no logran entender su extraña decisión. Y accede también el papá, que en el fondo, es bueno como un pedazo de pan aunque si a veces, ha sido muy severo de lo permitido. “Nuestro muchacho, confía a Cecilia, no quiere ser cordelero; su interés es solo para la iglesia”. Será él quien lo acompañe hasta la estación de Aquino para darle la última bendición y el último beso.

Fernando se vuelve más alegre y expansivo, la alegría incontenible está presente en su rostro. Dirá uno de sus mejores amigos: “Al encontrarlo y viéndolo todo transformado, le pregunté qué cosa sucedía y el me dijo que deseaba hacerse pasionista”. Parte, “con alegría”. Advierte a los escépticos de turno: “Yo me voy y no regresaré jamás”. Tras de sí deja el ejemplo de un muchacho silencioso, modesto e irreprensible. En casa recordarán que sólo una vez ha sido desobediente: Invitado a ir a llamar al papá a la fonda extrañamente presentó dificultad. A la mamá, maravillada, había respondido que tenía miedo oír blasfemias y esto le hería el corazón. Dirá un testigo: “No había ningún otro muchacho en el pueblo semejante a él”.

Como san Gabriel

El 15 de febrero de 1899 Fernando llega a Paliano (Frosinone) para comenzar allí el año de noviciado. El 5 de marzo de 1899 viste el hábito y toma un nuevo nombre: Grimualdo por devoción hacia el santo protector de Pontecorvo. La vida de novicio, toda soledad, oración y mortificación, le parece hecha precisamente sobre medida: una alegría tan verdadera e intensa jamás ha experimentado antes. Los hermanos más ancianos como compañeros notan en él una dedicación constante a la perfección. Uno de sus compañeros dice que “jamás notó en él defecto alguno” y que “hacía todo de manera heroica, ya que deseaba ser santo”. Emitida la profesión religiosa se traslada a Ceccano, siempre en la provincia de Frosinone. Aquí emprende los estudios de las materias clásicas, seguirá luego el estudio de la filosofía y de la teología para preparare al sacerdocio. A la entrega para la santidad agrega aquel, no menor, para el estudio. Con candor y sinceridad si confía al director espiritual.

Con tenacidad se sumerge en los libros, deseoso de aprender siempre más, para ser un digno sacerdote. En el estudio, los compañeros están más avanzados que él, y tienen una preparación de base más completa y cuidada. La suya, sin embargo, en Pontecorvo ha sido, sin embargo, rápida y con muchas lagunas. Pero Grimualdo no se desanima. Acepta con gratitud la ayuda que algún hermano le ofrece en el campo escolar. Es de admirar en su empeño, tanto que “los profesores lo proponen como ejemplo”. Él vive “siempre sonriente, aún en las humillaciones, en las contrariedades, en las dificultades de los estudios”. Los estudiantes tienen poquísimos contactos con el mundo exterior y viven en la práctica, desconocidos por la gente. Sin embargo, la fama de Grimualdo ha traspasado el recinto de la casa religiosa: las personas que viven en los alrededores del convento han notado su bondad y se encomiendan confiados a su oración. Y, dicen, lo hacen con resultados positivos. Las oraciones de Grimualdo obtienen los favores suplicados

A los papás, que vienen a visitarlo junto con la hermana Vicentina, muestra toda su alegría por la vocación religiosa y todo su reconocimiento por la educación recibida en la familia. El joven es un “coloso de salud”: robusto, bien proporcionado, alto 1,75 m. Ninguno puede sospechar aquello que está por suceder. El 31 de octubre de 1902, durante un paseo posmeridiano en los alrededores del convento, Grimualdo advierte improvisos y punzantes dolores de cabeza con vértigos y desordenes de la vista. Regresa y se mete en la cama. El día siguiente, fiesta de todos los santos, participa en la celebración de la misa y recibe devotamente la eucaristía. Pero permaneciendo el mal se mete nuevamente en la cama y se llama al doctor. El diagnóstico es cruel y desplaza cualquier esperanza: meningitis aguda, a la que se añadía también alguna complicación. En los días de la enfermedad el joven revela aún más el deseo de la santidad y su amor a Dios. Y la recamara del enfermo se convierte en una escuela de virtudes.

Grimualdo, en efecto, difunde aquella paciencia de la que ha dado siempre prueba admirable y con frecuencia repite que acepta la enfermedad como voluntad de Dios; suplica a los compañeros que lo ayuden con la oración para no perder la paciencia y el valor para abrazar la cruz. Con una alegría que le brilla sobre el rostro se declara: “contentísimo de hacer la voluntad de Dios. En los últimos momentos de la vida su rostro se convierte esplendoroso como el sol, sus ojos se fijan en un punto de la recamara”. Se apaga en el atardecer del sol “calmado, sereno y tranquilo, como niño que dulcemente reposa entre los brazos de su madre”. Es el 18 de noviembre de 1902. Grimualdo tiene solamente 19 años, 6 meses, 14 días. Los religiosos se dan ánimo “convencidos de que se pierde un hermano pero se adquiere un santo”. Los papás no están presentes en su muerte: Grimualdo se les aparecerá consolándolos. Vivirán serenos; contentos de haber tenido un hijo así. A él se dirigirán rezándole en sus necesidades.

El joven estudiante “aquel que era tan bueno”, es sepultado en el cementero local. Pero no permanecerá para siempre. En octubre de 1962 es exhumado y los restos mortales son colocados en la iglesia del convento de Ceccano. Después de 60 años en la bolsa de su hábito, reducido ya a pedazos, encuentran un pedacito de tela junto con una hoja con la inscripción: “hábito del venerable Gabriel de la Dolorosa”; una reliquia que el joven ha llevado devotamente consigo. Grimualdo, durante la vida, ha mirado con particular afecto a Gabriel, se ha alimentado con su ejemplo. De él escribirán: “Este ángel ha sido un perfecto imitador de nuestro venerable Gabriel, tiernísimo devoto de la Virgen, de exquisita pureza de intención, de continuo e íntimo trato con Dios; dócil e maleable como la cera en las manos de los superiores”. Como cuarenta años antes había sucedido a Gabriel también en Grimualdo alaban “aquel manifestarse cauto y prudente al tener en grande las pequeñas cosas en las que descansa la santidad del religioso; aquel encontrar sus delicias en estar delante de Jesús sacramentado donde de vez en cuando pasaba horas enteras; aquel mostrarse tan fervoroso en la recitación de las alabanzas divinas”.

Para quien pretenda medir todo con la medida de la eficiencia, de la apariencia y de lo llamativo, Grimualdo no ha hecho nada que sea particularmente digno de admiración. Pero para quien mira las cosas con la óptica de la fe ha cultivado lo esencial: Abrasador anhelo de santidad, ardiente sed de Dios. Totalmente entregado en las cosas de cada día, celebra el don de la vida y la gracia de la vocación sobre el altar de la vida ordinaria. Suave y sereno asombra por el amor al recogimiento, el gusto por la oración aún la contemplativa, la práctica de la penitencia, el amor a Jesús Crucificado, la filial devoción a la Virgen inmaculada. Maravilla a todos por la simplicidad de los pequeños y la asombrosa constancia de los fuertes. Parece poco. Sin embargo, es todo. Muchas y crecientes son las gracias atribuidas por su intercesión. Los enfermos de tumores parecen ser sus predilectos. También en Estados Unidos, donde viven algunos de sus parientes, Grimualdo, es amado y venerado y hace sentir su celeste protección. Fue declarado venerable el 14 de mayo de 1991 y beato el 29 de enero de 1995.

Grimualdo: el nombre no es de los más comunes. Y, tal vez, ni siquiera entre los más hermosos. Pero ya es familiar y querido. Es el nombre de un joven fuerte y generoso propuesto como modelo. Y el cordelero menguado, que deba hacerse santo, ya ha unido a sí numerosos corazones.

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