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Estudiantes de Teología de los Misioneros Pasionistas, Provincia de Cristo Rey (REG). Hijos de San Pablo de la Cruz.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Pío Campidelli


Ofrecer la vida


“¡Ánimo mamá! Nos veremos en el paraíso”. La mamá Filomena, sin embargo, lloró aún más abundante. Al llanto de dolor se añadía el llanto del consuelo. Aquel hijo había aprendido lo que ella le había transmitido con la leche materna: el paraíso es la única realidad por la que vale la pena vivir y morir. Se dejaron así con esta cita. Él, sostenido por algunos hermanos compasivos, subió las escaleras del convento para consumar su holocausto. Ella retomó el camino a la casa con las hijas Adela y Teresa llevándose por dentro la imagen del hijo ya marcado por la muerte pero con los ojos todavía dulces como cuando lo contemplaba teniéndolo entre brazos.

Una flor brotada en el campo

Mamá Filomena se reencontró en casa con los otros cuatro hijos en quien pensar y con mucho trabajo. Tiempo para estar en ocio no lo tenía en verdad. Pero el corazón y la mente estaban a distancia de 10 km. En el santuario de la Virgen de Casale donde su “Luisito” (jamás se había acostumbrado a llamarlo Pío), estaba corriendo hacia el paraíso. Los signos evidentes de la tisis no dejaban dudas o esperanzas: el paraíso para él estaba, precisamente, a la vuelta de la esquina. Y volvía a ver como en un film la vida del hijo. Una secuencia veloz y brevísima. Apenas a los 21 años volados de prisa. Rápidos como un suspiro. Veámosla también nosotros.

José Campidelli y Filomena Belpani se casaron hace casi 8 años en la pequeña iglesia de san Martín de los Molinos. Vinieron a vivir entre el verde de los campos en Trebbio di Poggio Berni en la tierra de Rímini. José, en efecto, ha conseguido conducir, a medias, una granja cercana al río Marecchia. La casa colonial está rodeada por una cadena de colinas sobre las que cuelgan los pueblos de Verucchio, Torrina y Poggio Berni. La soledad con frecuencia está llena con los cantos de los campesinos que llegan para moler en el antiguo molino. El silencio no raramente es herido por sus blasfemias. En la casa con José vive también el hermano Miguel. Hombre de carácter bizarro, no desdeña un buen vaso de vino. Su hablar supera a veces los límites del más colorido lenguaje de los campesinos de la romaña. En los documentos será, con frecuencia, señalado como “el tío Bertoldo”. Pero también él, cuando mira a los sobrinos se enternece y siente temblores de insospechada dulzura. Pío, habiendo entrado en el convento, lo recordará con afecto en sus oraciones. Sonreirá satisfecho cuando le digan que finalmente “el tío Bertoldo” ha dejado de blasfemar.

En la casa Campidelli no falta nada de lo indispensable, pero no hay nada superfluo. El duro y diligente trabajo de los campos permite vivir dignamente. Aquello que reina en abundancia es el sentido del deber y una perseverante oración. Una envidiable paz familiar es el natural corolario. José y Filomena, respetuosos de la ley del Señor, son cristianos como pocos. En esta familia, ya han nacido Atilio en 1861, Emilia en 1864 (una primera Emilia murió a los 18 meses). Ahora, estamos en 1869, se espera el cuarto hijo, el niño nace el 29 de abril y es bautizado el mismo día con el nombre de Luis (pero en la casa, para todos, es Luisito). Habiendo ingresado con los Pasionistas se llamará Pío. Por la avanzada primavera la campaña circundante es pues un alborozo de colores y de perfume. Pero la flor más hermosa ha brotado en la casa Campidelli recibido con emoción y gratitud como un regalo de Dios. Si el papá José y la mamá Filomena pudiesen lejanamente imaginar qué cosa será de ese niño, se les escaparía ciertamente alguna lágrima… nacerán en seguida otras dos hermanitas, Teresa y Adela.

A los cinco años recibe el Sacramento de la Confirmación (es la costumbre del tiempo), a los diez la primera comunión. A los seis años una dolorosa experiencia: el papá José muere de tifo dejando en el llanto a la familia. Filomena saca fuerza de la fe, toma entre manos la situación y por los hijos encarna la dulzura materna y la seguridad del padre. Sobre todo Luisito está atento a sus enseñanzas. Asimila todo mostrando una inclinación particular por la oración, un horror hacia todo aquello que es mal, una vivacidad increíble en percibir y vivir la presencia de Dios. Da ternura sorprenderlo quitando las piedras del camino que lleva al molino. Los “malos”, explica, no deben tener ocasión para blasfemar. Y sólo la palabra blasfemia lo hace estremecerse todo. Enseña incluso catecismo. Ha colgado de un árbol una campanita con la que llama a la lección a los niños y niñas de los alrededores. En Trebbio frecuenta, primero la escuela informal abierta por el capellán don Ángel Bertozzi que enseña además nociones de latín, pasa en seguida a la escuela publica. Crece delgado y, aún queriéndolo, por el duro trabajo de los campos no puede ofrecer una ayuda apreciable.

Se le ve rezar largo tiempo con gusto y una conciencia que bien supera la edad. La mamá es la depositaria estupefacta de la riqueza interior de Luisito. Grande en consejos y atenciones se da cuenta que el hijo vuela siempre más alto y es siempre más difícil ir tras de él. Pide ayuda al hermano sacerdote don Felipe y concluyen: Dios está trabajando en el corazón del niño que responde maravillosamente bien. La hermana Emilia recuerda que “reza en particular por el papá, por los muertos y por los parientes”. El hermano Atilio nota que “además de ir a la iglesia cada día se recorre sus cinco kilómetros de camino incluso con los zapatos que le hacen daño”. Hay, además, quien se queja porque “está siempre en la iglesia, o en casa haciendo altarcitos”. La madrina de bautismo sentencia: “Parece nacido para el paraíso” Los compañeros se burlan de su andar humilde y reservado: “Luisito, así te haces jorobado”; él responde con una sonrisa. A la mamá le dicen: “Ha sido doloroso perder a su marido, pero el Señor la recompensará con este hijo”. La profesora, la señorita María Amati, lo ve “atento, respetuoso, obediente. Recuerdo muy bien - agrega - la figura civil, delicada, palidita. No me da jamás ocasión para reprocharle, es más, debería alabarlo. Se ve en la cara que es un angelito”.

Los Pasionistas, desde hace dos años en el santuario vecino de la Virgen de Casale juanto al Santo Arcángel, (Rimini) en 1880 llegaron misionar, incluso, en Poggio Berni y Torriana. Luisito tiene doce años. Corre a escucharlos junto con la mamá; queda fascinado, ve claro que aquella es su vida. “Te quiero pasionista” siente en su interior. Responde con entusiasmo. El superior, al que confía inmediatamente su deseo, lo mira con agrado, pero le advierte su edad: “Eres demasiado pequeño; debes esperar por lo menos hasta los 14 años”. Y luego, pero no se lo dice, deja alguna duda su salud, por lo delgado que es. Podría ir al seminario, le sugieren. Pero él sabe lo que quiere. “Sacerdote sí, precisa; pero diocesano no. Los diocesanos viven en el mundo con mucha responsabilidad y peligros. Los religiosos, en cambio, en sus conventos están siempre con Dios y tienen muchos medios para salvarse”. El 2 de mayo de 1882 parte para el convento. “Todos nosotros junto con la mamá lloramos, sólo él estaba alegre, reía y decía: Por mi no deben llorar; yo estoy verdaderamente contento”, afirmará la hermana Teresa. Parte porque en el corazón le quema un gran deseo: hacerse sacerdote y misionero pasionista, hacerse santo. Tiene sólo 14 años y la decisión puede parecer más grande que él. Sin embargo…

Más allá de las apariencias

Viste el hábito religioso el 27 de mayo de 1882. En enero del 1883 el noviciado es trasladado a San Eutiquio de Soriano en Cimino cerca de Viterbo. Aquí, Pío vivirá seis meses, los únicos lejos de su Romaña. El 24 de julio, en efecto, regresa a Casale para los estudios de filosofía y teología en preparación al sacerdocio. Emite los votos el 30 de abril de 1884 al cumplir los 16 años de edad, como lo piden las normas del tiempo. La comunidad, admitiéndolo unánime a la profesión, nota su “singular modestia, la exactitud en el obedecer sin réplica a las ordenes, incluso, mínimas de los superiores, la compostura exterior, muy seguro del recogimiento interno”. El maestro conserva un hermoso recuerdo. Algún año después se le oirá decir: “Bueno, ¿se han acabado los novicios pasionistas? Aquí ya no hay más novicios. Pío sí era un verdadero novicio: bueno, humilde, obediente, recogido, hacía verdadera oración. Si no imitan a Pío, no seréis verdaderos novicios”. Pío, pues, corre hacia el sacerdocio con una vida hecha de oración y de estudio. Para la gente que frecuenta el santuario es el “santito de Casale”.

El 17 de diciembre de 1887 en la catedral de Rimini recibe la tonsura y las ordenes menores. El camino hacia el sacerdocio continua con extraordinario empeño de Pío bajo la mirada de la Virgen de Casale, por él perdidamente amada. Todo parece ir a pedir de boca. Los superiores acarician los proyectos y los sueños más bellos y tienen todos los motivos: Pío ofrece las más amplias garantías. La alegría es su clima habitual. La santidad es aquello que le está más en el corazón. Improvisamente, sin embargo, al principio del invierno de 1888 aparecen los primeros síntomas de la tuberculosis, la enfermedad del siglo.

Pío no sanará jamás. Pero no se pierde. Confía en el Señor. A algún pariente que le sugiere regresar con la familia para atenderse mejor e, incluso, con la promesa de una rica herencia, responde decidido: “No haré ni siquiera por todo el oro del mundo”. A la mamá deja como precioso recuerdo un crucifijo elaborado con sus mismas manos. Los hermanos, mucho más ahora, se dan cuenta que viven con un santo. Él, pues, pasa el tiempo en la cama sumergido durante horas en la contemplación de Dios o cantando a baja voz canciones a la Virgen.

Poco antes de morir el gesto de amor por su tierra, consciente del difícil período histórico que esa está atravesando. Lo oyen decir: “Ofrezco la vida por la iglesia, por el papa, por la congregación, por los pecadores, por mi querida Romaña”. Un gesto que revela una vida donada para siempre. La Romaña la lleva en el corazón y quiere llevarla a Dios. En éxtasis prorrumpe en exclamaciones que dan a entender la altísima mística a él familiar: “Oh, sabiduría infinita de mi Dios! ¡Oh, infinita bondad! ¡Oh misericordia grande, inconmensurable de Dios! ¡Oh, gran verdad! ¡Oh, infinita caridad. Si Dios es amor ¿Cómo es posible ofender un amor tan grande?”.

Alrededor de su lecho están todos los hermanos que acompañan al cielo, con la oración, al más joven religioso de la comunidad. “He ahí a la Virgen que viene”, dice Pío, un instante antes de morir mirando fijamente hacia la pared. Sonriendo. El corazón cesa de batir el 2 de noviembre de 1889 a las 22:30. La Virgen ha venido, en verdad, a tomarlo para llevárselo al paraíso. La cita dada por Pío a la mamá Filomena. Y no solamente a ella… Tiene 21 años, 6 meses, 4 días. Ha sido el primer pasionista de la romaña, el primero en entrar y morir en el convento de Casale, el primero en ser admitido al noviciado en la reconstruida provincia religiosa de la Piedad, después de 15 años de supresión. Será también el primero en subir a los altares. Mejor augurio no podría haber.

Fue sepultado en el vecino cementerio de San Vito. En 1923 se realiza la exhumación de su cuerpo que es trasladado al santuario de Casale. Es un triunfo. Nadie ha olvidado “al hermanito santo”. Las campanas tocan a fiesta. Los restos de Pío fueron colocados junto al altar de la Virgen. El 23 de septiembre de 1944 el ejercito alemán, retirándose, hace explotar minas con un poderoso explosivo colocadas en el santuario: una espantosa detonación y en el cielo un hongo de ceniza muy densa. Casi 350 años de historia sepultados en un instante. Se derrumban el ábside, el pasadizo con la cúpula, parte de la anexa casa religiosa. En el lugar del campanario encuentran una tumba grande y profunda. Las campañas reducidas a fragmentos dispersos por aquí y por allá sobre un vastísimo radio. El fresco con la imagen de la Virgen será encontrado entre las ruinas después de un año. En pie queda, milagrosamente ileso, el monumentito con la imagen y los restos de Pío. En 1969 encontrarán decorosa y digna colocación en el nuevo santuario.

El 17 de noviembre de 1985 Juan Pablo II con una ceremonia transmitida por mundo visión, lo declara beato. Es el año internacional de la juventud. El joven Pío es propuesto a todos, particularmente a los jóvenes, como modelo de generosidad, de amor a las pequeñas cosas, de vida interior plenamente satisfactoria. El santuario de la Virgen de Casale se convierte así, incluso, en el santuario del beato Pío.

Una vida, aquella de Pío, hecha en apariencia de nada. Ya, la apariencia. Acostumbrados al lucimiento y a lo sensacional se queda uno satisfecho con la fachada. Más allá no se sabe ir: se encontraría uno desorientado y perdido. Analfabetas ante un poema. Y la vida de Pío es todo un poema de simplicidad e interioridad. Una página escrita apegandonos al vocabulario de la vida cotidiana; un himno cantado con notas a la medida de todos. Pequeño campesino, grácil como un fideo, joven estudiante escondido en el negro del hábito pasionista. Conoce poquísima gente; poquísimos saben su nombre. Una vida, se diría, monótona y gris sin sobresaltos y sin acentos. Una existencia sepultada en un silencio jamás quebrado por el fragor de gestos clamorosos. Un camino recorrido sin golpes de rodillas para hacerse largo y salir al descubierto. Una vida, en síntesis, que nuestros cánones no logran encuadrar y mucho menos celebrar. Pío ha tejido el bordado de su santidad con los hilos de gestos usuales llenándolos de amor. Gestos repetidos, pero siempre nuevos porque construidos sobre la juventud eterna de Dios.

Pío vive lo extraordinario de una vida ordinaria: todo lo llena de Dios y todo lo lleva a Dios. Y lo hace con empeño tenaz. Sin desviaciones y condescendencias, sin evasiones y arrepentimientos. Todo lo acepta con alegría, todo lo vive con serenidad, todo lo ofrece con amor. Incluso la vida. El sufrimiento le trunca la existencia pero no le quita la paz y ni siquiera le ofusca la sonrisa. La muerte prematura no le borra el recuerdo. Se maravilla siempre más ante la aventura límpida y extraordinaria de este joven que vivió “como ángel” y murió ofreciendo la vida.

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