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Estudiantes de Teología de los Misioneros Pasionistas, Provincia de Cristo Rey (REG). Hijos de San Pablo de la Cruz.

miércoles, 26 de agosto de 2009

26 de agosto. B. Domingo Barberi de la Madre de Dios, Sacerdote Pasionista


Vivió para la unidad


La llamaban “mamá”, no sólo por los once hijos sino también por los pobres de la ciudad, para quienes su corazón estaba siempre abierto de par en par. Y, Domingo, el último hijo, jamás olvidará a la óptima madre María Antonia Pacelli. El ejemplo de ella, muerta desgraciadamente muy pronto, lo acompañará durante toda la vida. Será sacerdote y misionero; ejercitará el ministerio en Italia, Francia, Bélgica e Inglaterra; será superior y profesor, pero el recuerdo de la madre le será siempre de bendición y caricia, luz y consuelo.


El campesino sube a la cátedra

De ella y de José Barberi, nace Domingo, cerca de Viterbo, el 22 de junio de 1792. Se vive del trabajo de los campos; el pan, aunque la familia es numerosa, no falta jamás. La muerte entra súbitamente en casa de los Barberi. En 1797, a los 10 años muere la pequeña Margarita: una delicada flor que declina el tallo dulcemente. Antes de espirar llama al hermanito Domingo y le susurra: “Cuando esté muerta me cubrirás con un velo blanco y rosas blancas”. Se siente extrañamente cansada, empieza a rezar, y después se mete en la cama; a las dos horas está ya en el cielo. La mamá está afuera. A su regreso Domingo corre a su encuentro felicitándola: “¡Margarita se fue al paraíso! ¡Margarita se fue al paraíso!”. La mamá lo estrecha fuertemente cubriéndolo de lágrimas. El 26 de marzo de 1798 muere también el papá José. María Antonia debe cubrir el vacío. El pequeño Domingo aprende los primeros elementos de la instrucción en el vecino convento de los Capuchinos, demostrando “un gran amor por el estudio”.

El 23 de marzo de 1803, es la mamá María Antonia en irse al cielo. Advertida por un seguro presentimiento, ha comprado la sabana y se ha cocido el vestido para la sepultura. Domingo, huérfano de padre y madre a los 11 años, es confiado a la Virgen elegida como madre. Vendidos los campos, los huérfanos aún en casa van a vivir con los hermanos mayores ya acomodados. Domingo, sin embargo, es hospedado amablemente por un tío materno, campesino. Encarrilado en el trabajo del campo debe dejar los estudios que le son particularmente queridos. Así continúa hasta los 21 años: con los acostumbrados sueños, los acostumbrados vaivenes (tal vez más acentuados de lo ordinario, al menos en aquel tiempo), las propias crisis que acompañan la adolescencia y la juventud. Conoce a los Pasionistas del cercano convento de Vetralla (Viterbo), se hace discípulo y penitente; por ellos es ayudado en el estudio y en la formación cristiana. Napoleón, entre tanto, está reclutando jóvenes para la expedición a Rusia. Domingo se siente inquieto, temiendo ser reclutado. En sueños se le aparece la mamá que lo consuela asegurándole que no irá y encomendándole la fidelidad al rosario. Después de una fuerte crisis interior, deja la novia y a los 22 años entra en el convento. Ecos de este drama se encuentran en uno de sus escritos con el significativo título: “Huellas de la misericordia divina en la conversión de un gran pecador”.

Entra en el noviciado de Paliano (Frosinone) en 1814. Hasta ahora ha trabajado en el campo; los estudios han sido pocos y aproximativos: Sería una locura pensar en el sacerdocio. Pero a él le interesa sólo llegar a ser religioso pasionista. Rogando, sin embargo, ante la imagen de la Virgen escucha claramente una voz que no admite dudas: llegará a ser sacerdote y apóstol del Norte de Europa, especialmente de Inglaterra. Y la voz no le traicionará. Entre tanto, por los caminos humanamente inexplicables trazados por Dios, durante el noviciado pasa de la condición de religioso hermano a aquella de aspirante al sacerdocio. El 15 de noviembre de 1815, emite la profesión religiosa. Estudia, después, en el Monte Argentario (Grosseto) y en la casa general de los Santos Juan y Pablo en Roma. Dotado de ciencia y sabiduría, fruto ciertamente no sólo de los libros, el primero de marzo de 1818 en Roma es ordenado sacerdote. Enseña filosofía, teología, sagrada elocuencia, primero en el convento de San Ángel en Vetralla (Viterbo) y luego en Roma y Ceccano (Frosinone). Pero no descuida el apostolado.

Es maestro estimado no sólo por su ciencia sino también por su vida. Asiduo en el confesionario, preciso y concreto en la predicación, escritor agudo y fecundo, religioso ejemplar. Renuncia a ser obispo de Palermo, pero es llamado a cubrir puestos de responsabilidad dentro de la Congregación: superior, consejero provincial, provincial. Está siempre entregado. Ha hecho el voto de no perder jamás el tiempo. Envía a la imprenta un trabajo de mariología en francés y “el comentario al Cantar de los cantares”. En algunos estudios trabaja las cuestiones socio-morales del tiempo. Compone un tratado de teología, uno de filosofía en seis volúmenes, biografías de jóvenes hermanos. En el “llanto por Inglaterra” está todo su ilimitado dolor por el cisma anglicano. Por orden del director espiritual escribe también su autobiografía. Publica numerosos libros de diferentes argumentos. Una inmensa producción: aproximadamente más de 180 títulos.

¿Y aquella voz que lo quería apóstol de Inglaterra?... no, no era ilusión. Domingo espera atento, confiado, la hora señalada por Dios. Reaparecerá de repente en 1840, 27 años después de la llamada. Inicialmente no está ni siquiera en la lista de los que están por irse a la nueva fundación. Pero Domingo está seguro que no saldrán sin él. En efecto, una serie de imprevistos lo llevan a ser, además, el superior del grupo de los cuatro religiosos que el 24 de mayo de 1840 salen para la nueva fundación en Bélgica. El 22 de junio entran en la nueva casa religiosa de Ere cerca de Tournai. Es la primera casa pasionista fuera de Italia. En el mes de noviembre, Domingo, realiza una visita a Inglaterra con la intención de otra fundación en aquella tierra. Está nuevamente en Bélgica en el mes de diciembre. El 30 de septiembre de 1841 es la definitiva partida para Inglaterra. Finalmente. Con el corazón había llegado desde hacía tiempo. El 17 de febrero de 1842, después de haber residido temporalmente en otro lugar, abre la nueva casa religiosa de Aston Hall cerca de Stone. Se cumple así la visión de Pablo de la Cruz que desde la juventud oraba por la conversión de Inglaterra. Después de un éxtasis, en efecto, lo había oído exclamar: “¡Qué he visto!... mis hijos en Inglaterra!”.

Domingo desempeña también el oficio de párroco, superior, maestro de novicios, profesor. A esta primera casa religiosa le seguirán otras. Comienza un fructífero apostolado. Llegan también nuevas vocaciones. Para todos, católicos y protestantes, Domingo es una voz autorizada. Predica al pueblo, al clero, a las religiosas. Se lanza también a Irlanda. Con el pasar de los años su físico no puede resistir el trabajo agotador y continuo. No tiene ningún cuidado para sí. El bien de las almas lo lleva a trabajar a un ritmo superior a cuanto humanamente es posible. En 1849, mientras está de viaje, es atacado de dolores imprevistos en la cabeza y el corazón. Muere así sobre la brecha el 27 de agosto de 1849, a los 57 años en Reading cerca de Londres. Serenamente, lleno de alegría: La Inglaterra ha iniciado su camino hacia la plena comunión con el papa. Numerosas y muy graves habían sido sus enfermedades, pero él había tenido siempre la certeza que habría muerto sólo en su “querida Inglaterra”.

“Mis queridísimos hermanos separados”

Volvamos a la específica vocación de Domingo. Aún antes de entrar con los Pasionistas, durante las fiestas navideñas de 1813, absorto en oración él oye claramente una voz que le dice: “Yo te he elegido para que tu anuncies la verdad de la fe a muchos pueblos”. En 1814 es joven novicio: no tiene la perspectiva del sacerdocio, le prohíben además leer libros, lo destinan a ser cocinero. Para él está bien así. Pero el primero de octubre durante un momento de oración a la Virgen sucede algo extraordinario. Lo cuenta él mismo: “Entendí que yo no debía permanecer laico, sino que debía estudiar y que después de seis años yo habría comenzado el ministerio apostólico; y que no era ya ni la China ni América, sino más bien el Noroeste de Europa donde yo sería destinado y especialmente a Inglaterra… yo quedé de tal manera seguro que esta voz era divina y que habría de dudar, en dado caso, de mi existencia y no de esto”. Domingo no se apresura adelantando derechos o pretensiones: sí confía en Dios. Escribe: “Si Dios querrá tal cosa de mi mismo pensará a abrirme el camino, ni yo daré un paso positivo para pedir ser enviado (a Inglaterra), sino que me basta descansar en los brazos de la divina Providencia”.

Su espiritualidad y experiencia mística están unidas a esta misión. El espíritu ecuménico estructura su personalidad, inspira sus actitudes, marca su vida, acoge sus oraciones y sus sacrificios. Ya, durante el estudiantado con los demás compañeros más fervorosos y en sintonía con sus ideales, se empeña a rezar por los infieles y particularmente por Inglaterra. En seguida organizará una “cruzada de oraciones” a la que invita a los hermanos, fieles, almas consagradas. En 1832 escribe que por lo menos un millar de grandes orantes rezan por Inglaterra. Entre los hermanos que lo animan está también el beato Lorenzo Salvi. Inglaterra, desde tiempo, es su tormento y su anhelo. “Dios, dice Domingo, se dignó infundir en mi corazón desde mis más tiernos años un ardentísimo amor por mis queridísimos hermanos separados y especialmente por los ingleses”. Emite el voto de “renunciar a cualquier consuelo espiritual y corporal” para el regreso a la Iglesia católica de los “hermanos separados” (expresión hoy común, pero acuñada precisamente por él). Para sus “queridísimos hermanos anglicanos” se declara dispuesto a “soportar todos los padecimientos que deberían sufrir todos los ingleses si se condenaran”.

Entre tanto, Domingo, tiene contactos con numerosas personalidades del anglicanismo como James Ford, John Dobrere Dalgairns y con los profesores de Oxford. Él anticipa 150 años el movimiento ecuménico actual, basado en el amor, el diálogo, el respeto de la conciencia, la escucha del otro. El suyo es y será siempre un diálogo intelectualmente y profundo doctrinalmente, sin excepción, humanamente cordial, respetuoso, caritativo. Un diálogo, pues, cristiano y por lo tanto fructuoso. En el tratadito con el título “advertencias necesarias para quien desea tratar con fruto con los protestantes en materias controvertidas de religión, escribe: “En primer lugar es necesaria una grande humildad… acompañada de una gran confianza en Dios de quien solamente puede esperarse el cambio de los corazones… en segundo lugar es necesario un gran fondo de ciencia; no basta ciertamente una probadita… hayan logrado ser laureados: conviene ser no doctores, sino doctos y doctos de verdad… se desee con cualquier empeño permanecer el corazón tranquilo y pacífico, el rostro juvenil, el trato que inspire caridad cristiana… persuadámonos que sólo el corazón es aquello que puede hablar a los corazones: la mansedumbre y la dulzura cristiana son las verdaderas señales de un defensor de la religión cristiana”.

Domingo pide a los anglicanos rezar por él y por la iglesia católica mientras él asegura rezar por ellos. Anticipando los tiempos, admite humildemente los errores de la iglesia católica. Entra en íntima amistad con George Spencer (1799 – 1864), futuro sacerdote pasionista con el nombre de padre Ignacio, hijo del primer Lord del almiranteado, y pastor anglicano, poco ha convertido al catolicismo y lejano tío abuelo de la futura princesa Diana. Su apremio por Inglaterra se difunde y muchos turistas de visita en Roma sienten como obligación ir a visitarlo. El discurso se desliza inevitablemente sobre problemas religiosos y sobre la unidad de la Iglesia, herida por las divisiones. Domingo, en el diálogo y en los escritos, conserva lúcidamente la ortodoxia aunque si no siempre, sus méritos y la rectitud de sus visiones, son inmediatamente reconocidas.

Ya en Inglaterra gasta todas sus energías para la recomposición de la unidad de la Iglesia. Su invencible celo suscita numerosas conversiones. No faltan envidias y contratiempos. De todo se intenta para detener a Domingo; a todo, Domingo, responde con paciencia, tenacidad, oración. “Sólo la voluntad de Dios es mi sostén: estoy aquí porque Dios me ha querido desde toda la eternidad. Puedo decir que los sufrimientos han superado toda expectativa mía. Pero ¿qué debo esperar para el porvenir? Cruces, cruces, cruces. ¿Pero cuáles? No lo sé, ni me preocupo por saberlo”. Algunos jóvenes, un día, le lanzan contra él una piedra. Domingo la recoge, la besa, y se la mete en la bolsa. Los jóvenes quedan sorprendidos; en seguida, se harán católicos. Son frecuentes las conversiones de los protestantes. Domingo acoge también la confesión y la abjuración del futuro cardenal John Henry Newman considerado “el papa de los protestantes, su gran oráculo, el hombre más docto que se encuentra en Inglaterra”. Su ejemplo es seguido por otros profesores de Oxford: más de otras 300 personalidades del clero y del laicado anglosajón pasan a la Iglesia católica. De Domingo todos admiran la doctrina segura, la atrayente personalidad “compuesta, dicen, de cuanto hay de humilde y sublime en la naturaleza humana”. Es llamado “niño por su simplicidad y león por su inteligencia”. Su apostolado va acompañado de hechos prodigiosos que lo hacen más fructífero. Con él, el mundo anglicano respira el perfume de una nueva primavera. Con él, la Congregación de los Pasionistas echa profundas raíces más allá de la manga.

Por la iglesia anglicana Domingo ofrece todo: estudio, lágrimas, oraciones, la vida misma. Lo había escrito en la carta a los profesores de Oxford: “Díganme, queridísimos hermanos, qué sacrificio que yo pueda ofrecer para ustedes: y yo con la ayuda de Dios, espero poder ofrecerlo. Tal vez Dios me conceda dar mi vida por su salvación… entre tanto, mientras no me es concedido derramar la sangre, me sea dado, por lo menos, derramar lágrimas”. Así describe las horas precedentes a su partida para Inglaterra: “Yo me acuerdo que ofrecí mi vida, declarándome dispuesto a morir sumergido en el mar, antes de tocar Inglaterra, con tal que esta isla vuelva al seno de la Iglesia católica”. La voz común, comprendida la iglesia protestante, lo aclama santo en vida y en muerte. El Papa Pablo VI en 1963, durante el Concilio ecuménico vaticano II, lo declara beato y lo saluda alegremente “apóstol de la unidad”.

lunes, 24 de agosto de 2009

Agenda IFTIM, septiembre


25, martes, agosto.............Consejo Estudiantil y representantes de cada comunidad



15, martes...........................Torneo Deportivo

Fiesta de la Independencia

16, miércoles......................FESTIVO: Aniversario Independencia (suspensión de actividades)

25, viernes.........................Consejo Superior

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