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Estudiantes de Teología de los Misioneros Pasionistas, Provincia de Cristo Rey (REG). Hijos de San Pablo de la Cruz.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Día 14 de septiembre, Fiesta: La Exaltación de la Santa Cruz



LA VIDA ETERNA


En la Cruz de Jesucristo Dios nos manifiesta su amor. Las palabras, del Evangelio según san Juan, que meditamos hoy brevemente, siguiendo la Liturgia de la Santa Misa para este día, son un comentario de Nuestro Señor a Nicodemo, hablándole de la vida que quiere Dios para los hombres, y que Jesús nos conseguiría con su muerte y resurrección.
También nosotros, a pesar de nuestros defectos, de nuestros egoísmos, somos capaces de dar cosas buenas a quienes amamos. Por los que queremos con todo el corazón somos capaces de cualquier esfuerzo. Estamos dispuestos también –si fuera preciso– a sacrificar lo más apetecible con tal de ayudar, proteger, consolar o favorecer de alguna forma a los que amamos. La medida de nuestro esfuerzo desinteresado es la medida de nuestro amor. De hecho, es habitual escuchar, como argumento definitivo y prueba de la autenticidad y grandeza de un cariño, el conjunto de las renuncias soportadas por él o, dicho positivamente, la cantidad y calidad de los bienes que se han entregado para favorecer a quien amamos. Así, pues, cuando queremos de verdad, aunque nos enriquecemos verdaderamente –y mucho– amando, es indudable que padecemos también una cierta pérdida. Es el sacrificio que, de buena gana, hacemos al amar.
En Dios no puede darse mengua alguna. Dios a nada renuncia cuando ama a los hombres, y nos sana y enriquece más de lo que puede hacerlo el mejor bien de la tierra. Siendo Dios el Amor mismo subsistente e infinito, no es concebible en Él la privación. El dolor que acompaña siempre al amor humano –"la piedra de toque del amor es el dolor", se suele afirmar– es una manifestación más de nuestra finitud y precariedad. No pocas veces, ese dolor unido a nuestro amor, es la triste consecuencia de la humana miseria, pues es imprescindible romper con los apegos de la concupiscencia, de la comodidad, del orgullo, del capricho..., de paso que vamos purificando nuestros afectos y los dirigimos a quienes conviene y según conviene, para agradar a Dios. Amamos a los demás entre el dolor y la renuncia que nos suponen el desapego de nuestros caprichos, para poder ocuparnos de ellos.
En otros momentos insistirá Jesucristo en la necesidad de seguirle con nuestra cruz de cada día, si queremos ser de los suyos. Que el cristiano –el de Cristo– debe llevar una vida exigente –de cruz–, es algo muy sabido por todos, no solamente por los hijos de la Iglesia. Pero en las palabras de san Juan que hoy consideramos, Jesús nos habla de su Cruz, que es una Cruz de amor: de amor por los hombres. Los bienes que nos engrandecen a partir de esa Cruz, que es su Pasión en el Calvario, son innumerables. Todas las virtudes hechas vida en Jesús, saltan a la vista para quienes contemplan con algún detenimiento las tremendas escenas de su crucifixión y muerte. Hasta el fin de los tiempos quedan ahí –fielmente reflejadas en el Evangelio– para nuestro ejemplo. Y nos enriquecemos, humana y sobrenaturalmente de ellas, si tratamos de imitarlas y las pedimos con humildad a Quien más nos quiere.
Podemos afirmar, sin duda, que Jesús sobre el Calvario, siendo como siempre perfecto Dios y hombre perfecto, se muestra, sin embargo, más que nunca, en su humanidad y en su divinidad. Situémonos de modo ideal junto a Cristo paciente, marchando con la Cruz y ya en la cumbre del Gólgota, para sentir la medida de lo que falta aún a nuestra perfección. Parece necesario entender algo más –aunque no podamos comprender del todo– la conducta y sentimientos de Jesucristo para llegar a valorar la Vida Eterna, el inigualable tesoro que nos ha ganado con su muerte. Según recuerda el propio Jesús: así debe ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga Vida Eterna en Él. La Vida abundante, de la que nos hablaba otras veces, nos corresponde por su Cruz y es para una existencia eterna en Él.
Es la manifestación final del divino amor por los hombres. Un amor que quiso la entrega del Hijo, para que nos mereciera la reparación del pecado. Un amor sobreabundante, que nos convierte en hijos de Dios, coherederos con Cristo, en la expresión del Apóstol. Por los sacramentos, y de modo singular por la Eucaristía, nos hacemos partícipes de los méritos del mismo Jesús muriendo en la Cruz. Este es el sentido de la venida al mundo del Hijo de Dios: hacernos participar en su misma Vida Eterna. Debemos, por tanto, desechar otros pensamientos menos rectos y demasiado frecuentes por desgracia, acerca la vida que Dios espera de nuestra vida cristiana. Para algunos, en efecto, el cristianismo consiste, más que nada, en un conjunto de preceptos o condiciones de vida que debemos guardar. El cristiano que así piensa lleva, en la práctica, una existencia a impulsos del temor: por miedo a las penas que caerán sobre él si se aparta de los mandamientos.
Se trata, desde luego, de una visión deformada –monstruosa– del mensaje salvador y, en consecuencia, de Jesucristo, que nos lo ha mostrado. El mismo Jesús manifiesta, según acabamos de recordar con las palabras que nos transmite san Juan, que Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. Concretamente, en su Cruz no vemos afán de revancha o rencor, ni odio, ni falta de esperanza o de paz; por el contrario, allí brilla el perdón, el interés por los demás hasta su último instante; una paz inmensa en la tarea bien concluida, absoluta confianza en Dios y en su Bienaventuranza, y, sobre todo, mucho amor, manifestado en la entrega total.
Celebramos, pues, esa Cruz en el día de hoy. Y damos gracias a Dios, a través de Santa María, su Madre y Madre nuestra, porque nuestras penas y dolores –unidos a la Cruz de Cristo– pueden ser ocasión de alegría infinita y eterna, por voluntad de Dios.

Día 15 de septiembre: LA VIRGEN DOLOROSA



Evangelio: Lc 2, 33-35


Su padre y su madre estaban admirados por las cosas que se decían de él.Simeón los bendijo y le dijo a María, su madre: —Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción –y a tu misma alma la traspasará una espada–, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones.


Por el sufrimiento a la felicidad

Recordamos sobradamente la escena común en el pueblo elegido: era preciso acudir con todo primogénito recién nacido al Templo de Jerusalén. San Lucas recoge en su evangelio algunas circunstancias del viaje y de la estancia de María y José con el Niño en el Templo. Son, por ejemplo, las palabras de Simeón a María –cuando se encontraban en la casa de Dios– las que nos sirven hoy para nuestra meditación.
Las proféticas palabras del anciano, tan ricas en contenido, que han sido repetidamente comentadas, como un lugar común, por los autores espirituales de todos los tiempos, sirvieron también a Juan Pablo II, siendo todavía cardenal Wojtyla, como hilo conductor de unos ejercicios espirituales que predicó al Pontífice Pablo VI, en el mes de marzo de 1976. El libro "Signo de contradicción", que recoge aquellas meditaciones, se recomienda muy vivamente.
Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel. Advierte el Espíritu Santo, por boca de Simeón, que la suerte de un gran número de personas dependerá de la actitud de cada uno ante Aquél que María tenía en sus brazos. En efecto, a la luz del Evangelio que proclamaría Jesucristo –aún de pocos días cuando se pronunciaban esas palabras–, queda muy claro que su mensaje y su misma persona, son decisivas para los hombres. Las palabras del ancianotodos todos PSOE se lecosta la base de firmas no pueden ser más tajantes: ruina o resurrección. Según sea la actitud para con Jesucristo de cada persona, conseguirá su propia ruina o su resurrección gloriosa.
Si intentamos ser consecuentes con nuestra fe queramos tengamos mucho interés en que no caigan en el olvido estas pocas palabras, tan claras y tan decisivas, para que nuestra existencia terrena y eterna. A partir de este convencimiento –imprescindible–, se adopta toda una actitud en la vida y, más en concreto, frente al Señor, frente a lo divino. El cristiano de verdad, es muy consciente de serlo. Su religión y su Dios no configuran, desde luego, un aspecto más de su personalidad: uno entre tantos. Es propiamente lo radical, lo que mantiene y vivifica todo el resto, por importante que de suyo parezca; lo que dota a lo demás de su sentido y dignidad. Es también la razón de ser de su existencia. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? Las palabras de Jesucristo confirman que lo decisivo no es, ni mucho menos, un triunfo meramente a lo humano: habiendo conseguido "todo" en la vida se puede ser, en realidad, un fracasado.
Ruina y resurrección... y para signo de contradicción. Es decir, la vida y enseñanza de Cristo y su misma persona no dejarían indiferentes a los hombres, vaticina Simeón; y lo comprobamos tal vez ens nuestro tiempo con especial evidencia. La realidad es que a Jesús de Nazaret –Hijo de Dios hecho hombre– o se le sigue con pasión o se le desprecia. Esa fría y pretendidamente serena indiferencia, que algunos manifiestan frente a lo cristiano, es en realidad una franca oposición a Dios: no reconociéndolo como fundamento y sentido de cuanto existe, lo colocan muy por debajo de otros que, aceptándolo como Dios, Señor del mundo, por debilidad o fragilidad humana, no saben ser coherentes con una doctrina que reconocen como divina y, en el fondo, reverencian. En el origen de aquellas otras actitudes, resulta fácil descubrir, en bastantes ocasiones, un ateísmo práctico inconfesado: no estar dispuesto a que haya un Dios por encima.
No podemos olvidar que celebramos hoy la memoria de Nuestra Señora, Virgen de los Dolores. Para el estímulo nuestro, nos insiste de nuevo Iglesia el día siguiente a la celebración de la Exaltación de la Santa Cruz, es preciso asumir el dolor. No debemos retraernos del seguimiento de Cristo por el dolor que comporta ir tras sus pasos. Como no podía ser menos, María, su Madre, máximamente unida al Hijo, identificada con la voluntad de Dios, participó como nadie del sufrimiento. Simeón se lo había anunciado: y a tu misma alma la traspasará una espada. Una espada de dolor que, desde los pocos días del nacimiento de Jesús, María esperaba. ¿Es posible hablar con más propiedad de un sufrimiento asumido libremente por amor? El dolor de nuestra Madre no podía deberse a defecto corporal ni de su espíritu, como sucede en el resto de los hombres. Sin embargo, María sufre como nadie, porque ama como nadie. Le hace sufrir la humanidad, apartada de Dios; sufre por su Hijo divino, muchas veces despreciado y perseguido, aunque también fuera aclamado en ocasiones hasta querer hacerlo rey; y, por fin, aquella Pasión tremenda, en la que pudo contemplar con sus propios ojos cómo torturaban al fruto bendito de su vientre. No hay palabras que puedan describir el dolor de María.
Admira la reciedumbre de Santa María: al pie de la Cruz, con el mayor dolor humano —no hay dolor como su dolor—, llena de fortaleza. —Y pídele de esa reciedumbre, para que sepas también estar junto a la Cruz.
No hay dolor como su dolor, afirma san Josemaría. No deberíamos, nosotros, tener miedo al dolor. Por más que parezca que la plenitud del hombre está en gozar de cuanto la imaginación nos sugiere, los cristianos debemos negarnos con tenacidad a esa concepción de la vida, tan extendida y atractiva, pero alejada por completo de los imperativos de la fe. Por más que el hombre se revele, el verdadero amor que nos hace felices no puede depender, en nuestra actual condición, sino del sufrimiento que estamos dispuestos a asumir amando.
Y hoy se nos recuerda que la bendita entre todas las mujeres, la más grandiosa y la más dichosa es la Virgen de los Dolores.

Decálogo para leer con provecho la Biblia

Por monseñor Mario de Gasperín Gasperín, obispo de Querétaro

QUERÉTARO, lunes, 14 septiembre 2009 (ZENIT.org-El Observador).- Con motivo del mes de la Biblia, septiembre, el obispo de Querétaro, monseñor Mario de Gasperín Gasperín, reconocido biblista, ha escrito un "Decálogo para leer con provecho la Biblia", que compartimos a continuación, por considerarlo de interés general.

Decálogo para leer con provecho la Biblia

1. Nunca creer que somos los primeros que han leído la Santa Escritura. Muchos, muchísimos a través de los siglos la han leído, meditado, vivido, transmitido. Los mejores intérpretes de la Biblia son los santos.
2. La Escritura es el libro de la comunidad eclesial. Nuestra lectura, aunque sea a solas, jamás podrá ser en solitario. Para leerla con provecho, hay que insertarse en la gran corriente eclesial que conduce y guía el Espíritu Santo.
3. La Biblia es "Alguien". Por eso se lee y celebra a la vez. La lectura mejor de la Biblia es la que se hace en la Liturgia.
4. El centro de la Santa Escritura es Cristo; por eso, todo debe leerse bajo la mirada de Cristo y cumplido en Cristo. Cristo es la clave interpretativa de la Santa Escritura.
5. Nunca olvidar que en la Biblia encontramos hechos y dichos, obras y palabras íntimamente unidas unas con otras; las palabras anuncian e iluminan los hechos, y los hechos realizan y confirman las palabras.
6. Una manera práctica y provechosa de leer la Escritura es comenzar con los santos Evangelios, seguir con los Hechos y las Cartas e ir entreverando con algún libro del Antiguo Testamento: Génesis, Éxodo, Jueces, Samuel, etcétera... No querer leer el libro del Levítico de corrido, por ejemplo. Los Salmos deben ser el libro de oración de los grupos bíblicos. Los profetas son el "alma del Antiguo Testamento: hay que dedicarles un estudio especial.
7. La Biblia se conquista como la ciudad de Jericó: dándole vueltas. Por eso, es bueno leer los lugares paralelos. Es un método entretenido, pero muy provechoso. Un texto esclarece al otro, según aquello de San Agustín: "El Antiguo Testamento queda patente en el Nuevo y el Nuevo está latente en el Antiguo".
8. La Biblia debe leerse y meditarse con el mismo Espíritu con que fue escrita. El Espíritu Santo es su autor principal y es su principal intérprete. Hay que invocarlo siempre antes de comenzar a leerla y al final, dar gracias.
9. Nunca debe utilizarse la Santa Biblia para criticar y condenar a los demás.
10. Todo texto bíblico tiene un contexto histórico donde se originó y un contexto literario donde se escribió. Un texto bíblico, fuera de su contexto histórico y literario, es un pretexto para manipular la Palabra de Dios. Esto es tomar el nombre de Dios en vano.


+ Mario De Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro

domingo, 13 de septiembre de 2009

Valle de Chalco
























































Valle de Chalco, Edo., México, nueva presencia Pasionista.
Nosotros, estudiantes de teología Pasionita, REG, estamos realizando "nuestro" apostolado en San Martín "La Laguna", mpio. Valle de Chalco, Edo., México.

Les compartimos algunas fotos

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