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Estudiantes de Teología de los Misioneros Pasionistas, Provincia de Cristo Rey (REG). Hijos de San Pablo de la Cruz.

jueves, 8 de octubre de 2009

INOCENCIO CANOURA



Testimonio de sangre

Aquella mañana, la participación personal del sacerdote celebrante al sacrificio de la misa fue verdaderamente existencial. El padre pasionista Inocencio estaba ante el altar y la celebración eucarística estaba en el momento del ofertorio. Precisamente, en aquel instante, se escucharon repetidos golpes siniestros y decididos en la puerta de la iglesia. Eran los revolucionarios. El sacerdote intuyó inmediatamente con claridad qué sucedería: conocía demasiado bien la situación política del momento. Junto a la hostia y el cáliz se ofreció él mismo, pidiendo al Señor la fuerza para el testimonio supremo. El Señor lo escuchó y le concedió la gracia.

Revolución y sangre

De 1931 a 1939 España vive un período tristísimo de su historia. Es una década de sangre y muerte que también registra el martirio de algunos religiosos pasionistas. Alguna brevísima alusión para encuadrar la situación. En 1931, después de la victoria electoral de los republicanos y de los socialistas, en sustitución de la monarquía borbónica, se proclama la segunda república que se muestra inmediatamente hostil a la religión católica y al clero. Emite leyes que conducen a la expulsión de órdenes religiosas, a la destrucción de iglesias. El Papa Pío XI protesta con fuerza pero sin resultado positivo. Después de las elecciones de 1933, se establece un gobierno de derecha que mitiga, aunque poco, la persecución contra la iglesia. Inevitables las iras y las protestas de los partidos de izquierda y de varios sindicatos que se arman y amenazan con la guerra civil. El poder no logra controlar los movimientos revolucionarios: la situación se le esfuma de la mano, sobre todo, en Asturias (España del Norte). Del 5 al 20 de octubre de 1934 hay más de 1300 muertos, cerca de 3 mil heridos, casi mil edificios incendiados entre los cuales 54 iglesias.

En 1936 hay nuevas elecciones con la victoria del Frente popular; queda nombrado presidente el anticlerical Manuel Azana. Después de varios intentos, se proclama y se ostenta la inutilidad de las iglesias prohibiendo cualquier forma de culto externo. Y no son sólo palabras, los edificios sagrados son destruidos, hay asesinatos violentos, los religiosos son abiertamente amenazados. José Calvo Sotelo, líder de la extrema derecha monárquica, el 16 de junio denuncia en el parlamento con estadísticas irrefutables los crímenes de los adversarios políticos. Los contrastes se acentúan y se va decididamente hacia lo peor. El 12 de julio muere asesinado el teniente Castillo, conocido por sus ideas de izquierda; el día siguiente es asesinado Calvo Sotelo. Para poner freno a tanta destrucción Francisco Franco, comenzando con el ejército desplegado en Marruecos, inicia la revuelta militar que se extiende inmediatamente a toda España. Es la guerra civil (1936 – 1939). España se divide en dos bloques: El nacionalista y el rojo. Al final de la guerra civil comienza el gobierno totalitario. En este sucederse de acontecimientos funestos todo aquello que huele a cristianismo es aniquilado y oprimido.

Durante la revolución de Asturias padece el martirio Inocencio Canoura, cuya existencia recibe la luz precisamente en el momento conclusivo de la misma. Pero el martirio no se improvisa. Inocencio se ha preparado con una vida simple y en leal armonía con cuanto a él le pide día a día su vocación. Nace en Santa Cecilia (en la región de Galicia), el 10 de marzo de 1887 de una familia de agricultores. Es bautizado con el nombre de Manuel, que en el noviciado cambiará por el de Inocencio. Conoce a los Pasionistas en las misiones que predican también en su pueblo y pide entrar con ellos. Es acompañado al vecino convento de Mondoñedo pero sólo con la intención de encontrar y hablar con los religiosos. Después se verá... El joven, sin embargo, no quiere regresar a su casa; está tan decidido que es necesario acceder a su petición. Entra así al seminario pasionista de Deusto.

La declaración del párroco sobre el aspirante no puede ser mejor. Dice, en efecto, que Manuel “tiene una irreprensible conducta moral y religiosa, constituyendo una excepción entre los de su clase”. En 1902 lo encontramos en Peñafiel (Valladolid) donde estudia durante dos años; en 1904 está nuevamente en Deusto para el año de noviciado. Durante el noviciado recibe el Sacramento de la Confirmación (se duda de la veracidad de los documentos de los que resulta que la habría recibido el mismo día del bautismo) y el 27 de julio de 1905 emite la profesión religiosa. Se prepara para el sacerdocio estudiando en Corella, Mondoñedo y Mieres. Es ordenado sacerdote en Oviedo el 20 de septiembre de 1913 a los 26 años de edad.

En 1914 enseña filosofía y teología a los jóvenes estudiantes pasionistas en Daimiel y desarrolla, al mismo tiempo, su apostolado alrededor de la casa religiosa. Luego enseñará también literatura en el convento de Corella. Escribirán: “Lo estimaban por la riqueza de sus explicaciones. Admiraban el rigor de sus argumentos. Se sorprendían de su erudición. Pero el padre Inocencio brillaba, sobre todo, por la delicadeza de sus sentimientos. Era un hombre de corazón y este hacía brillar más su inteligencia”. Hasta 1922 está ocupado principalmente en la enseñanza. A partir de este año su actividad principal será la predicación. En 1923 nace en España una nueva provincia religiosa con el título de la Precisísima Sangre. Inocencio es incorporado a esa después de haber ejercido su ministerio en las provincias del Sagrado Corazón de Jesús y de la Sagrada Familia. Así, no sin un designio de la providencia, este mártir trabaja en las tres provincias religiosas pasionistas existentes en tierra española.

En 1924 es destinado a la fundación de Ponferrada. Dos años después está en Mieres, como profesor y misionero. En 1931, nuevamente una transferencia con destino a Santander donde encuentra un ambiente difícil. Señales de la inminente revolución ya ha habido y el horizonte se presenta más negro y amenazador. Inocencio ejerce su apostolado con los obreros; el compromiso no es sin riesgos. Pero él no se desalienta; su trabajo es apreciado. Una revista española escribe: “Es deber resaltar el trabajo de intenso y fecundo apostolado que el padre Inocencio realiza en este populoso cuartel obrero. Trabaja en un ambiente hostil, de concentrado y rabioso sectarismo. Como recompensa para su trabajo lleno de sacrificios no le falta ni siquiera la villanía de las masas”. Un elogio para Inocencio que, escrito antes del martirio, es aún más creíble pues se vería sugerido por la conmoción de una muerte violenta en manos de sus asesinos. Inocencio no hace nada particularmente impresionante: vive, todos los días, fiel a las líneas trazadas por la regla pasionista. Se distingue por una gran devoción a la Virgen y sólo después de su muerte se darán cuenta que, por amor a la penitencia lleva un cilicio con puntas afiladas. Es un religioso “muy caritativo, paciente y comprensivo, siempre dispuesto a cualquier sacrificio cuando se trata de los enfermos. Cuando puede ofrecer un servicio a los religiosos se prodiga más allá de sus fuerzas y de su salud”.

La tumba estaba dispuesta

En el mes de septiembre de 1934 (sólo un mes antes del martirio), Inocencio es trasladado a Mieres, norte de España, en la región de Asturias. En la zona es conocido y estimado, en esta casa religiosa, en efecto, ya ha permanecido anteriormente, dejando un buen recuerdo de sí. Su nueva comunidad comprende 29 religiosos de los cuales 27 son jovencitos estudiantes. La situación política es ya tensa. Se viven horas de preocupación e incertidumbre. Puede suceder de todo, de un momento a otro. En la noche hay siempre algún religioso que vigila por miedo a un asalto al convento. De la calle se oyen con frecuencia amenazas cargadas de odio e insultos que hacen estremecerse: “hermanos, aléjense del convento. Les hacemos cortar el cuello. ¿Por qué estudian? Salgan y huyan lejos para evitar lo peor. Esta vez no la librarán”. La tensión aumenta y los mineros se sublevan contra el gobierno. La rebelión se convierte en tragedia del 5 al 18 de octubre de 1934 cuando 30 mil mineros dominan y aterrorizan la región antes de que las fuerzas del orden puedan retomar el control y restablecer la calma, aunque sea relativa. El convento de Mieres se echará a hierro y fuego por los revoltosos, dos jóvenes estudiantes asesinados, los religiosos obligados a buscar refugio entre los bosques vecinos o junto a valientes familias amigas. Los militantes católicos, los sacerdotes y los religiosos son considerados como exponentes de la derecha clandestina que se opone al régimen social – comunista.

El 4 de octubre, los sacerdotes pasionistas salen para desarrollar los acostumbrados ministerios en las cercanías. Inocencio es enviado a Turón, un centro minero. Se trata de confesar religiosos y alumnos en el colegio de los Hermanos de las Escuelas Cristianas en preparación al primer viernes del mes que es el día siguiente. Después de algunas horas pasadas en el confesionario, Inocencio se prepara a regresar con sus hermanos; le sugieren, sin embargo, no arriesgarse siendo ya tarde; mañana, además, podría confesar aún otro poco y hacer una conferencia a los jóvenes. En la mañana del 5, Inocencio muy pronto comienza la celebración de la misa para los religiosos. Entretanto se esparce la noticia que se ha desatado la revolución. Durante el ofertorio llegan los revolucionarios que tocan la puerta de la iglesia exigiendo las armas “de los fascistas y de la acción católica”. Se abrevia la celebración e Inocencio distribuye la eucaristía a los presentes. Los revoltosos inspeccionan la casa, arrestan a Inocencio y a la comunidad de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, compuesta de 8 religiosos. Los nueve son llevados a la así llamada “casa del pueblo” dirigida por tres revolucionarios y transformada en cárcel debido a las circunstancias. A Inocencio le quitan su hábito pasionista y lo revisten con ropa de civil.

A ellos se les agregan también algunos sacerdotes de Turón, cuatro ingenieros de las minas y algún exponente de la guardia civil. Los revolucionarios, uno de ellos, fue alumno en el colegio, aseguran que no se les hará ningún mal. Los detenidos no se fían de nada: Se dan cuenta que otros encarcelados son llevados fuera y fusilados. Son conscientes de lo que les espera y se preparan a morir. Con serenidad y valor. En el primer día de prisión los religiosos no comen nada. Luego un alma compasiva les lleva algo. Son preciosos algunos testimonios que se ofrecerán en seguida. Dirá uno de los encarcelados: “Dormíamos por tierra. No hubo lamentos. Pasábamos todo el tiempo rezando y muy recogidos. Eran extraordinarios, santos que no habían hecho mal a nadie. Los asesinaron porque eran religiosos”.


La Señora Palmira Sierra que les proporciona alimento no logrará jamás olvidar lo que ve en la prisión. Recordará: “Los encontré siempre tranquilos, humildes, resignados. El Padre Inocencio especialmente me impresionaba. Cuando se le ofrecía de comer, parecía que estuviera recibiendo la santa comunión”. El día 7 de octubre, Inocencio se confiesa con un sacerdote detenido y luego escucha aún una vez más la confesión de los religiosos de las Escuelas Cristianas. “Terminadas las confesiones, afirmará un testigo, manifestaron una alegría celestial. Ya no temían la muerte”.

Un sacerdote que saldrá vivo de la cárcel, pensando en estos momentos tenebrosos y luminosos a la vez, dirá que “la víspera del martirio transcurrió en continua conversación sobre el amor de Dios animándose recíprocamente a sufrir por Cristo… convencidos que habríamos sido asesinados por ser sacerdotes, religiosos, o simplemente católicos”. El 8 de octubre Inocencio lo pasa rezando y escribiendo; le quitarán todo y por lo tanto no se conoce el contenido de sus apuntes. Hacia la una de la mañana del 9 de octubre, Inocencio y los 8 hermanos de las Escuelas Cristianas, son separados por los revolucionarios y conducidos fuera. Aprovechando la complicidad de la oscuridad: el pueblo simple bueno, en efecto, no permitiría jamás el asesinato de los maestros de los propios hijos. Algunos, entre ellos el médico del lugar, han pedido en vano su liberación. Mientras abandonan la cárcel, los sacerdotes que quedaron los consuelan aún una vez más con la absolución: los ven salir, seguros de su suerte y sienten oprimido el corazón. Los religiosos son llevados hacia el cementerio. El capataz del pelotón homicida escribirá: “Sabían a dónde iban y han ido como ovejas al matadero, aún yo - no obstante siendo un hombre duro – me conmoví por su actitud. Caminando y esperando la muerte rezaban en voz baja”.


En el cementerio ya se había preparado una tumba de nueve metros de largo y medio de ancho. El revolucionario Silverio Castañón que, por los delitos cometidos durante aquel período, recibió 8 condenas a muerte, recordará de esta manera los últimos momentos de los religiosos: “Estaban muy recogidos, en oración; confesados hacía poco, estaban dispuestos al sacrificio. Se les pidió si tenían alguna cosa qué decir y respondieron que no: estaban preparados y se podía hacer de ellos lo que se quisiera”. Y en efecto, se hace de ellos lo que se quiere. Condenados sin proceso, sin tribunal. ¿La culpa? Ser religiosos, haber hecho el bien al pueblo, haber enseñado el perdón y el amor. “Habrían sido los mejores maestros del mundo, si no hubieran enseñado el catecismo”, es el comentario de uno de los verdugos. Los religiosos son alineados cerca de la fosa y fusilados bárbaramente. A aquellos que no murieron inmediatamente se les traspasa el cráneo con el tiro de gracia o golpeada la cabeza con la culata del fusil por obra del mismo Silverio o por uno de sus compañeros no menos cruel.

Los cuerpos de los mártires no quedan mucho tiempo en la fosa excavada por el odio y el terror. Los Hermanos de las Escuelas Cristianas (Cirilo, Marciano, Victoriano, Benjamín, Augusto, Benito, Julián, Aniceto), son llevados a su propia casa en Bujedo (Burgos). Inocencio, sin embargo, es llevado a Mieres y sepultado en el cementerio junto a sus hermanos. Juan Pablo II los declara beatos el 29 de abril de 1990.

Día Mundial de la Alimentación (16 de octubre)







Hay 1020 millones de personas con hambre en el mundo

Según las estimaciones de la FAO, en 2009 existen 1.020 millones de personas subnutridas, equivalente a uno en cada seis habitantes del planeta. Como ha señalado el Director General de la FAO, Jacques Diouf, durante el último año se produjo “una mezcla peligrosa de desaceleración económica global combinada con precios alimentarios obstinadamente altos en muchos países, lo que ha empujado a cerca de 105 millones de personas más que el año pasado al hambre crónica y la pobreza”.
Frente a esta situación, la FAO propuso “conseguir la seguridad alimentaria en época de crisis” como lema del Día Mundial de la Alimentación de 2009.

No sería poco si celebrar cada año la jornada mundial de la alimentación diera este resultado: que quienes poseen bienes materiales en abundancia se comprometieran a llevar un tenor de vida razonablemente austero para poder ayudar a quienes no tienen de qué alimentarse. Fieles a la recomendación del Salvador, rezamos cada día la oración que él mismo nos enseñó. Sus peticiones están formuladas en plural: Danos hoy nuestro pan de cada día. El cristiano sabe bien que no puede encerrarse en la actitud egoísta del propio bienestar. Jesucristo enseña a hacerse cargo de las necesidades de los demás. La oración será verdadera si se traduce en un compromiso sincero de solidaridad concreta.
Oremos, pues, para que desde una valoración y respeto por los mismos campesinos y sus culturas, se tomen las medidas adecuadas que nos acerquen al cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio. La Cumbre Mundial sobre la Alimentación en 1996 se propuso reducir a la mitad el hambre en el mundo para el año 2015. La realidad es que hoy hay más gente con hambre -820 millones- que la que había en 1996. Y esta cifra aumenta en cuatro millones cada año (cf. Oración y Servicio, 2008.3).
Fieles a la recomendación del Salvador, rezamos la oración que el Señor nos enseñó. Pedimos al Padre el pan y usamos el plural: danos hoy nuestro pan de cada día. “El Padre nuestro es la oración de los hermanos que, conscientes de que no pueden llegar a Dios por sí solos, confían en poder encontrarlo juntos, viviendo en comunión entre sí. Se nos invita a ver el rostro de Dios en el rostro del prójimo, por el que cada uno ha de interesarse, especialmente cuando es débil y carece del alimento necesario. Jesús mismo dijo: cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis (Mt 25,40)”10. Con esta oración, Jesús nos indica el camino para salir de nuestros egoísmos y a asumir como propias las necesidades de los demás. De ahí que, nuestra oración sea sincera, si se traduce en compromiso sincero de solidaridad concreta y definida.

martes, 6 de octubre de 2009

Cumpleaños del P. Antonio Rosada C.P.
















El día miércoles, 30 de septiembre, el P. Antonio Rosada c.p., cumplió 96 años de edad.

¡¡¡MUCHAS FELICIDADES, P. TONIN!!!

ISIDORO DE LOOR


El hermano de la voluntad de Dios

El 6 de octubre de 1916, a la una de la noche. Courtrai, Bélgica. Un joven pasionista de 35 años está muriendo. Imposibilitado para descansar en la cama, está sentado en una silla. Un hermano le sostiene delicadamente la cabeza con las manos. “Ánimo Isidoro, es hora de ir al cielo”, lo consuela el superior presente con la comunidad. “Oh, sí al hermoso cielo”, repite sereno Isidoro con un hilo de voz. Son sus últimas palabras. Corona así una vida todo amor hacia Dios y hacia el prójimo. Había dicho a los papás: “Yo los he dejado a ustedes para vivir solamente para el Señor y trabajar mucho para la salvación de mi alma, de la vuestra y de aquella de muchos otros”. En su humildad había soñado “un pequeño lugar en el cielo”. Lo ha conseguido. No sólo. Juan Pablo II lo declaró beato el 30 de septiembre de 1984.

“Trabajar me cae maravillosamente bien”


Isidoro De Loor nace en Vrasene (Bélgica, Flandes oriental) el 18 de abril 1881 de una familia de campesinos; después de él nacerán Frans y Estefanía. “sus padres son estimados por la piedad, la rectitud moral, la conducta irreprensible”. Isidoro recibe la primera comunión a los 12 años y a los 13 el sacramento de la Confirmación. Es el muchacho más ejemplar que yo haya conocido en nuestro alrededor” afirma un anciano del pueblo. Terminada la escuela a los 12 años, se dedica completamente a ayudar al padre en la granja y en los campos: un trabajo que Isidoro ama sinceramente. Allí se siente a sus anchas. Más tarde, incluso, en el convento se sentirá realizado al trabajar la tierra. Escribirá: “trabajar y plantar en la huerta me cae maravillosamente bien”. La campiña le favorece la oración o lo pone en contacto con el Creador. Frecuenta también la escuela vespertina de agricultura para aprender nuevos métodos de trabajo y producción. En la estación invernal trabaja con un tío empresario edil dedicado a la pavimentación de las calles. Este trabajo, sin embargo, no despierta sus simpatías, porque lo obliga a estar más días lejos de la casa. Pero para ayudar a la familia se entrega igualmente con diligencia.

Como cristiano es cuestión de envidiarlo en todo. El voluntariado cristiano en la iglesia debe aún nacer, pero Isidoro recorre los tiempos anticipadamente. El domingo dos misas, catecismo a los niños en las parroquias de Vrasene y Saint Pilles, recita vísperas, bendición eucarística y mucha oración. Desde los 16 años hasta la entrada en el convento es un “catequista ejemplar” diligente y querido. Canta en el coro de la parroquia. Está inscrito en la “Pía unión para el Vía crucis semanal”. Es fiel a esta práctica encontrándole alegría y alimento espiritual. Será su devoción preferida incluso en el convento. La pasión de Jesús ejerce en él una atracción particular y no se cansa jamás de meditarla. En la contemplación del Crucificado obtendrá para toda la vida consuelo y fuerza. En la familia cada tarde todos rezan juntos durante una hora. Isidoro comulga cada domingo, y si puede también con más frecuencia. Es un joven fuerte, emprendedor y social. Pero está atentísimo al elegir a los amigos. Desde el convento exhortará insistentemente a Frans y Estefanía a huir de las malas compañías. Está atento y sensible a las necesidades de los pobres, dispuesto a ofrecer su ayuda. Alguna muchacha piensa en un posible matrimonio con Isidoro, pero él tiene totalmente otro proyecto en la cabeza y, sobretodo, en el corazón.

Está, en efecto, madurando la decisión de ser religioso. Pide consejo a un misionero redentorista que, viéndolo particularmente devoto de la pasión de Jesús lo orienta a la Congregación de los Pasionistas. Lo presenta él mismo al provincial como un “óptimo” joven. En abril de 1907 a los 26 años Isidoro entra en el noviciado de Ere como religioso hermano. Particularmente aficionado a la familia, sufre mucho al partir. Lo escribirá más tarde desde el convento: “Una prueba que me ha parecido pesada fue aquella de dejarlos a ustedes que me son muy queridos y con quienes estaré muy unido. Pero con la ayuda de Dios he podido superarla”. La mamá, besándolo por última vez, le dice: “Hijo mío, si no te encuentras a gusto, regresa a casa”. “Mamá, responde Isidoro, esto no sucederá jamás”. El joven conservará un afecto extraordinario por los familiares. Los tendrá siempre presentes en sus oraciones y será siempre solícito de su bien espiritual.

Se adapta a la nueva vida con alegría y entusiasmo, incluso, si debe asumir sacrificios imprevistos, “muchas penitencias y actos de humildad”. Pronto conoce al maestro, el padre Sebastián de Beugher, religioso amante de la Congregación, hombre exigente, a veces inflexible, que lo pone repetidamente a prueba. Los demás novicios son todos mucho más jóvenes que él; pero esto no le causa grandes problemas. Con serenidad afronta y supera el problema del idioma: en el convento, en efecto, se habla francés, y el sabe sólo el flamenco. Aquello que mayormente lo sorprende es la comunión existente entre los religiosos. Escribe pronto a la casa: “Aquí somos todos iguales, desde el superior al más pequeño; todos a una misma mesa, a una misma oración, a un mismo descanso, a una misma recreación. Todos juntos al trabajo, según la condición de cada uno. Aquí se hace recíproco servicio”.

El 8 de septiembre de 1907 viste el hábito pasionista. El 13 de septiembre de 1908 emite la profesión religiosa. Ahora, más que nunca, siente fuerte el compromiso de tender a la santidad. Vive con amor la espiritualidad típica del religioso hermano. Su vida: oración y trabajo, o mejor, es toda oración con una dimensión apostólica. Está acostumbrado desde la familia a ser apóstol, continua a serlo también en el convento. “cumple todo para la gloria de Dios, escribe, yo colaboro a la conversión de los pecadores y a difundir la devoción a la pasión de Jesús y los dolores de María… mientras los sacerdotes van a predicar, nosotros los hermanos trabajamos por la comunidad; incluso, el trabajo más insignificante se hace meritorio por Dios y nuestra salvación. No anhelo ni deseo otra cosa que sacrificarme enteramente por la salvación de las almas”. Para este fin ofrece al Señor oraciones, sacrificios, trabajo. Y de trabajo y sacrificios está llena su jornada. “No tengo tiempo para ponerme a soñar, precisa. No pido más que tener mucho trabajo”.

Sirve a los hermanos realizando los trabajos de casa pero con el corazón siempre fijo en Dios. Cuida la huerta y el jardín; atiende los animales domésticos; ejerce el oficio de cocinero, panadero, portero y algunas veces también aquel de colector. “El trabajo, dice bromeando, me hace bien. Así cuando viene el diablo y me encuentra ocupado se convence que no tiene nada que esperar de mí… y no le queda otra cosa que irse”. Jamás un lamento. Se atrae la estima y simpatía por la virtud sincera y serena, por la dedicación generosa y constante, por la presencia humilde y silenciosa, por la gran paciencia en soportar, aún, el difícil carácter de algún superior que a veces se pasa más allá de la raya. En la comunidad es un elemento valioso. Aún viviendo en la condición de hermano “tiene un gran ascendiente y su ejemplo arrastra a los otros en el camino de la observancia y del deber; su virtud es atrayente. Sabe reír de corazón durante la recreación; sabe tomar parte en la alegría común. Los superiores pueden tener en él la más completa confianza. Es un tesoro en la comunidad”. Una verdadera mamá, así como quería que fuesen los religiosos hermanos el fundador de los Pasionistas.

“Soy extraordinariamente feliz”

Escribiendo a los familiares (únicamente a ellos están dirigidas sus cartas), Isidoro no falta jamás en dar útiles consejos, afectuosamente interesado de su vida cotidiana y espiritual. Preciosas las 36 cartas que nos abren fragmentos de su mundo interior. Expresa en ellas la alegría por la vida pasionista, la gratitud por el don de la vocación, el deseo de propagar la devoción a la pasión de Jesús. Hay toda una sabiduría de su corazón. La escritura es límpida, el estilo simple, los conceptos claros.

Busca ávidamente la voluntad de Dios; se abandona como un niño en brazos de la mamá. Sobre ella teje la propia jornada, con ella y en ella encuentra paz y serenidad. Es su programa de vida expresado claramente en la víspera de los votos religiosos. “Yo estoy por hacer mi profesión únicamente para cumplir la voluntad de Dios”. Esta búsqueda apasionada es la actitud que mayormente lo conecta con el fundador que recomendaba la “total transformación en el divino beneplácito”. Lo llaman “el hermano bueno… el hermano de la voluntad de Dios… la encarnación de la regla pasionista”. La suya no es aceptación pasiva, sino adhesión responsable y gozosa. En 1910 es improvisamente trasladado a Wezembeek – Oppem. Después de un primer momento de comprensible turbación, de lo que no hace misterio, escribiendo a los familiares, inmediatamente añade: “Me vino a la mente el pensamiento que Dios quería así por medio de los superiores. A este pensamiento no he podido esconder mi alegría”. La voluntad de Dios es su alimento, riqueza y apoyo. Ama la pobreza profesada: se confía totalmente a la providencia de Dios que provee a los pajaritos del cielo y que viste los lirios del campo. “No poseo muchas cosas, escribe, tengo sólo un crucifijo, un rosario, un cortaplumas, un lápiz…pero no sé cómo hacerme entender la gran alegría que me llena viéndome libre de todo, porque mi corazón ama sólo a Jesús”.

En junio de 1911, por un carcinoma se le extirpa el ojo derecho. Admirable su fortaleza. “Este hombre debe ser un santo”, comentan los médicos. Ya en la visita antes de la intervención, el doctor se había maravillado mucho que Isidoro hubiera podido soportar sin alguna queja aquel “continuo martirio”. Recordando la intervención Isidoro escribirá a los familiares:”Me he confesado y en la santa comunión he ofrecido a Dios mi ojo por la expiación de mis pecados, por vuestro bien espiritual y temporal y según muchas otras intenciones. Me he abandonado ágilmente en la voluntad de Dios sin entristecerme”. Todavía dirá: “Con mi ojo de vidrio continuo a no ver nada. En el espíritu, soy extraordinariamente feliz y contento por mi estado… si veo solamente a medias las cosas buenas, veo solamente a medias también las malas”. Después de pocos días está de nuevo en la cocina en su puesto de trabajo. La comunidad, entre religiosos y seminaristas a veces pasa las cien personas. Isidoro piensa en todo y a todos realizando una mole de trabajo que otros juzgan imposible.

El doctor había advertido que probablemente el mal habría degenerado en cáncer en el intestino con consecuencias fatales. El superior, tal vez, imprudentemente y con modales no muy delicados comunica la triste prospectiva a Isidoro. Un testigo anota que “el santo religioso recibe este anuncio con su serenidad acostumbrada. Simple, lleno de bondad, diligente y puntual, continua a cumplir, como antes, todas las incumbencias que los superiores le confían. Acepta esta realidad con un total abandono y con una calma perfecta. No vive sino para Dios y su querida congregación”. Por la congregación, escribe Isidoro “quiero soportar los más grandes sacrificios, sacrificar incluso mi vida, si es necesario”.

En agosto de 1912 de Wezembeek es trasladado a Courtrai donde permanecerá hasta la muerte. Realiza el acostumbrado trabajo en la cocina hasta el año siguiente cuando le asignan el oficio de portero. Lo recordarán siempre humilde, solícito, delicado, pronto a susurrar una palabra de aliento y de consuelo. Él, que ya está viviendo la propia muerte. Las tristes previsiones del médico, en efecto, se confirman, por desgracia, verdaderas. Isidoro se siente siempre más débil; no pierde, sin embargo, la paz, aunque si está perdiendo la vida. El doctor diagnostica una pleuritis e Isidoro sufre cuatro dolorosas intervenciones. Todo sin embargo depende del cáncer que le está destruyendo el intestino y que lo está llevando a la muerte. Isidoro es consciente de aquello que le espera. “Si Dios ha dispuesto así, es su actitud, me someto a Él sin lamentarme ni gemir… Todo lo que él quiere… Debemos hacer en todo su voluntad”. Por mí solo, dice, no podría soportar este sufrimiento, pero con el Señor está bien… Debemos aceptar nuestros sufrimientos en unión con Jesús que es para nosotros ejemplar de abandono a la voluntad del Padre”.

El cáncer, ya difundido en todo el cuerpo, no le deja un momento de descanso procurándole fortísimos dolores: Isidoro pide sólo que lo ayuden a rezar, a recitar el Ave María, a hacer el agradecimiento después de la comunión. En octubre de 1916 llega al término de su jornada terrena. Se está en lo vivo de la guerra mundial: los alemanes han invadido a su Bélgica, han llegado a Courtrai y han inspeccionado parte del convento para acomodarlo como hospital de campo. De la familia sólo el hermano Frans puede ir a visitarlo. Pero es una visita muy breve: las autoridades alemanas le conceden apenas 6 días. “Cuando llegó el momento de regresar, recordará Frans, lloramos los dos juntos… de mala gana pude separarme de sus brazos”. A Frans, el superior entrega una carta para los papás, en la que entre otras cosas se lee: “Les llamo afortunados por haber recibido de Dios un hijo tan bueno y tan santo. Nosotros, pues, nos consideramos privilegiados de tener este santo hermano. Él Será nuestro intercesor ante el Señor”.

Isidoro es sepultado sencilla y pobremente. Es más, sin funerales, ya que el convento está en plena zona de guerra. Sus hermanos no tienen ni siquiera el permiso de acompañarlo al cementerio situado más allá del alambrado que rodea la ciudad. Lo acompañan con el corazón, encomendándose a sus oraciones. No se maravillarán viendo en seguida crecer la fama de su santidad. Isidoro, el humilde y silencioso hermano pasionista, se convertirá en una de las figuras más populares y amadas de Bélgica.

domingo, 4 de octubre de 2009

SER HUMANO: POÉTICO Y PROSAICO

Uno de los más inspirados poetas alemanes, Friedrich Höderlin (1770-1843), dijo lo siguiente: «El ser humano habita poéticamente la Tierra». Este pensamiento lo completó luego un pensador francés, Edgar Morin: «El ser humano habita también prosaicamente la Tierra».
Poesía y prosa además de ser géneros literarios, expresan dos modos existenciales de ser.

La poesía supone la creación que hace que la persona se sienta tomada por una fuerza mayor que le trae conexiones inusitadas, iluminaciones nuevas, rumbos nuevos. Bajo la fuerza de la creación la persona canta, sale de la rutina y asume caminos diferentes. Surge entonces el chamán que se esconde en cada persona, esa disposición que nos hace sintonizar con las energías del universo, que capta el pulsar del corazón del otro, de la naturaleza y de Dios mismo. Por esta capacidad se descubren nuevos sentidos de lo real.

«Habitar poéticamente la Tierra» significa sentirla como algo vivo, evocativo, grandioso y mágico. La Tierra es paisajes, colores, olores, fascinación y misterio. ¿Cómo no extasiarse ante la majestad de la selva amazónica, con sus árboles cual manos tendidas hacia lo alto, con la maraña de sus lianas y enredaderas, con los sutiles matices de sus verdes, rojos y amarillos, con los trinos de las aves y la profusión de sus frutos? ¿Cómo no quedarse boquiabierto ante la inmensidad de las aguas que penetran lentamente en la espesura y descienden mansamente hasta el océano? ¿Cómo no sentirse lleno de temor reverencial al caminar horas y horas por la selva virgen? ¿Cómo no sentirse pequeño, perdido, un bichito insignificante ante su incalculable biodiversidad?
Habitamos poéticamente el mundo cuando sentimos en la piel el frescor suave de la mañana, cuando padecemos bajo la canícula del sol de mediodía, cuando nos serenamos al atardecer, cuando nos invade el misterio de la oscuridad de la noche. Nos estremecemos, vibramos, nos llenamos de ternura y nos extasiamos ante la Tierra en su inagotable vitalidad, y al encontrarnos con la persona amada. Entonces vivimos el modo de ser poético.

Lamentablemente son ciegos y sordos y víctimas de la lobotomía del paradigma positivista moderno quienes ven la Tierra simplemente como un laboratorio de elementos físico-químicos, como un conglomerado inconexo de cosas yuxtapuestas. No, ella está viva, es nuestra Madre.
También habitamos la Tierra prosaicamente. La prosa recoge la cotidianidad y el día a día gris, hecho de tensiones familiares y sociales, como los horarios y los deberes profesionales, con discretas alegrías y tristezas disimuladas. Pero lo prosaico también esconde valores inestimables. Se descubren tras una larga estancia en un hospital, o cuando regresamos presurosos después de pasar penosos meses fuera de casa. Nada más suave que el sereno transcurrir de los horarios y de los quehaceres domésticos y profesionales. Nos da la sensación de una navegación tranquila por el mar de la vida.

Poesía y prosa conviven y se alternan de tiempo en tiempo. Tenemos que velar por lo poético y lo prosaico de nuestras vidas, pues ambos se complementan y ambos están amenazados de banalización.

La cultura de masas ha desnaturalizado lo poético. El ocio, que sería el momento de ruptura de lo prosaico, ha sido aprisionado por la cultura del entretenimiento que incita al exceso, al consumo de alcohol, de drogas y de sexo. Es una vivencia poética, pero domesticada, sin éxtasis; un disfrute sin encantamiento.

Lo prosaico ha sido trasformado en simple lucha darviniana por la supervivencia, extenuando a las personas con trabajos monótonos, sin esperanza de gozar del merecido ocio. Y cuando éste llega, resultan rehenes de quienes han pensado todo por ellas, organizan sus viajes y les fabrican experiencias inolvidables. Y lo consiguen. Pero como todo es artificialmente inducido, el efecto final es un doloroso vacío existencial. Y entonces les dan antidepresivos.

Saber vivir con levedad lo prosaico y con entusiasmo lo poético es indicativo de una vida plenamente humana.


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