Datos personales

Mi foto
Estudiantes de Teología de los Misioneros Pasionistas, Provincia de Cristo Rey (REG). Hijos de San Pablo de la Cruz.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Grimoaldo de Santa María


El cordelero menguado

El nombre parece reclamar la figura austera y rígida de un antiguo anacoreta del desierto y no aquella de un simpático joven de nuestro tiempo. No está entre los más comunes y tal vez ni siquiera los más hermosos. Probablemente se tendrá dificultad para recordarlo inmediatamente. Pero en cuanto a simpatía, no necesita pedir préstamos y no tiene que envidiar nada a nadie. Y así la lengua y la memoria llegan, después que el corazón ya ha hecho una plenitud de afecto. Porque a Grimualdo es imposible no quererle. Es imposible no quedar cautivados por su fascinación imponente, por su angelical transparencia y por su jovial frescura. Se le encuentra y hay inmediatamente devoción.

La vida transcurre como el agua. ¿Y luego?...

Entre los pasionistas elige el nombre de Grimualdo (y con este pasará a la historia); Pero en el Bautismo, recibido el día después del nacimiento, lo llaman Fernando. El papá Pedro Pablo Santamaría y la mamá Cecilia Rucio, ambos cristianos fervorosos, trabajan como cordeleros en pontecorvo (Frosinone). Les llega cáñamo grueso que, con manos expertas, transforman en cordeles de diferentes dimensiones revendidas luego en los mercados de los pueblos vecinos. En Pontecorvo, Fernando, primogénito de cinco hijos, nace el 4 de mayo de 1883. El bautismo, pues, después de un día de vida y, extraño pero verídico, el Sacramento de la Confirmación a los 5 meses. Se lo administra el conciudadano monseñor Gaetano Luis Masella, luego cardenal, en su capilla privada. El pequeño, ayudado también por el ejemplo del papá y particularmente de la buena madre Cecilia, crece sano y bien. En 1890 inicia la escuela elemental. Recibe la primera comunión apenas a los 8 años. Es tan bueno, piensa el párroco, ¿por qué hacerlo esperar como sus contemporáneos que son admitidos a los 10 o 12 años?

La iglesia es su lugar preferido, frecuentado asiduamente y particularmente amado. Ayuda en el altar como monaguillo diligentemente y transportado. Si no puede ir, por exigencias del trabajo, no logra detener el llanto. Pero cuando está en la iglesia no hay nada que lo distraiga. De rodillas, ante la estatua de la Inmaculada, parece también él una pequeña estatua: inmóvil con las manos juntas, cualquier cosa suceda. El viejo sacristán tiene las lágrimas en los ojos y se encanta al mirarlo. Al párroco se le ensancha el corazón cuando piensa en el futuro de aquel niño.

Es verdad que el papá Pedro Pablo lo imagina y quiere que sea cordelero, pero don Vicente Romano intuye que no podrá ser así: Fernando que está siempre en la iglesia como si fuese atraído por un imán, que tiene una gran pasión para ayudar la misa, que está siempre presente en el coro parroquial para cantar con su bella voz, no será jamás cordelero; aquel niño que entre los primeros ha dado su nombre a la asociación de la Inmaculada convirtiéndose en uno de los mejores inscritos tiene clara otra vocación. Y ve bien don Vicente. Él desde hace tiempo se ha dado cuenta que el muchacho permanece por largo tiempo en una silenciosa y absorta contemplación. Por lo tanto se maravilla más cuando un día corren jadeantes a decirle haber visto a Fernando, el hijo del cordelero, absorto en éxtasis delante de la imagen de la Virgen.

Es un niño. Reservado sí, pero no aislado. Humilde pero no falto de iniciativa. Bueno, pero quiere que también los otros lo sepan. A la mamá confía que él reza por los jóvenes malos “para que se hagan buenos”. Con frecuencia enseña el catecismo a los compañeros. Con la familia Santamaría vive también la vieja tía Checca, devota ciertamente pero de poca iglesia. El sobrino de vez en cuando le recuerda que “está bien trabajar y rezar en casa, pero es necesario ir también a la iglesia para escuchar la misa”. Y luego la penitencia. Fernando tiene un sorprendente deseo: juega con granos de maíz o con piedritas bajo las rodillas, elige la comida menos sabrosa, con frecuencia ayuda totalmente, busca mortificaciones dignas de un ermitaño. Repite continuamente que él ha nacido para hacer penitencia. En la familia saben que, a veces, pasa parte de la noche velando y rezando. Dirá un testigo: “Deseaba seguir a Jesús en sus sufrimientos”.

La vida austera de los Pasionistas del vecino santuario de la Virgen de las Gracias, que él frecuentaba siempre constante, parece hecha precisamente para él. Y lo dice abiertamente. Pero el papá lo empuja hacia el trabajo de cordelero. Fernando es el primogénito y debe, pues, continuar el trabajo que hoy es de su padre y que ayer fue de su abuelo. Trata de distraerlo también con severos castigos por aquello que, según él, es un capricho de adolescente. ¿Los castigos aunque rigurosos no sirven? Veamos con otros sistemas, se dice (a sí mismo) el papá Pedro Pablo: le compraré un caballo y una carreta, lo enviaré a ferias y mercados a vender cordeles, hará dinero y la idea del convento se le borrará de la cabeza. La propuesta es agradable, pero cuando Fernando la oye mira el río que está allí a dos pasos y le indica al papá diciendo: “la vida pasa como el agua…y nuestros días se van veloces… ¿y luego?”

Sí. ¿Y luego?... repite Pedro Pablo. Mirándose por dentro, se da cuenta que alguna convicción sobre el futuro del hijo, le está sacudiendo. Pero no logra, sin embargo, rendirse definitivamente. ¿Qué cosa no ha hecho y qué cosa debe, aún, hacer para realizar su proyecto? Aquel bendito hijo desenvuelve bien y rápido el trabajo de ayudante – cordelero para dedicar más tiempo a la oración. En la mañana, para no despertar a los familiares, baja a pies descalzos hasta la puerta de la casa y luego corre veloz a escuchar la misa. Ni siquiera en las perezosas y frías mañanas de invierno, cuando el frío clava a todos en casa, Fernando no falta a la cita con el Señor. Una tarde el muchacho, regresando a casa de la función, encuentra la puerta de la casa ya cerrada, y está obligado a dormir en una cercana. Repensando en tanta severidad Pedro Pablo siente un nudo en la garganta y tiene ganas de llorar. También él, pues, comienza a entender aquello que la buena madre Cecilia, ha intuido desde hace tiempo. Ella se sorprende siempre más frecuentemente al contemplar a su hijo Fernando como sacerdote y misionero. Le parece soñar y por la emoción tiembla todo de estupor materno.

El muchacho tiene dieciséis años: sabe aquello que quiere. Ha, pues, anticipado el estudio de latín, gramática y retórica porque está más que siempre decidido a seguir su caminito. Ha sido su maestro don Antonio Roscia que de joven ha intentado la vida del convento; por enfermedad ha sido obligado a regresar con la familia pero ha mantenido admiración y simpatía por los pasionistas. Fernando ha estudiado aún de noche a la luz de una vela; y con un curso acelerado de pocos meses ha recuperado casi tres años de estudio. Ha superado las inevitables y fáciles ironías de los compañeros que no logran entender su extraña decisión. Y accede también el papá, que en el fondo, es bueno como un pedazo de pan aunque si a veces, ha sido muy severo de lo permitido. “Nuestro muchacho, confía a Cecilia, no quiere ser cordelero; su interés es solo para la iglesia”. Será él quien lo acompañe hasta la estación de Aquino para darle la última bendición y el último beso.

Fernando se vuelve más alegre y expansivo, la alegría incontenible está presente en su rostro. Dirá uno de sus mejores amigos: “Al encontrarlo y viéndolo todo transformado, le pregunté qué cosa sucedía y el me dijo que deseaba hacerse pasionista”. Parte, “con alegría”. Advierte a los escépticos de turno: “Yo me voy y no regresaré jamás”. Tras de sí deja el ejemplo de un muchacho silencioso, modesto e irreprensible. En casa recordarán que sólo una vez ha sido desobediente: Invitado a ir a llamar al papá a la fonda extrañamente presentó dificultad. A la mamá, maravillada, había respondido que tenía miedo oír blasfemias y esto le hería el corazón. Dirá un testigo: “No había ningún otro muchacho en el pueblo semejante a él”.

Como san Gabriel

El 15 de febrero de 1899 Fernando llega a Paliano (Frosinone) para comenzar allí el año de noviciado. El 5 de marzo de 1899 viste el hábito y toma un nuevo nombre: Grimualdo por devoción hacia el santo protector de Pontecorvo. La vida de novicio, toda soledad, oración y mortificación, le parece hecha precisamente sobre medida: una alegría tan verdadera e intensa jamás ha experimentado antes. Los hermanos más ancianos como compañeros notan en él una dedicación constante a la perfección. Uno de sus compañeros dice que “jamás notó en él defecto alguno” y que “hacía todo de manera heroica, ya que deseaba ser santo”. Emitida la profesión religiosa se traslada a Ceccano, siempre en la provincia de Frosinone. Aquí emprende los estudios de las materias clásicas, seguirá luego el estudio de la filosofía y de la teología para preparare al sacerdocio. A la entrega para la santidad agrega aquel, no menor, para el estudio. Con candor y sinceridad si confía al director espiritual.

Con tenacidad se sumerge en los libros, deseoso de aprender siempre más, para ser un digno sacerdote. En el estudio, los compañeros están más avanzados que él, y tienen una preparación de base más completa y cuidada. La suya, sin embargo, en Pontecorvo ha sido, sin embargo, rápida y con muchas lagunas. Pero Grimualdo no se desanima. Acepta con gratitud la ayuda que algún hermano le ofrece en el campo escolar. Es de admirar en su empeño, tanto que “los profesores lo proponen como ejemplo”. Él vive “siempre sonriente, aún en las humillaciones, en las contrariedades, en las dificultades de los estudios”. Los estudiantes tienen poquísimos contactos con el mundo exterior y viven en la práctica, desconocidos por la gente. Sin embargo, la fama de Grimualdo ha traspasado el recinto de la casa religiosa: las personas que viven en los alrededores del convento han notado su bondad y se encomiendan confiados a su oración. Y, dicen, lo hacen con resultados positivos. Las oraciones de Grimualdo obtienen los favores suplicados

A los papás, que vienen a visitarlo junto con la hermana Vicentina, muestra toda su alegría por la vocación religiosa y todo su reconocimiento por la educación recibida en la familia. El joven es un “coloso de salud”: robusto, bien proporcionado, alto 1,75 m. Ninguno puede sospechar aquello que está por suceder. El 31 de octubre de 1902, durante un paseo posmeridiano en los alrededores del convento, Grimualdo advierte improvisos y punzantes dolores de cabeza con vértigos y desordenes de la vista. Regresa y se mete en la cama. El día siguiente, fiesta de todos los santos, participa en la celebración de la misa y recibe devotamente la eucaristía. Pero permaneciendo el mal se mete nuevamente en la cama y se llama al doctor. El diagnóstico es cruel y desplaza cualquier esperanza: meningitis aguda, a la que se añadía también alguna complicación. En los días de la enfermedad el joven revela aún más el deseo de la santidad y su amor a Dios. Y la recamara del enfermo se convierte en una escuela de virtudes.

Grimualdo, en efecto, difunde aquella paciencia de la que ha dado siempre prueba admirable y con frecuencia repite que acepta la enfermedad como voluntad de Dios; suplica a los compañeros que lo ayuden con la oración para no perder la paciencia y el valor para abrazar la cruz. Con una alegría que le brilla sobre el rostro se declara: “contentísimo de hacer la voluntad de Dios. En los últimos momentos de la vida su rostro se convierte esplendoroso como el sol, sus ojos se fijan en un punto de la recamara”. Se apaga en el atardecer del sol “calmado, sereno y tranquilo, como niño que dulcemente reposa entre los brazos de su madre”. Es el 18 de noviembre de 1902. Grimualdo tiene solamente 19 años, 6 meses, 14 días. Los religiosos se dan ánimo “convencidos de que se pierde un hermano pero se adquiere un santo”. Los papás no están presentes en su muerte: Grimualdo se les aparecerá consolándolos. Vivirán serenos; contentos de haber tenido un hijo así. A él se dirigirán rezándole en sus necesidades.

El joven estudiante “aquel que era tan bueno”, es sepultado en el cementero local. Pero no permanecerá para siempre. En octubre de 1962 es exhumado y los restos mortales son colocados en la iglesia del convento de Ceccano. Después de 60 años en la bolsa de su hábito, reducido ya a pedazos, encuentran un pedacito de tela junto con una hoja con la inscripción: “hábito del venerable Gabriel de la Dolorosa”; una reliquia que el joven ha llevado devotamente consigo. Grimualdo, durante la vida, ha mirado con particular afecto a Gabriel, se ha alimentado con su ejemplo. De él escribirán: “Este ángel ha sido un perfecto imitador de nuestro venerable Gabriel, tiernísimo devoto de la Virgen, de exquisita pureza de intención, de continuo e íntimo trato con Dios; dócil e maleable como la cera en las manos de los superiores”. Como cuarenta años antes había sucedido a Gabriel también en Grimualdo alaban “aquel manifestarse cauto y prudente al tener en grande las pequeñas cosas en las que descansa la santidad del religioso; aquel encontrar sus delicias en estar delante de Jesús sacramentado donde de vez en cuando pasaba horas enteras; aquel mostrarse tan fervoroso en la recitación de las alabanzas divinas”.

Para quien pretenda medir todo con la medida de la eficiencia, de la apariencia y de lo llamativo, Grimualdo no ha hecho nada que sea particularmente digno de admiración. Pero para quien mira las cosas con la óptica de la fe ha cultivado lo esencial: Abrasador anhelo de santidad, ardiente sed de Dios. Totalmente entregado en las cosas de cada día, celebra el don de la vida y la gracia de la vocación sobre el altar de la vida ordinaria. Suave y sereno asombra por el amor al recogimiento, el gusto por la oración aún la contemplativa, la práctica de la penitencia, el amor a Jesús Crucificado, la filial devoción a la Virgen inmaculada. Maravilla a todos por la simplicidad de los pequeños y la asombrosa constancia de los fuertes. Parece poco. Sin embargo, es todo. Muchas y crecientes son las gracias atribuidas por su intercesión. Los enfermos de tumores parecen ser sus predilectos. También en Estados Unidos, donde viven algunos de sus parientes, Grimualdo, es amado y venerado y hace sentir su celeste protección. Fue declarado venerable el 14 de mayo de 1991 y beato el 29 de enero de 1995.

Grimualdo: el nombre no es de los más comunes. Y, tal vez, ni siquiera entre los más hermosos. Pero ya es familiar y querido. Es el nombre de un joven fuerte y generoso propuesto como modelo. Y el cordelero menguado, que deba hacerse santo, ya ha unido a sí numerosos corazones.

Eugenio Bossilkov


Sangre sobre el Danubio

Estaba seguro. En la patria lo esperaban un dolorosa vía crucis y la condena a muerte. Inútiles fueron las sugerencias de permanecer en Italia. “Yo soy el pastor de mi rebaño, repetía. No debo abandonarlo”. En Roma la víspera de su partida, saludando a la comunidad, se encomienda a las oraciones de cada uno. Todos entendieron que aquello era el adiós definitivo. Algún día antes lo habían visto rezar ante la imagen de la Virgen de Santa María la Mayor. “He pedido la gracia del martirio”, había confiado a un hermano. Y así monseñor Eugenio Bossilkov, el primero de octubre de 1948 regresó a Bulgaria entre sus fieles. Para animar y defender. Fiel a su tarea de pastor hasta el don de la vida. Víctima del terror estalinista.

“Permanezco fiel al Papa”

Había nacido entre humildes campesinos el 16 de noviembre de 1900 en Belene sobre la ribera del Danubio. Siendo niño había arriesgado ahogarse resbalando durante un juego. La maña Beatriz suspirando hacia el cielo había prometido donarlo al Señor. Y el pequeño fue salvado por milagro. A los 13 años, es acompañado por la mamá misma al seminario pasionista de Oresch donde comienza aquel camino que lo llevará lejos. Niño vivaz, amante de la broma, estudia en Russe y sucesivamente en Bélgica y en Holanda. Transcurre el año de noviciado en Ere donde el 29 de abril de 1920 emite la profesión religiosa. Ha, entre tanto, cambiado el nombre del bautismo, Vicente, por aquel de Eugenio. Completa los estudios teológicos en Bulgaria donde es ordenado sacerdote el 25 de julio de 1926. Después de la ordenación sacerdotal es enviado a Roma para especializarse en ciencias eclesiásticas orientales. Frecuenta el Pontificio Instituto oriental de 1927 a 1932 laureándose con la tesis “La unión de Bulgaria con la iglesia romana en la segunda mitad del siglo XIII”.

Regresado a la Patria el obispo de Nicópolis, Monseñor Damian Teelen, pasionista, lo solicita como secretario y lo nombra también párroco de la catedral de Russe. Pero Eugenio dura poco. Siente la vocación al apostolado directo que prefiere al trabajo de oficina. Es enviado, pues, como párroco a Bardarski – Gheran, en el corazón de planicie danubiana. Entre la gente se siente a su gusto. Se da a entender por los simples. Pero, hombre de cultura amplia, no hace mala figura con los doctos. En las disputas con los ateos es sutil, profundo, apremiante en las argumentaciones. En el diálogo con los ortodoxos anticipa el espíritu ecuménico del Concilio Vaticano II. “Sacerdote transparente como el cristal”, es respetado y amado por todos, porque él, por primero, ama y respeta a todos. “Es una persona extraordinaria por la cultura y por la fe, comprensiva… yo lo estimo muchísimo”, dice un funcionario estatal. Su casa está abierta siempre y para todos. “No teman distraerme, asegura él; estoy aquí para servir al prójimo”. Durante la segunda guerra mundial en la ocupación alemana, salva la vida a miles de hebreos. Algunos de estos, pasados al comunismo, serán sus perseguidores. Se hace famoso en toda Bulgaria.

Muchos lo llaman simplemente el doctor Bossilkov por su cultura. Tiene dos doctorados, habla 13 idiomas, colabora con apreciadísimos artículos en el periódico católico “Istina” (La Verdad), es óptimo apologista, y uno de los mejores oradores de Bulgaria. Célebres sus discursos, algunos aún a nivel nacional como aquel de 1938 sostenido en Sofía para conmemorar el 250 aniversario de la insurrección católica contra los turcos: aplaudido y apasionado discurso publicado en todos los periódicos búlgaros. Sobre los jóvenes ejerce un particular ascendiente. Con ellos canta, juega football, organiza excursiones y batidas de cacería. Pero es también un hombre de oración. Escribe: “Me levanto cada mañana a las 4:30; estoy en oración hasta las 7:30”. Tiene una gran devoción a la Virgen. Su parroquia se convierte en un centro propulsor de la devoción mariana que se extiende a toda la diócesis. Como obispo ante algunas dificultades de los misioneros al realizar fatigosas iniciativas, responderá: “Con la Virgen todo se puede”.

Con la ocupación alemana de 1940 y sobre todo, con la venida del régimen comunista en 1944, la actividad pastoral de la iglesia católica en Bulgaria sufre una fuerte limitación. En 1946 muere improvisamente el obispo de Nicópolis, Monseñor Damián Telen. A sucederle es llamado Eugenio, primero como administrador apostólico y luego como obispo. Es consagrado el 7 de octubre en la catedral de Russe donde había sido ordenado sacerdote. Es el primer obispo de la diócesis de nacionalidad Búlgara. Es el hombre justo: culto, prudente, valiente. Para poner un alto a la propaganda marxista, organiza inmediatamente una misión popular a la que toma parte él mismo exponiéndose en primera persona. Está siempre en medio de su pueblo exhortándolo a la fidelidad a Cristo. Será esta predicación uno de los puntos de acusa en el futuro proceso contra él.

En 1948 obtiene como por milagro el permiso de ir al exterior. Parte en los primeros días de julio. Pasa por Holanda para saludar a las dos ancianas bienhechoras que lo han adoptado cuando tenía todavía 14 años, y finalizando agosto llega a Roma. El 17 de septiembre es recibido con largo y afectuoso diálogo por el papa Pío XII. El primero de octubre regresa a Bulgaria donde la situación se hace siempre más crítica; la persecución contra la iglesia católica es ya sistemática. Abolidas las fiestas religiosas; confiscados los bienes eclesiásticos; inspeccionados los seminarios; cerradas las escuelas católicas porque, dicen, no están a la altura del clima progresista; son expulsados los sacerdotes extranjeros. Es suprimida la delegación apostólica. Peligroso acudir al templo. Clero y fieles vigilados. Monseñor Eugenio Bossilkov, obligado a escribir en clave, llama “ángeles custodios” a sus espías, y él se firma “Pedrito”. El drama vive bajo la inocencia de las palabras. Continúa valientemente las visitas pastorales en la diócesis, acogido siempre con entusiasmo. “No tengamos miedo, asegura el Obispo. En cuanto a mí, no dudo un momento y me preparo para lo peor”. Su Calvario ya ha comenzado. Pero, escribe al superior general, “yo y mis hermanos estamos contentos por encontrarnos en el lugar preferido por un hijo de San Pablo de la Cruz”.

El régimen trabaja para separar la iglesia católica de Roma y crear una nacional. A los obispos se les pide el juramento de fidelidad al gobierno. Monseñor Bossilkov es una columna de la iglesia búlgara: el más joven y dinámico de los obispos, el más influyente. Es puesto en la mira. Si cede él, para el gobierno todo será más fácil. Se le ofrece ser la cabeza de la iglesia nacional con todos los privilegios. Opone un enérgico rechazo y un renovado juramento de fidelidad al papa. No le es difícil imaginar las consecuencias. “Si tiene que venir lo peor, escribe, que venga! Tengo el valor de vivir; espero tenerlo también para sufrir lo peor permaneciendo fiel a Cristo, al papa y a la iglesia… Estoy dispuesto a dar la vida por la fe”. Mientras se desencadena esta tormenta introduce, además, la “fiesta del papa” y escribe valientemente: “El gobierno hace grandes esfuerzos para separar el clero y los fieles del santo padre, pero nosotros permanecemos firmes y estamos dispuestos a sacrificar nuestra vida. Expreso al santo padre mi filial afecto y mi firme adhesión”. Apenas elegido obispo había escrito a los fieles: “No callaré”. Y mantiene el compromiso. La gracia del martirio implorada a la Virgen toma aspectos cada vez más claros.

El cesto regresa lleno

Los Pasionistas abren la misión de Bulgaria en 1781 sólo seis años después de la muerte del fundador. Salidos de Roma llegan, después de nueve meses de un atormentado viaje. Los pocos católicos presentes viven oprimidos por los Turcos. Los misioneros comienzan el trabajo entre dificultades de toda clase. La independencia de la dominación turca acaecida en 1878, abre nuevo horizontes y permite vislumbrar un porvenir mejor. Se registra un inesperado florecer de vocaciones y de vida cristiana. Con la invasión por parte de Rusia el 9 de septiembre de 1944 el cielo nuevamente se oscurece y en el horizonte relampaguean inmediatamente siniestros resplandores de muerte. El pequeño partido comunista búlgaro subido al poder con el apoyo determinante de Rusia, mata a más de 138 mil ciudadanos instaurando un clima de terror. En una cuarentena de devastadora persecución sutil y feroz la presencia de los Pasionistas será reducida a los mínimos términos. Los últimos religiosos, privados de todos, serán obligados a vivir como en el tiempo de las catacumbas. Bulgaria es la única nación del pacto de Varsovia a permanecer incondicionalmente fiel a Moscú mientras todos los otros estados miembros conocerán desgarraduras más o menos profundas.

En este lúgubre escenario, monseñor Bossilkov, celebra su glorioso martirio. Fue arrestado el 16 de julio de 1952 en la casa de campaña cerca de Sofía donde se trasladó por un breve período de descanso. La policía irrumpe a las 5:30 de la mañana, inspección por todas partes buscando armas y trasmisores aún en el tabernáculo. Es acusado de ser espía del Vaticano y de guiar una conjura contra el estado. Evidentemente no encuentran nada. Una tarjeta de felicitaciones proveniente de Holanda escrita tal vez por hermanos pasionistas les quita de la turbación. Bajo el protocolo de arresto escriben haber encontrado “correspondencia extranjera”. Monseñor Bossilkov bendice a los hermanas que están con él y las invita a no llorar. Es llevado fuera y recluido en las cárceles de Sofía. Hasta el 26 de septiembre no se tiene noticia alguna.

El 29 de septiembre se abre el proceso. Cuando el imputado aparece los familiares y parientes se sienten que la sangre se les congela. Dios mío, a qué está reducido! Delgado y desvanecido. Una larva. Irreconocible. En la cárcel es obligado a dormir sobre el desnudo cemento, ha sufrido torturas “diabólicas”, insultos de cualquier especie, privaciones de alimento y de sueño, extenuantes interrogatorios. Sobre la camisa adosada en prisión están aún visibles espeluznantes señales de golpes y malos tratos. Para hacerlo ceder se teje una hábil telaraña de blandura y amenazas, promesas y presiones. Inútilmente. Se busca cualquier acusador con promesa de “justa” recompensa. Con sofisticados medios se trata aún de debilitar la psique para que se acuse a sí mismo de crímenes jamás cometidos. Monseñor Bossilkov, consciente de ir ante estos humillantes sistemas indignos del hombre, había varias veces advertido de no creer a eventuales declaraciones suyas de culpabilidad.
En el proceso conserva una serenidad desconcertante. Un testigo ocular recuerda que “dominaba a todos con sus respuestas y ponía en enredo a los jueces”. Perdona a sus acusadores, defiende a más no poder a sus sacerdotes y a sus fieles; hace todo lo posible para que no sea arrestado monseñor Romanoff enfermo ya del corazón. Durante un breve encuentro con los familiares habla de los malos tratos sufridos pero asegura a todos haber permanecido fiel al papa. En la oscuridad de la cárcel ha oído los gritos de un sacerdote mientras era torturado. “Si no hablar, se le dijo, también tú habrás de morir así”. Él recomienda a los familiares: “Recen por mí para que sea digno del martirio”. Está preocupado por sus fieles, teme que se les engañe. Por esto repite: “Díganles que he sido fiel… que no he traicionado”.

No hay motivos para condenarlo. Pero no importa. No son necesarios. La sentencia ya ha sido pronunciada. Es un homicidio premeditado. Muchos jóvenes y algunos funcionarios del estado, valientemente, lo defienden arriesgando su persona. Estudiantes de derecho y algunos juristas presentes en el proceso no ven algún pretexto para condenarlo. Un militante comunista lo define: “uno de los chivos expiatorios del régimen comunista”. Está presente en el proceso y afirma que ninguna de las acusaciones tiene fundamento. El 3 de octubre el obispo es condenado a ser fusilado con el cargo de subversión y espionaje a favor del Vaticano y por lo tanto enemigo del pueblo. Monseñor Bossilkov recibe sereno la sentencia. Para defenderlo y rebatir la sentencia intervienen Pío XII, el cardenal de Milan, beato Ildefonso Schuster, el canciller alemán Konrad Adenaer, el presidente de los Estados Unidos, Harry Truman, el futuro papa Paolo VI, el secretario de las Naciones Unidas.

Después de la condena a muerte se le permite a los familiares visitarlo por brevísimo tiempo. Monseñor Bossilkov tiene una cadena en un pie y en un brazo. Tenía 1,63m de estatura; ahora parece aún más pequeño. Se arrastra impedido de moverse. Pero está espléndidamente sereno. Le dicen que si quiere pedir el perdón para él. Responde, transformado su rostro: “No, estoy revestido de la gracia de Dios. El Señor me ha concedido la gracia de morir mártir. Muero voluntariamente por la fe. Me da pena por ustedes, pero la Virgen no los abandonará. Si quisiera podría estar libre y tener todas las comodidades posibles. Salúdenme a todos y díganles que no he traicionado ni a la iglesia, ni al papa y que he defendido a mis sacerdotes”.

En espera de la ejecución los condenados viven aislados en una celda. Se sale una sola vez al día. Por el frío corredor se oye entonces un cansado y gélido estridor de cadenas. Cuando de una de las celdas hay sólo silencio significa que la sentencia ya ha sido ejecutada. Sor Gabriela, la sobrina del obispo, cada semana lleva al tío un poco de comida en un cestito. El cestito regresa con una pequeña hoja de papel sobre la cual está una cruz y la inconfundible firma abreviada. (+ Ebr. Que en latín significa: Eug.) Es la señal que el obispo está aún vivo. Un día el cestito regresa lleno. Sor Gabriel comprende y detiene la respiración. Monseñor Eugenio Bossilkov ha sido fusilado la noche del 11 de noviembre de 1952 a las 23:30 hrs. Las autoridades esperan más de 20 años antes de dar la noticia oficial. Un obispo mártir es más peligroso que un obispo vivo…

El papa Pío XII, dijo un día a los Pasionistas: “Si lograran sólo conservar esta misión en Bulgaria, ella será la perla más preciosa en la corona de vuestra congregación”. Monseñor Bossilkov, mártir, muy próximo beato, ha añadido mayor fulgor a esta corona. Se está verificando cuanto él escribió poco antes de morir: “Las huellas de nuestra sangre son garantía para un espléndido futuro de la iglesia en Bulgaria”.

Pío Campidelli


Ofrecer la vida


“¡Ánimo mamá! Nos veremos en el paraíso”. La mamá Filomena, sin embargo, lloró aún más abundante. Al llanto de dolor se añadía el llanto del consuelo. Aquel hijo había aprendido lo que ella le había transmitido con la leche materna: el paraíso es la única realidad por la que vale la pena vivir y morir. Se dejaron así con esta cita. Él, sostenido por algunos hermanos compasivos, subió las escaleras del convento para consumar su holocausto. Ella retomó el camino a la casa con las hijas Adela y Teresa llevándose por dentro la imagen del hijo ya marcado por la muerte pero con los ojos todavía dulces como cuando lo contemplaba teniéndolo entre brazos.

Una flor brotada en el campo

Mamá Filomena se reencontró en casa con los otros cuatro hijos en quien pensar y con mucho trabajo. Tiempo para estar en ocio no lo tenía en verdad. Pero el corazón y la mente estaban a distancia de 10 km. En el santuario de la Virgen de Casale donde su “Luisito” (jamás se había acostumbrado a llamarlo Pío), estaba corriendo hacia el paraíso. Los signos evidentes de la tisis no dejaban dudas o esperanzas: el paraíso para él estaba, precisamente, a la vuelta de la esquina. Y volvía a ver como en un film la vida del hijo. Una secuencia veloz y brevísima. Apenas a los 21 años volados de prisa. Rápidos como un suspiro. Veámosla también nosotros.

José Campidelli y Filomena Belpani se casaron hace casi 8 años en la pequeña iglesia de san Martín de los Molinos. Vinieron a vivir entre el verde de los campos en Trebbio di Poggio Berni en la tierra de Rímini. José, en efecto, ha conseguido conducir, a medias, una granja cercana al río Marecchia. La casa colonial está rodeada por una cadena de colinas sobre las que cuelgan los pueblos de Verucchio, Torrina y Poggio Berni. La soledad con frecuencia está llena con los cantos de los campesinos que llegan para moler en el antiguo molino. El silencio no raramente es herido por sus blasfemias. En la casa con José vive también el hermano Miguel. Hombre de carácter bizarro, no desdeña un buen vaso de vino. Su hablar supera a veces los límites del más colorido lenguaje de los campesinos de la romaña. En los documentos será, con frecuencia, señalado como “el tío Bertoldo”. Pero también él, cuando mira a los sobrinos se enternece y siente temblores de insospechada dulzura. Pío, habiendo entrado en el convento, lo recordará con afecto en sus oraciones. Sonreirá satisfecho cuando le digan que finalmente “el tío Bertoldo” ha dejado de blasfemar.

En la casa Campidelli no falta nada de lo indispensable, pero no hay nada superfluo. El duro y diligente trabajo de los campos permite vivir dignamente. Aquello que reina en abundancia es el sentido del deber y una perseverante oración. Una envidiable paz familiar es el natural corolario. José y Filomena, respetuosos de la ley del Señor, son cristianos como pocos. En esta familia, ya han nacido Atilio en 1861, Emilia en 1864 (una primera Emilia murió a los 18 meses). Ahora, estamos en 1869, se espera el cuarto hijo, el niño nace el 29 de abril y es bautizado el mismo día con el nombre de Luis (pero en la casa, para todos, es Luisito). Habiendo ingresado con los Pasionistas se llamará Pío. Por la avanzada primavera la campaña circundante es pues un alborozo de colores y de perfume. Pero la flor más hermosa ha brotado en la casa Campidelli recibido con emoción y gratitud como un regalo de Dios. Si el papá José y la mamá Filomena pudiesen lejanamente imaginar qué cosa será de ese niño, se les escaparía ciertamente alguna lágrima… nacerán en seguida otras dos hermanitas, Teresa y Adela.

A los cinco años recibe el Sacramento de la Confirmación (es la costumbre del tiempo), a los diez la primera comunión. A los seis años una dolorosa experiencia: el papá José muere de tifo dejando en el llanto a la familia. Filomena saca fuerza de la fe, toma entre manos la situación y por los hijos encarna la dulzura materna y la seguridad del padre. Sobre todo Luisito está atento a sus enseñanzas. Asimila todo mostrando una inclinación particular por la oración, un horror hacia todo aquello que es mal, una vivacidad increíble en percibir y vivir la presencia de Dios. Da ternura sorprenderlo quitando las piedras del camino que lleva al molino. Los “malos”, explica, no deben tener ocasión para blasfemar. Y sólo la palabra blasfemia lo hace estremecerse todo. Enseña incluso catecismo. Ha colgado de un árbol una campanita con la que llama a la lección a los niños y niñas de los alrededores. En Trebbio frecuenta, primero la escuela informal abierta por el capellán don Ángel Bertozzi que enseña además nociones de latín, pasa en seguida a la escuela publica. Crece delgado y, aún queriéndolo, por el duro trabajo de los campos no puede ofrecer una ayuda apreciable.

Se le ve rezar largo tiempo con gusto y una conciencia que bien supera la edad. La mamá es la depositaria estupefacta de la riqueza interior de Luisito. Grande en consejos y atenciones se da cuenta que el hijo vuela siempre más alto y es siempre más difícil ir tras de él. Pide ayuda al hermano sacerdote don Felipe y concluyen: Dios está trabajando en el corazón del niño que responde maravillosamente bien. La hermana Emilia recuerda que “reza en particular por el papá, por los muertos y por los parientes”. El hermano Atilio nota que “además de ir a la iglesia cada día se recorre sus cinco kilómetros de camino incluso con los zapatos que le hacen daño”. Hay, además, quien se queja porque “está siempre en la iglesia, o en casa haciendo altarcitos”. La madrina de bautismo sentencia: “Parece nacido para el paraíso” Los compañeros se burlan de su andar humilde y reservado: “Luisito, así te haces jorobado”; él responde con una sonrisa. A la mamá le dicen: “Ha sido doloroso perder a su marido, pero el Señor la recompensará con este hijo”. La profesora, la señorita María Amati, lo ve “atento, respetuoso, obediente. Recuerdo muy bien - agrega - la figura civil, delicada, palidita. No me da jamás ocasión para reprocharle, es más, debería alabarlo. Se ve en la cara que es un angelito”.

Los Pasionistas, desde hace dos años en el santuario vecino de la Virgen de Casale juanto al Santo Arcángel, (Rimini) en 1880 llegaron misionar, incluso, en Poggio Berni y Torriana. Luisito tiene doce años. Corre a escucharlos junto con la mamá; queda fascinado, ve claro que aquella es su vida. “Te quiero pasionista” siente en su interior. Responde con entusiasmo. El superior, al que confía inmediatamente su deseo, lo mira con agrado, pero le advierte su edad: “Eres demasiado pequeño; debes esperar por lo menos hasta los 14 años”. Y luego, pero no se lo dice, deja alguna duda su salud, por lo delgado que es. Podría ir al seminario, le sugieren. Pero él sabe lo que quiere. “Sacerdote sí, precisa; pero diocesano no. Los diocesanos viven en el mundo con mucha responsabilidad y peligros. Los religiosos, en cambio, en sus conventos están siempre con Dios y tienen muchos medios para salvarse”. El 2 de mayo de 1882 parte para el convento. “Todos nosotros junto con la mamá lloramos, sólo él estaba alegre, reía y decía: Por mi no deben llorar; yo estoy verdaderamente contento”, afirmará la hermana Teresa. Parte porque en el corazón le quema un gran deseo: hacerse sacerdote y misionero pasionista, hacerse santo. Tiene sólo 14 años y la decisión puede parecer más grande que él. Sin embargo…

Más allá de las apariencias

Viste el hábito religioso el 27 de mayo de 1882. En enero del 1883 el noviciado es trasladado a San Eutiquio de Soriano en Cimino cerca de Viterbo. Aquí, Pío vivirá seis meses, los únicos lejos de su Romaña. El 24 de julio, en efecto, regresa a Casale para los estudios de filosofía y teología en preparación al sacerdocio. Emite los votos el 30 de abril de 1884 al cumplir los 16 años de edad, como lo piden las normas del tiempo. La comunidad, admitiéndolo unánime a la profesión, nota su “singular modestia, la exactitud en el obedecer sin réplica a las ordenes, incluso, mínimas de los superiores, la compostura exterior, muy seguro del recogimiento interno”. El maestro conserva un hermoso recuerdo. Algún año después se le oirá decir: “Bueno, ¿se han acabado los novicios pasionistas? Aquí ya no hay más novicios. Pío sí era un verdadero novicio: bueno, humilde, obediente, recogido, hacía verdadera oración. Si no imitan a Pío, no seréis verdaderos novicios”. Pío, pues, corre hacia el sacerdocio con una vida hecha de oración y de estudio. Para la gente que frecuenta el santuario es el “santito de Casale”.

El 17 de diciembre de 1887 en la catedral de Rimini recibe la tonsura y las ordenes menores. El camino hacia el sacerdocio continua con extraordinario empeño de Pío bajo la mirada de la Virgen de Casale, por él perdidamente amada. Todo parece ir a pedir de boca. Los superiores acarician los proyectos y los sueños más bellos y tienen todos los motivos: Pío ofrece las más amplias garantías. La alegría es su clima habitual. La santidad es aquello que le está más en el corazón. Improvisamente, sin embargo, al principio del invierno de 1888 aparecen los primeros síntomas de la tuberculosis, la enfermedad del siglo.

Pío no sanará jamás. Pero no se pierde. Confía en el Señor. A algún pariente que le sugiere regresar con la familia para atenderse mejor e, incluso, con la promesa de una rica herencia, responde decidido: “No haré ni siquiera por todo el oro del mundo”. A la mamá deja como precioso recuerdo un crucifijo elaborado con sus mismas manos. Los hermanos, mucho más ahora, se dan cuenta que viven con un santo. Él, pues, pasa el tiempo en la cama sumergido durante horas en la contemplación de Dios o cantando a baja voz canciones a la Virgen.

Poco antes de morir el gesto de amor por su tierra, consciente del difícil período histórico que esa está atravesando. Lo oyen decir: “Ofrezco la vida por la iglesia, por el papa, por la congregación, por los pecadores, por mi querida Romaña”. Un gesto que revela una vida donada para siempre. La Romaña la lleva en el corazón y quiere llevarla a Dios. En éxtasis prorrumpe en exclamaciones que dan a entender la altísima mística a él familiar: “Oh, sabiduría infinita de mi Dios! ¡Oh, infinita bondad! ¡Oh misericordia grande, inconmensurable de Dios! ¡Oh, gran verdad! ¡Oh, infinita caridad. Si Dios es amor ¿Cómo es posible ofender un amor tan grande?”.

Alrededor de su lecho están todos los hermanos que acompañan al cielo, con la oración, al más joven religioso de la comunidad. “He ahí a la Virgen que viene”, dice Pío, un instante antes de morir mirando fijamente hacia la pared. Sonriendo. El corazón cesa de batir el 2 de noviembre de 1889 a las 22:30. La Virgen ha venido, en verdad, a tomarlo para llevárselo al paraíso. La cita dada por Pío a la mamá Filomena. Y no solamente a ella… Tiene 21 años, 6 meses, 4 días. Ha sido el primer pasionista de la romaña, el primero en entrar y morir en el convento de Casale, el primero en ser admitido al noviciado en la reconstruida provincia religiosa de la Piedad, después de 15 años de supresión. Será también el primero en subir a los altares. Mejor augurio no podría haber.

Fue sepultado en el vecino cementerio de San Vito. En 1923 se realiza la exhumación de su cuerpo que es trasladado al santuario de Casale. Es un triunfo. Nadie ha olvidado “al hermanito santo”. Las campanas tocan a fiesta. Los restos de Pío fueron colocados junto al altar de la Virgen. El 23 de septiembre de 1944 el ejercito alemán, retirándose, hace explotar minas con un poderoso explosivo colocadas en el santuario: una espantosa detonación y en el cielo un hongo de ceniza muy densa. Casi 350 años de historia sepultados en un instante. Se derrumban el ábside, el pasadizo con la cúpula, parte de la anexa casa religiosa. En el lugar del campanario encuentran una tumba grande y profunda. Las campañas reducidas a fragmentos dispersos por aquí y por allá sobre un vastísimo radio. El fresco con la imagen de la Virgen será encontrado entre las ruinas después de un año. En pie queda, milagrosamente ileso, el monumentito con la imagen y los restos de Pío. En 1969 encontrarán decorosa y digna colocación en el nuevo santuario.

El 17 de noviembre de 1985 Juan Pablo II con una ceremonia transmitida por mundo visión, lo declara beato. Es el año internacional de la juventud. El joven Pío es propuesto a todos, particularmente a los jóvenes, como modelo de generosidad, de amor a las pequeñas cosas, de vida interior plenamente satisfactoria. El santuario de la Virgen de Casale se convierte así, incluso, en el santuario del beato Pío.

Una vida, aquella de Pío, hecha en apariencia de nada. Ya, la apariencia. Acostumbrados al lucimiento y a lo sensacional se queda uno satisfecho con la fachada. Más allá no se sabe ir: se encontraría uno desorientado y perdido. Analfabetas ante un poema. Y la vida de Pío es todo un poema de simplicidad e interioridad. Una página escrita apegandonos al vocabulario de la vida cotidiana; un himno cantado con notas a la medida de todos. Pequeño campesino, grácil como un fideo, joven estudiante escondido en el negro del hábito pasionista. Conoce poquísima gente; poquísimos saben su nombre. Una vida, se diría, monótona y gris sin sobresaltos y sin acentos. Una existencia sepultada en un silencio jamás quebrado por el fragor de gestos clamorosos. Un camino recorrido sin golpes de rodillas para hacerse largo y salir al descubierto. Una vida, en síntesis, que nuestros cánones no logran encuadrar y mucho menos celebrar. Pío ha tejido el bordado de su santidad con los hilos de gestos usuales llenándolos de amor. Gestos repetidos, pero siempre nuevos porque construidos sobre la juventud eterna de Dios.

Pío vive lo extraordinario de una vida ordinaria: todo lo llena de Dios y todo lo lleva a Dios. Y lo hace con empeño tenaz. Sin desviaciones y condescendencias, sin evasiones y arrepentimientos. Todo lo acepta con alegría, todo lo vive con serenidad, todo lo ofrece con amor. Incluso la vida. El sufrimiento le trunca la existencia pero no le quita la paz y ni siquiera le ofusca la sonrisa. La muerte prematura no le borra el recuerdo. Se maravilla siempre más ante la aventura límpida y extraordinaria de este joven que vivió “como ángel” y murió ofreciendo la vida.

Seguidores