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Estudiantes de Teología de los Misioneros Pasionistas, Provincia de Cristo Rey (REG). Hijos de San Pablo de la Cruz.

martes, 13 de abril de 2010

San Gabriel de la Dolorosa


SAN GABRIEL DE LA DOLOROSA
EL BAILARÍN ROMPECORAZONES

Y pensar que en la casa Possenti no eran pocos. El papá Santos y la mamá Inés habían tenido trece hijos. Alguien, es verdad, había regresado prematuramente al cielo y algún otro vivía lejos por diversas razones. Pero no por esto la casa del gobernador había quedado vacía. Sin embargo “en casa se estaba como muertos sin él”. Las sobrias habitaciones del antiguo palacio adquirían vida solo si estaba él, “Panchito”, de contagiosa alegría y arrebatadora sonrisa. El hermano Miguel ya viejo recordaba así la personal juventud marcada aún por la vivacidad y la alegría del vivaracho “Panchito”.

Joven todo empuje
Noble y numerosa familia aquella de Panchito; los gritos son siempre nuevos y frescos. Una familia sobretodo ejemplar. Panchito ha permanecido hasta los 18 años, después vivió 6 años en convento. Vida breve pero plena, transcurrida de prisa, la de Panchito: para recorrerla parece que nos falta el aliento. Casi imposible estar tras él. “Nos ha ganado el paso” dirá con felicísima expresión el padre Norberto Cassinelli, su director. Vida sonriente e fascinante: al acercarse se descubren horizontes luminosos e ilimitados. Adelante, pues. Sigámosla, aunque sea de un plumazo.

De inmediato las fechas sobresalientes. El primero de marzo de 1838: nace en Asís (Perugia), el décimo primero de trece hijos, del asesor pontifico de la ciudad. Lo bautizaron el mismo día con el nombre del más ilustre de sus paisanos, San Francisco de Asís. Sin embargo, en casa y entre los amigos, siempre lo llamaran “Panchito” y entre los Pasionistas elegirá el nombre de Gabriel. El 27 de febrero de 1862: muere en Isola del Gran Sasso (Teramo). A los 24 densos años. El papá Santos Possenti (Terni 1791 / 1872) se laureó en Roma, ejerce funciones de gobernador, delegado y asesor del estado pontificio en 27 ciudades esparcidas en las Marcas, en el Lazio y en Umbría. La mamá Inés Frisciotti es una noble mujer, dulce y santa. Se casaron en Civitanova Marcas (Macerata), pueblo natal de ella, el 13 de mayo de 1823. Del matrimonio nacen trece hijos: dos mueren apenas nacidos, dos a tierna edad, cuatro (y entre estos Gabriel) en plena juventud.

En 1841 Santos es nombrado asesor de Espoleto (Perugia) a donde se transfiere con toda la familia. Aquí con menos de 42 años muere Inés. Antes de morir, desea que esté cerca de ella Panchito: lo besa y lo abraza largamente. Santos educa con la palabra y con el ejemplo. En la mañana, antes de dirigirse al trabajo, reza durante una hora y luego participa en la Misa llevando siempre a alguno de sus hijos. Por la tarde, el rosario: que nadie falte o tome la costumbre de dormirse… terminando exhorta a todos “inculcando los principios cristianos”. En 1844 Panchito inicia la escuela elemental. No está la mamá para prepararle los útiles o el desayuno. La hermana María Luisa, de 9 años más grande que él y la sirvienta, Pacífica Cucchi, la sustituyen de la mejor manera. En 1846 recibe el Sacramento de la Confirmación y en 1851 la Primera Comunión.

A los trece años, inicia los estudios del liceo con los Jesuitas en el colegio que en Espoleto llaman orgullosamente universidad: son años fundamentales para su formación humana, cultural y espiritual. Es inteligente, le agrada el estudio, logra sobresalir especialmente en literatura. Los numerosos premios y felicitaciones no se hacen esperar. Compone poesías aún en latin; las recitaciones escolares lo ven protagonista indiscutible y aplaudido. Elegante, vivaz, despabilado y ocurrente se hace foco de atracción por su alegría, a veces excéntrica. Sigue la moda, viste a la moda y una rociada de perfume no lo desprecia. Ama la alegría y jamás falta donde hay fiesta. “ha nacido para la amistad”. Quiere ser el primero en todo, y a toda costa; “la bella vida no le desagrada”. El calificativo de “bailarín” (y no sólo porque va a bailar), no es realmente inmerecido. Pero es también bueno, generoso, sensible a los sufrimientos de los pobres; ama la oración. Le brota la vida de todos los poros. La cacería es su deporte preferido, el teatro lo fascina y va con frecuencia con el papá y la hermana. Nada de extraño si el corazón de alguna jovencita comience a palpitar por él.

Lo atraen los romances y lee ávidamente autores del tiempo como Manzini, Bresciani, Tomás y Grossi. Pero no hay mucho tiempo para soñar: el futuro apremia y es necesario prepararlo. En la familia otros han ya elegido el propio camino. ¿Qué hará él?... Es verdad: no le falta nada, y sin embargo nada lo satisface del todo. Cuántas veces durante los espectáculos teatrales se desliza y va contarle a La Virgen los problemas y las inquietudes de su nómada corazón. Cuántas veces se cierra en su cuarto ante la pequeña estatua de la Dolorosa, por él queridísima, y se encuentra con los ojos llenos de lágrimas. Y luego, ¿quién lo diría? Bajo su elegante ropa lleva también el cilicio. Un verdadero barullo el joven corazón.

Los repetidos lutos familiares o también algunas graves enfermedades en las que se ve afectado, le han hecho aparecer las glorias humanas, breves e inconsistentes como orlas de nieve. A los trece años, por ejemplo, se enferma gravemente de la garganta; ve a su alrededor caras preocupadas y demasiado tristes. ¡Qué miedo, pobre Panchito! Implora y obtiene la curación del beato Andrés Bobóla. Precisamente en este tiempo ha sentido un gran miedo y ha prometido entrar con los Jesuitas, pero luego la vida ha vuelto a enrolarlo con su ritmo y a distraerlo con sus insinuaciones.

El padre es renuente en dejarlo partir. ¿Y quién podría cambiarlo? El papá Santos ha tenido trece hijos y ha visto en torno suyo una soledad siempre más grande. Teresa se ha casado, Luis Tomás es religioso dominico, Enrique estudia para ser sacerdote, Miguel frecuenta la facultad de medicina y cirugía en Roma, dos hijas y cuatro hijos ya han muerto. En casa, estamos en el 1855, le quedan sólo María Luisa de veinte y seis años, Panchito de diez y nueve, y Vicente de diez y seis. Santos quiere inmensamente a todos; pero Panchito es Panchito. Le es el más querido de todos, sobresale en sociedad, le funge de secretario y para él sueña un óptimo porvenir. ¿Qué hará sin él?

En 1855 una nueva muerte, de las más tristes. El 7 de junio, truncada por el cólera muere de improviso María Luisa que en casa había sustituido a la mamá. Panchito se ve envuelto por un huracán de por qué… Para qué sirve vivir si después… La idea del convento regresa con más insistencia pero el padre hace aún de todo para que esa no tome forma precisa. ¿Qué cosa se necesitará para que Panchito se decida verdaderamente? El 22 de agosto de 1856 por las calles de Espoleto se desarrolla la procesión con la imagen de la Santísima Virgen venerada en la Catedral. Entre la multitud se encuentra también él. Cuando la imagen le pasa delante se siente herido el corazón con palabras de fuego que le queman el alma: “Panchito, ¿qué cosa haces en el mundo? La vida religiosa te espera”. Panchito sale de la multitud y se pone a llorar con la cara entre las manos. Esta vez es la madre que le llama. ¿Cómo es posible resistir? Nadie ni nada lo detendrá. El 6 de septiembre (han transcurrido sólo15 días), sale de Espoleto y el 10 está ya en Morrovalle (Macerata) para iniciar el noviciado. A lo largo del camino ha superado aún pruebas escalonadas del padre para examinar su vocación. Pero tenía razón Miguel al decir en familia: “Sepan cómo es Panchito; cuando ha tomado una decisión no se deja cambiar”.

El bailarín sorprende a todos

En Espoleto quedan todos sorprendidos por su repentina partida. La mañana del 8 de septiembre el profesor de literatura, padre Luis Pincelli, entrando al salón de clase, comienza la lección de manera desacostumbrada: “¿Han oído del bailarín? Se ha ido para hacerse pasionista”. En Morrovalle, Panchito, encuentra otros 10 novicios entre los cuales está el beato padre Bernardo María. Es maestro el padre Rafael Ricci y vicemaestro el venerable padre Norberto Cassinelli. Panchito se siente finalmente satisfecho. También Santos está tranquilo, convencido de la vocación del hijo. Acepta “los inescrutables designios de la Divina Providencia”. Siempre lo ha enseñado a los hijos. Ahora, él mismo inclina la cabeza aún si el dolor por la separación no encuentra adjetivos suficientes.

A los 18 años, pues, Panchito cambia página. El hijo del gobernador con un rosa porvenir, el bailarín amante de la cacería, se encierra en convento donde la vida, para un ojo profano transcurre monótona y rutinaria. ¿Hay una explicación para todo esto? Ciertamente. De cuando la Santísima Virgen, por las calles de Espoleto, le ha invitado fijándolo en los ojos y hablándole al corazón, ha visto claro su futuro. Un corte preciso con el pasado y una fantástica aceleración hacia lo alto. Fascinado por naturaleza, por lo bello, habiendo intuido que la belleza suprema es la santidad, la hace su único objetivo. Y lo centra perfectamente.

El 21 de septiembre de 1856 viste el hábito pasionista y elige un nombre nuevo: Gabriel de la Dolorosa; nombre que le manifiesta continuamente la Virgen. El año sucesivo emite la profesión religiosa. En junio de 1858 se transfiere a Pievetorina (Macerata) para los estudios filosóficos bajo la guía del padre Norberto que lo acompañará hasta la muerte. El 10 de julio de 1859 está en Isola del Gran Sasso para el estudio de la teología y la preparación inmediata al sacerdocio. El 25 de mayo de 1861 en la Catedral de Penne (Pescara) recibe la tonsura y las ordenes menores. Inmediatamente después se enferma; cualquier curación resulta inútil. No logra ni siquiera el sacerdocio. El 27 de febrero de 1862 “al surgir el sol” muere confortado por la bellísima visión de la Virgen invocada con profundo amor: “Madre mía, ven pronto”. Aún no han pasado 6 años de su ingreso entre los Pasionistas. Los hermanos religiosos permanecen allí alrededor del lecho a mirarlo nutriéndose de hermosísimos recuerdos. Y conmovidos recuerdan…


Recuerdan su vida caracterizada por la desbordante alegría. Una alegría que continuamente le brotaba desde dentro, le perfumaba la vida y que la esparcía a manos llenas. Una alegría incontenible: parpadeaba por cualquier señal, se deshacía por cualquier actitud; explotaba, fascinaba, contagiaba. Gabriel se había convertido también en cantor. “La alegría y el gozo que yo pruebo es casi inexpresable; mi vida es una continua felicidad. Los días, aún los meses se pasan rapidísimo. Mi vida es una dulce vida, una vida de paz. Estoy contentísimo”. Gozo y sonrisa que no se pueden apagar ni siquiera ante la muerte. Es más, sobre la muerte han obtenido su victoria más bella. Un día lo llamaran el “santo de la sonrisa”. Ellos ahora no lo saben. Pero no se maravillarían si alguno lo insinuase.


Recuerdan sus días. Al parecer ordinarios. Sin embargo jamás encerrados en la rutina. Mártir y poeta de lo ordinario. Lo ordinario ha sido su pan, el simple heroísmo, lo ordinario su canto. Las pequeñas frágiles cosas de cada día, se hacen grandes por el espíritu con el que las realizaba. Con esas ha diseñado el mosaico de la santidad. Lo repetía con frecuencia: “Dios no mira la cantidad sino la calidad; nuestra perfección no consiste en hacer cosas extraordinarias sino en hacer extraordinariamente bien las ordinarias”. Su director revelará con una lapidaria expresión el secreto de su santidad: “Gabriel ha trabajado con el corazón”.

Recuerdan su vida transcurrida a la sombra de María. Ella, en efecto, “comenzó en Espoleto llamándolo a la vida religiosa. Lo acompañó y continuó ayudándolo en la obra de su santificación; cumplió la obra viniendo a recoger su alma y llevarlo cerca de sí en el paraíso. Parecía que el no fuese sino una copia de María”. La Virgen y la Virgen Dolorosa, en particular, ha sido la razón de su vida. Emitió un voto especial: propagar la devoción a la Virgen Dolorosa.

¿Pero precisamente ha muerto Gabriel? Parece dormir sereno. Lo observan por última vez y lo ven así como lo describirá el director: “Mi Gabriel, dirá el padre Norberto, tenía un carácter muy vivaz, suave, insinuante y al mismo tiempo resuelto y generoso. Tenía un corazón muy noble, lleno de afecto, un modo de hacer sumamente atrayente, agradable, naturalmente gentil. Era juvenil e festivo, de palabra rápida, aguda, fácil, llena de gracia. De modales convenientes, era ágil y compuesto en cualquier movimiento de la persona. Tenía ojos redondos, negros, muy vivaces y bellos: parecían dos estrellas. La virtud y la santidad pues en todo lo llevaba a cabo. Reunía tantas dotes que difícilmente se pueden encontrar todas en una sola persona. Ninguna maravilla que se conquistara el bien querer de todos. Era verdaderamente bello en el alma y en el cuerpo”.

Hacen, sí lo funerales, celebran las exequias. Pero más que rogar por Gabriel, ruegan a Gabriel: todos están convencidos de deponer en el sepulcro, cavado en la cripta de la Iglesia, no un cadáver sino una semilla destinada a florecer. Los tiempos los conoce sólo Dios. Pero no estarán demasiado lejos. En 1866 los Pasionistas son expulsados del convento de Isola. Todo parece consignado al silencio. Sin embargo… en 1891 inician los procesos de beatificación; en 1892 será la exhumación de los restos mortales de Gabriel acompañada de una lluvia de prodigios grandiosos. En 1894 los Pasionistas regresan a Isola llamados por aquel joven estudiante que no quiere saber de haber muerto. El 31 de mayo de 1908 Gabriel es declarado beato y el 13 de mayo de 1920 es proclamado santo.

Lo demás es historia de fascinación siempre creciente, de una vida siempre más plena. Continúa a ser historia de una santidad que no conoce ocaso. En el mundo más de mil templos están dedicados a él. Y en los Abruzzos, a los pies del Gran Sasso, donde un tiempo surgía una pequeña y solitaria iglesia hay ahora uno de los santuarios más conocidos y queridos. Aquí Gabriel llama, atrae y acoge. Innumerables peregrinos lo visitan. Bajo su sepulcro brotan gracias sin término, se producen estupendos milagros. Para muchos enfermos Gabriel es la última esperanza; para otros es la única esperanza. Para muchos, acercarse a su tumba, es la señal más largamente acariciada. Y con frecuencia la esperanza no queda defraudada: el milagro besa un corazón en pena, sana heridas sangrantes y renueva un organismo desahuciado.
Gabriel está vivo, sonríe aún. Todavía regala gracias y milagros.

domingo, 10 de enero de 2010

SAN CARLOS HOUBEN, C.P.


El samaritano de Irlanda

Ya era viejo y no era Irlandes. Tenía los cabellos blancos, el rostro arrugado. Sin embargo, los jóvenes estudiantes pasionistas de Dublin le amaban y buscaban su compañía. Lo llamaban cariñosamente Charlie (Carlitos). Pero también él, padre Carlos Houben, se definia “el pobre viejo Charlie” riéndose alegremente. Hasta los vivaces monaguillos, nada atemorizados por su figura de asceta, acostumbraban llamarlo Charlie mientras jugaban junto a él gritando. El los bendecía satisfecho, acompañando el gesto con pocas pero afectuosas palabras. Y el tono de voz parecía una caricia.

“Llamen al padre Carlos”
Pasó bendiciendo, curando y perdonando. Siempre accesible y amable. Pobre entre los pobres, hizo de su vida un don a los sufrientes. Todo de Dios, todo del prójimo. Los indigentes en el alma y en el cuerpo, no lo dejaban descansar ni siquiera un momento. Profundamente aficionado a la familia y a la patria trabajó durante muchísimos años lejos de una y de la otra encontrando en los sufrientes a los propios hermanos y en la tierra de Ilanda su patria. Cada día cerca de trescientas personas acudían a él atraídas por la fama de sus virtudes y animadas por el convicción de encontrarse con un santo. Y encontraban un corazón compasivo y abierto, gentil y paciente, disponible y tierno, viva imagen de la misericordia de Dios. Médicos y enfermeros de Dublin, cuando el caso era desesperado se rendían cruzando los brazos, suspiraban mirando al cielo y aconsejaban “manden llamar al padre Carlos”. Y Carlos acudía a las casas y hospitales a cualquier tiempo y a cualquier hora llevando con frecuencia el don de una curación inesperada y siempre una sonrisa de serenidad. Con amor preparaba a los moribundos al grande paso, arrodillado en oración junto a su lecho.

Hijo del granjero de la zona, quien es también propietario de una floreciente hacienda y de fértiles terrenos, Carlos nace en Munstergeleen, en la región del Limburgo en Holanda, el 11 de diciembre de 1821. Es el cuarto de diez hijos. Se acerca a la primera comunión el 26 de abril de 1835 y recibe la Confirmación el 28 de junio del mismo año. “Vayan a buscarlo en la Iglesia”, dice segura la mamá, cuando el hijo tarda en regresar. Y no se equivoca. Su Juan Andrés (este es el nombre de Carlos antes de hacerse pasionista) no puede más que estar ahí en dialogo con el Señor que siente extraordinariamente cerca y que estima precioso más que cualquier otra cosa. “Conocía sólo dos caminos: el de la Iglesia y el de la escuela”, dirá el hermano José. Es monaguillo en la parroquia, se inscribe a la confradia de la adoración perpetua. No tiene una grande inteligencia, pero es tenaz en el estudio. No ciertamente para pensar en el molino o para cuidar la hacienda. El jóven, sin embargo, acaricia un sueño: hacerse sacerdote.

Su vocación se consolida durante el servicio militar que, para Juan Andrés, dura sólo tres meses. Los papás, en efecto, encontraron un jóven a paga que lo sustituye. Con el tiempo trascurrido bajo las armas el jóven conoce a los Pasionistas. Regresado a casa continúa los estudios: su inteligencia, como por milagro, se hace viva; el aprovechamiento, por consiguiente, es bueno. A los 24 años es recibido por los Pasionistas: el 5 de noviembre de 1845 entra en el noviciado de Ere en Bélgica; el 2 de diciembre viste el hábito eligiendo el nombre de Carlos.

De él, novicio, un compañero suyo dejará este testimonio: “Me sentía muy edificado ante su gran santidad. Era ejemplar, lleno de fe y de piedad, preciso, observante de las reglas, simple, amable y de carácter dulce. Su piedad y su natural alegría le ganaron la estima y el afecto de todos”. El 10 de diciembre de 1846 profesa los votos religiosos; se dedica al estudio de la filosofía y de la teología. Durante el período de la formación vive la alegre experiencia de conocer al beato Domingo Barberi. El 21 de diciembre de 1850, a los 29 años, es ordenado sacerdote. Ninguno de la familia está presente a la fiesta. La mamá ya murió desde hace seis años, el papá hace cuatro meses.

En 1852 es enviado a Inglaterra donde los Pasionistas están desde hace 10 años y donde está aún vivo el recuerdo del beato Domingo, muerto hace poco más de un año. El jóven sacerdote holandés no volverá más a la patria ni volverá a ver a alguno de sus familiares. Por más de cuarenta años vivirá en las islas británicas y para este pueblo desgranará su vida. Permanece en Aston Hall donde estrecha amigables relaciones con los inmigrados irlandeses empleados en el durísimo trabajo de las minas. Carlos los amará siempre y los llamará cariñosamente “mi gente de Irlanda”. Desarrolla también, “con exquisita solicitud”, el oficio de vicemaestro de los novicios ofreciendo a los jóvenes el ejemplo de un alma contemplativa. Por un breve período, está al cargo en una parroquia en San Wilfrido. En 1857 es transferido a Irlanda, en Dublin/Mount Argus, donde los Pasionistas Irlandeses han llegado hace apenas un año. Aquí se reencuentra con el pueblo irlandes conocido ya en Inglaterra. Queda fascinado por su bondad. Admira a estos buenos “Irlandeses que, escribe, por más de trescientos años sufrieron crueles persecuciones, y no obstante todo, se mantuvieron fieles a la religión católica”.

En Dublin, los Pasionistas, proyectan la construcción de una grande Iglesia y de un acogedor retiro que deberá hospedar a los estudiantes y fungir de casa de ejercicios espirituales. Para recabar los fondos necesarios, Carlos recorre los caminos de Irlanda, llega a ciudades y pueblos pidiendo ayuda a los irlandeses. Recibe ciertamente mucho; pero ofrece aún más: el ejemplo de su vida humilde y sonriente, una palabra de consuelo, una bendición, una oración. Y muchas veces deja tras de sí, también, un milagro largamente esperado. La nueva casa religiosa es inaugurada en 1863; para la Iglesia dedicada a San Pablo de la Cruz será necesario esperar el 28 de abril de 1878. Gran parte del mérito de la relización de la obra es de Carlos. Un cohermano escribe: “Sólo Dios conoce todo aquello que él ha hecho para hacer de Mount Argus lo que es. Su nombre permanecerá siempre unido a la historia del retiro y de la Iglesia”. Sin haberlo pretendido, Carlos ha preparado su santuario.

Carlos no será jamás un grande predicador, sobre todo por la dificultad del idioma, pero encuentra espacio, no indiferente, para un apostolado muy fructífero. Pasa horas y horas en el confesionario, asiste a los moribundos, bendice a los enfermos con la reliquia de San Pablo de la Cruz acompañando la bendición con conmovedoras oraciones compuestas por él mismo. La gente que va a encontrarlo a Dublin aumenta continuamente. Acude numerosa porque ve en él un auténtico santo dotado por Dios del don de las curaciones; lo siente cercano por su bondad y espíritu de acogida. Es oración, solicitud, misericordia hechas persona. El cronista de la casa escribirá: “Venía gente de todas las partes de Irlanda, y también de Inglatera, de Suecia y hasta de Estados Unidos. Muchos, se decía, quedaban curados de sus enfermedades”. Su fama llega hasta Australia, Nueva Zelanda y Tasmania. Entre los visitantes no falta ni siquiera algún travieso de turno o devoto fingido que aprovecha el nombre de Carlos para sus intereses. Por el continuo flujo de gente, “haciéndose demasiado famoso por razón de sus extraordinarias curaciones”, en 1866 Carlos es tranferido a Inglaterra. Permanece ahí 8 años viviendo en varios retiros: Broadway, Sutton, Londres. El apostolado es siempre el mismo. Y Carlos debe sufrir el acostumbrado asedio dentro y fuera del retiro.


¿Los funerales? Una fiesta jamás vista
De Irlanda llegaron cartas y visitantes: nadie lo ha olvidado. Regresará a Dublin en 1874 y ahí permanecerá hasta su muerte. El retiro de Mount Argus vuele a estar repleto de enfermos y sufrientes. Carlos está siempre dispuesto a recibirlos con los brazos abiertos siendo completamente partícipe de cualquier dolor y de cualquier drama. Se inclina sobre todo enfermo dejando caer fragmentos de su corazón y pedacitos de su alma, pues ya tiene fama de taumaturgo. El 25 de julio de 1885, para hacerlo descansar un poco, es enviado al convento de Belfast. Pero todo es inútil. Apenas lo sabe la gente lo busca también ahí. Y los superiores deben cambiar aún programa apenas después de tres semanas Carlos es enviado nuevamente a Dublin. A él acuden no sólo los católicos sino también los protestantes. Todos desean el milagro. Dice un testigo: “Son muchos los milagros que suceden: pero nosotros no hacemos el minimo caso a ellos, y mucho menos caso hace el padre Carlos”.

Narrarlos todos, es verdaderamente imposible. Sólo algún ejemplo, buscando aquí y allá y con la dificultad de elegir. Un protestante pide a Carlos curarlo de una grave enfermedad; se habría hecho católico si se realiza el milagro. El enfermo queda curado y mantiene la promesa. Una señora desde un año está imposibilitada a moverse por atroces dolores reumáticos. ¿Médicos y medicinas? un gasto no pequeño e inútil. Con un carrito se hace llevar a donde está Carlos que la bendice y reza por ella. La señora regresa a casa con sus propios pies suscitando maravilla entre parientes y conocidos. Un día le presentan una niñita huerfana y con un cáncer que le ha destruido la cara dejándola irreconocible. Es llevada al hospital de los incurables. Con la bendición de Carlos la cara se hace fresca como una rosa apenas abierta. Hay una niña coja y muda, no obstante curaciones y hospitales. La visita Carlos que le ordena caminar. La pequeña da de brincos gritando: “Dios me ha curado”. “Mamá, llévame a donde el padre Carlos; el me curará”, implora un niño, a quien los médicos han decidido cortarle una pierna por graves complicaciones después de un accidente. Tiene razón el pequeño. El espectro de la amputación se disuelve.

En comunidad, Carlos, es una persona pacifica y bendita. Escribirán: “Era un ejemplar de devoción, lleno de fe y de piedad, puntualísimo en la observancia de la regla, simple y amable. De carácter humilde y reservado, siempre de buen humor, se daba a querer y amar por todos. Era de una angelical amabilidad. Si le sucedía cometer cualquier falta, pedía perdón o se acusaba públicamente”. En 1879 llega a Mount Argus el superior general padre Bernardo Silvestrelli quien queda “profundamente maravillado por su espíritu de oración y por el grado de unión con Dios”. La comunidad, sin embargo, no atraviesa un momento feliz, aquejada por varios problemas. Providencial pues es la presencia de Carlos, testigo de fidelidad al carisma, ejemplo de oración y de empeño apostólico. Los inicios de la Congregación pasionista en Inglaterra e, incluso, en Irlanda son inicios bendecidos sobre todo por su santidad.

No obstante las ocupaciones, pasa largo tiempo en oración y en adoración ante el Sagrario. Yendo al cuarto lo encuentran en éxtasis, como frecuentemente, en éxtasis está durante la misa. A veces el ayudante se ve obligado a sacudirlo para que continúe la celebración. Vive sereno e entregado con la mente y el corazón fijos al encuentro con Dios. Por lo demás, el contínuo contacto con los enfermos y moribundos le revela la precariedad de la vida y le refuerza el deseo del cielo. Al hermano sacerdote escribe: “Hazme la caridad de rezar, en todas las Misas que celebres, pidiendo por mi una buena y santa muerte”. A los familiares les piede el rezo de tres Ave María con el mismo fin. A la Virgen, en efecto, Carlos había confiado su consagración sacerdotal y religiosa; A ella quiere confiarle también el ocaso de su vida.

Sus últimos años quedan marcados por un gran sufrimiento de cangrena en una pierna. El 12 de abril de 1881 la carroza sobre la que viajaba se accidenta. Carlos sufre la fractura del pie derecho y de la cadera. No se aliviará ya completamente. Soporta sereno la enfermedad, unido a Cristo Crucificado, a quien desde siempre ha conformado la vida y es objeto de su amorosa contemplación. No sólo. Olvida su dolor para estar cerca de quien sufre. El superior escribe: “Es francamente maravilloso cómo este pobre padre pueda subir y bajar una escalera de 59 escalones, un centenar de veces al día para bendecir las personas que acuden en masa a recibir su bendición... la gente viene a cualquier hora del día, desde la mañana hasta la tarde, y el pobre padre Carlos está siempre más débil”. El 9 de diciembre de 1892 por agravarse de improviso el mal, debe permanecer en cama. No se levantará más. Quien va a visitarlo lo oye musitar: “Jesús mio, acepto esta aflicción por tu amor, y deseo seguir sufriendo para agradarte”.

Quien lo asiste deja escrito: “Nuestro padre Carlos continúa sufriendo como un santo, siendo de gran edificación para toda la comunidad... sufre atrozmente, pero no se queja de nada. No dice nada a nadie, ecepto cuando lo visita algún sacerdote a quien pide siempre la bendición”. En Navidad celebran la Santa Misa en su cuarto. Y él no sabe contener sinceras lágrimas de intensa conmoción.

Muere al amanecer del 5 de enero de 1893. Solemnísimos los funerales con gente venida de toda Irlanda. Se lee en un periódico del tiempo: “Jamás antes, en memoria de un hombre, se dio una explosión de sentimiento religioso y de profunda veneración como aquella que se pudo observar ante los restos del padre Carlos”. Un testigo anotará que, durente cinco dias, antes de sepultarlo, el religioso “recibió honras funebres debidas a un rey o a un emperador... el pueblo prefería rezarle, más bien que rezar por él”. El superior de Mount Argus escribe a los familiares de Carlos: “Su muerte como su vida ha sido la de un santo. Durante el tiempo que su cadáver quedó expuesto en la Iglesia, una multitud innumerable, imposible de contar, iba y venía tratando de tocar su cuerpo con rosarios y otros objetos de devoción... El pueblo lo ha ya declarado santo”. Y la procesión de los devotos y de los peregrinos a su tumba no cesará con el pasar del tiempo.

Juan Pablo II lo declara beato el 16 de octubre de 1988 haciendo oficial la santidad del padre Carlos que ya en vida todos lo llamaban “el santo de Mount Argus”. Y Benedicto XVI lo canoniza solemnemente el 3 de junio de 2007. Bendito seas Señor!

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