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Estudiantes de Teología de los Misioneros Pasionistas, Provincia de Cristo Rey (REG). Hijos de San Pablo de la Cruz.

domingo, 10 de enero de 2010

SAN CARLOS HOUBEN, C.P.


El samaritano de Irlanda

Ya era viejo y no era Irlandes. Tenía los cabellos blancos, el rostro arrugado. Sin embargo, los jóvenes estudiantes pasionistas de Dublin le amaban y buscaban su compañía. Lo llamaban cariñosamente Charlie (Carlitos). Pero también él, padre Carlos Houben, se definia “el pobre viejo Charlie” riéndose alegremente. Hasta los vivaces monaguillos, nada atemorizados por su figura de asceta, acostumbraban llamarlo Charlie mientras jugaban junto a él gritando. El los bendecía satisfecho, acompañando el gesto con pocas pero afectuosas palabras. Y el tono de voz parecía una caricia.

“Llamen al padre Carlos”
Pasó bendiciendo, curando y perdonando. Siempre accesible y amable. Pobre entre los pobres, hizo de su vida un don a los sufrientes. Todo de Dios, todo del prójimo. Los indigentes en el alma y en el cuerpo, no lo dejaban descansar ni siquiera un momento. Profundamente aficionado a la familia y a la patria trabajó durante muchísimos años lejos de una y de la otra encontrando en los sufrientes a los propios hermanos y en la tierra de Ilanda su patria. Cada día cerca de trescientas personas acudían a él atraídas por la fama de sus virtudes y animadas por el convicción de encontrarse con un santo. Y encontraban un corazón compasivo y abierto, gentil y paciente, disponible y tierno, viva imagen de la misericordia de Dios. Médicos y enfermeros de Dublin, cuando el caso era desesperado se rendían cruzando los brazos, suspiraban mirando al cielo y aconsejaban “manden llamar al padre Carlos”. Y Carlos acudía a las casas y hospitales a cualquier tiempo y a cualquier hora llevando con frecuencia el don de una curación inesperada y siempre una sonrisa de serenidad. Con amor preparaba a los moribundos al grande paso, arrodillado en oración junto a su lecho.

Hijo del granjero de la zona, quien es también propietario de una floreciente hacienda y de fértiles terrenos, Carlos nace en Munstergeleen, en la región del Limburgo en Holanda, el 11 de diciembre de 1821. Es el cuarto de diez hijos. Se acerca a la primera comunión el 26 de abril de 1835 y recibe la Confirmación el 28 de junio del mismo año. “Vayan a buscarlo en la Iglesia”, dice segura la mamá, cuando el hijo tarda en regresar. Y no se equivoca. Su Juan Andrés (este es el nombre de Carlos antes de hacerse pasionista) no puede más que estar ahí en dialogo con el Señor que siente extraordinariamente cerca y que estima precioso más que cualquier otra cosa. “Conocía sólo dos caminos: el de la Iglesia y el de la escuela”, dirá el hermano José. Es monaguillo en la parroquia, se inscribe a la confradia de la adoración perpetua. No tiene una grande inteligencia, pero es tenaz en el estudio. No ciertamente para pensar en el molino o para cuidar la hacienda. El jóven, sin embargo, acaricia un sueño: hacerse sacerdote.

Su vocación se consolida durante el servicio militar que, para Juan Andrés, dura sólo tres meses. Los papás, en efecto, encontraron un jóven a paga que lo sustituye. Con el tiempo trascurrido bajo las armas el jóven conoce a los Pasionistas. Regresado a casa continúa los estudios: su inteligencia, como por milagro, se hace viva; el aprovechamiento, por consiguiente, es bueno. A los 24 años es recibido por los Pasionistas: el 5 de noviembre de 1845 entra en el noviciado de Ere en Bélgica; el 2 de diciembre viste el hábito eligiendo el nombre de Carlos.

De él, novicio, un compañero suyo dejará este testimonio: “Me sentía muy edificado ante su gran santidad. Era ejemplar, lleno de fe y de piedad, preciso, observante de las reglas, simple, amable y de carácter dulce. Su piedad y su natural alegría le ganaron la estima y el afecto de todos”. El 10 de diciembre de 1846 profesa los votos religiosos; se dedica al estudio de la filosofía y de la teología. Durante el período de la formación vive la alegre experiencia de conocer al beato Domingo Barberi. El 21 de diciembre de 1850, a los 29 años, es ordenado sacerdote. Ninguno de la familia está presente a la fiesta. La mamá ya murió desde hace seis años, el papá hace cuatro meses.

En 1852 es enviado a Inglaterra donde los Pasionistas están desde hace 10 años y donde está aún vivo el recuerdo del beato Domingo, muerto hace poco más de un año. El jóven sacerdote holandés no volverá más a la patria ni volverá a ver a alguno de sus familiares. Por más de cuarenta años vivirá en las islas británicas y para este pueblo desgranará su vida. Permanece en Aston Hall donde estrecha amigables relaciones con los inmigrados irlandeses empleados en el durísimo trabajo de las minas. Carlos los amará siempre y los llamará cariñosamente “mi gente de Irlanda”. Desarrolla también, “con exquisita solicitud”, el oficio de vicemaestro de los novicios ofreciendo a los jóvenes el ejemplo de un alma contemplativa. Por un breve período, está al cargo en una parroquia en San Wilfrido. En 1857 es transferido a Irlanda, en Dublin/Mount Argus, donde los Pasionistas Irlandeses han llegado hace apenas un año. Aquí se reencuentra con el pueblo irlandes conocido ya en Inglaterra. Queda fascinado por su bondad. Admira a estos buenos “Irlandeses que, escribe, por más de trescientos años sufrieron crueles persecuciones, y no obstante todo, se mantuvieron fieles a la religión católica”.

En Dublin, los Pasionistas, proyectan la construcción de una grande Iglesia y de un acogedor retiro que deberá hospedar a los estudiantes y fungir de casa de ejercicios espirituales. Para recabar los fondos necesarios, Carlos recorre los caminos de Irlanda, llega a ciudades y pueblos pidiendo ayuda a los irlandeses. Recibe ciertamente mucho; pero ofrece aún más: el ejemplo de su vida humilde y sonriente, una palabra de consuelo, una bendición, una oración. Y muchas veces deja tras de sí, también, un milagro largamente esperado. La nueva casa religiosa es inaugurada en 1863; para la Iglesia dedicada a San Pablo de la Cruz será necesario esperar el 28 de abril de 1878. Gran parte del mérito de la relización de la obra es de Carlos. Un cohermano escribe: “Sólo Dios conoce todo aquello que él ha hecho para hacer de Mount Argus lo que es. Su nombre permanecerá siempre unido a la historia del retiro y de la Iglesia”. Sin haberlo pretendido, Carlos ha preparado su santuario.

Carlos no será jamás un grande predicador, sobre todo por la dificultad del idioma, pero encuentra espacio, no indiferente, para un apostolado muy fructífero. Pasa horas y horas en el confesionario, asiste a los moribundos, bendice a los enfermos con la reliquia de San Pablo de la Cruz acompañando la bendición con conmovedoras oraciones compuestas por él mismo. La gente que va a encontrarlo a Dublin aumenta continuamente. Acude numerosa porque ve en él un auténtico santo dotado por Dios del don de las curaciones; lo siente cercano por su bondad y espíritu de acogida. Es oración, solicitud, misericordia hechas persona. El cronista de la casa escribirá: “Venía gente de todas las partes de Irlanda, y también de Inglatera, de Suecia y hasta de Estados Unidos. Muchos, se decía, quedaban curados de sus enfermedades”. Su fama llega hasta Australia, Nueva Zelanda y Tasmania. Entre los visitantes no falta ni siquiera algún travieso de turno o devoto fingido que aprovecha el nombre de Carlos para sus intereses. Por el continuo flujo de gente, “haciéndose demasiado famoso por razón de sus extraordinarias curaciones”, en 1866 Carlos es tranferido a Inglaterra. Permanece ahí 8 años viviendo en varios retiros: Broadway, Sutton, Londres. El apostolado es siempre el mismo. Y Carlos debe sufrir el acostumbrado asedio dentro y fuera del retiro.


¿Los funerales? Una fiesta jamás vista
De Irlanda llegaron cartas y visitantes: nadie lo ha olvidado. Regresará a Dublin en 1874 y ahí permanecerá hasta su muerte. El retiro de Mount Argus vuele a estar repleto de enfermos y sufrientes. Carlos está siempre dispuesto a recibirlos con los brazos abiertos siendo completamente partícipe de cualquier dolor y de cualquier drama. Se inclina sobre todo enfermo dejando caer fragmentos de su corazón y pedacitos de su alma, pues ya tiene fama de taumaturgo. El 25 de julio de 1885, para hacerlo descansar un poco, es enviado al convento de Belfast. Pero todo es inútil. Apenas lo sabe la gente lo busca también ahí. Y los superiores deben cambiar aún programa apenas después de tres semanas Carlos es enviado nuevamente a Dublin. A él acuden no sólo los católicos sino también los protestantes. Todos desean el milagro. Dice un testigo: “Son muchos los milagros que suceden: pero nosotros no hacemos el minimo caso a ellos, y mucho menos caso hace el padre Carlos”.

Narrarlos todos, es verdaderamente imposible. Sólo algún ejemplo, buscando aquí y allá y con la dificultad de elegir. Un protestante pide a Carlos curarlo de una grave enfermedad; se habría hecho católico si se realiza el milagro. El enfermo queda curado y mantiene la promesa. Una señora desde un año está imposibilitada a moverse por atroces dolores reumáticos. ¿Médicos y medicinas? un gasto no pequeño e inútil. Con un carrito se hace llevar a donde está Carlos que la bendice y reza por ella. La señora regresa a casa con sus propios pies suscitando maravilla entre parientes y conocidos. Un día le presentan una niñita huerfana y con un cáncer que le ha destruido la cara dejándola irreconocible. Es llevada al hospital de los incurables. Con la bendición de Carlos la cara se hace fresca como una rosa apenas abierta. Hay una niña coja y muda, no obstante curaciones y hospitales. La visita Carlos que le ordena caminar. La pequeña da de brincos gritando: “Dios me ha curado”. “Mamá, llévame a donde el padre Carlos; el me curará”, implora un niño, a quien los médicos han decidido cortarle una pierna por graves complicaciones después de un accidente. Tiene razón el pequeño. El espectro de la amputación se disuelve.

En comunidad, Carlos, es una persona pacifica y bendita. Escribirán: “Era un ejemplar de devoción, lleno de fe y de piedad, puntualísimo en la observancia de la regla, simple y amable. De carácter humilde y reservado, siempre de buen humor, se daba a querer y amar por todos. Era de una angelical amabilidad. Si le sucedía cometer cualquier falta, pedía perdón o se acusaba públicamente”. En 1879 llega a Mount Argus el superior general padre Bernardo Silvestrelli quien queda “profundamente maravillado por su espíritu de oración y por el grado de unión con Dios”. La comunidad, sin embargo, no atraviesa un momento feliz, aquejada por varios problemas. Providencial pues es la presencia de Carlos, testigo de fidelidad al carisma, ejemplo de oración y de empeño apostólico. Los inicios de la Congregación pasionista en Inglaterra e, incluso, en Irlanda son inicios bendecidos sobre todo por su santidad.

No obstante las ocupaciones, pasa largo tiempo en oración y en adoración ante el Sagrario. Yendo al cuarto lo encuentran en éxtasis, como frecuentemente, en éxtasis está durante la misa. A veces el ayudante se ve obligado a sacudirlo para que continúe la celebración. Vive sereno e entregado con la mente y el corazón fijos al encuentro con Dios. Por lo demás, el contínuo contacto con los enfermos y moribundos le revela la precariedad de la vida y le refuerza el deseo del cielo. Al hermano sacerdote escribe: “Hazme la caridad de rezar, en todas las Misas que celebres, pidiendo por mi una buena y santa muerte”. A los familiares les piede el rezo de tres Ave María con el mismo fin. A la Virgen, en efecto, Carlos había confiado su consagración sacerdotal y religiosa; A ella quiere confiarle también el ocaso de su vida.

Sus últimos años quedan marcados por un gran sufrimiento de cangrena en una pierna. El 12 de abril de 1881 la carroza sobre la que viajaba se accidenta. Carlos sufre la fractura del pie derecho y de la cadera. No se aliviará ya completamente. Soporta sereno la enfermedad, unido a Cristo Crucificado, a quien desde siempre ha conformado la vida y es objeto de su amorosa contemplación. No sólo. Olvida su dolor para estar cerca de quien sufre. El superior escribe: “Es francamente maravilloso cómo este pobre padre pueda subir y bajar una escalera de 59 escalones, un centenar de veces al día para bendecir las personas que acuden en masa a recibir su bendición... la gente viene a cualquier hora del día, desde la mañana hasta la tarde, y el pobre padre Carlos está siempre más débil”. El 9 de diciembre de 1892 por agravarse de improviso el mal, debe permanecer en cama. No se levantará más. Quien va a visitarlo lo oye musitar: “Jesús mio, acepto esta aflicción por tu amor, y deseo seguir sufriendo para agradarte”.

Quien lo asiste deja escrito: “Nuestro padre Carlos continúa sufriendo como un santo, siendo de gran edificación para toda la comunidad... sufre atrozmente, pero no se queja de nada. No dice nada a nadie, ecepto cuando lo visita algún sacerdote a quien pide siempre la bendición”. En Navidad celebran la Santa Misa en su cuarto. Y él no sabe contener sinceras lágrimas de intensa conmoción.

Muere al amanecer del 5 de enero de 1893. Solemnísimos los funerales con gente venida de toda Irlanda. Se lee en un periódico del tiempo: “Jamás antes, en memoria de un hombre, se dio una explosión de sentimiento religioso y de profunda veneración como aquella que se pudo observar ante los restos del padre Carlos”. Un testigo anotará que, durente cinco dias, antes de sepultarlo, el religioso “recibió honras funebres debidas a un rey o a un emperador... el pueblo prefería rezarle, más bien que rezar por él”. El superior de Mount Argus escribe a los familiares de Carlos: “Su muerte como su vida ha sido la de un santo. Durante el tiempo que su cadáver quedó expuesto en la Iglesia, una multitud innumerable, imposible de contar, iba y venía tratando de tocar su cuerpo con rosarios y otros objetos de devoción... El pueblo lo ha ya declarado santo”. Y la procesión de los devotos y de los peregrinos a su tumba no cesará con el pasar del tiempo.

Juan Pablo II lo declara beato el 16 de octubre de 1988 haciendo oficial la santidad del padre Carlos que ya en vida todos lo llamaban “el santo de Mount Argus”. Y Benedicto XVI lo canoniza solemnemente el 3 de junio de 2007. Bendito seas Señor!

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