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Estudiantes de Teología de los Misioneros Pasionistas, Provincia de Cristo Rey (REG). Hijos de San Pablo de la Cruz.

martes, 13 de abril de 2010

San Gabriel de la Dolorosa


SAN GABRIEL DE LA DOLOROSA
EL BAILARÍN ROMPECORAZONES

Y pensar que en la casa Possenti no eran pocos. El papá Santos y la mamá Inés habían tenido trece hijos. Alguien, es verdad, había regresado prematuramente al cielo y algún otro vivía lejos por diversas razones. Pero no por esto la casa del gobernador había quedado vacía. Sin embargo “en casa se estaba como muertos sin él”. Las sobrias habitaciones del antiguo palacio adquirían vida solo si estaba él, “Panchito”, de contagiosa alegría y arrebatadora sonrisa. El hermano Miguel ya viejo recordaba así la personal juventud marcada aún por la vivacidad y la alegría del vivaracho “Panchito”.

Joven todo empuje
Noble y numerosa familia aquella de Panchito; los gritos son siempre nuevos y frescos. Una familia sobretodo ejemplar. Panchito ha permanecido hasta los 18 años, después vivió 6 años en convento. Vida breve pero plena, transcurrida de prisa, la de Panchito: para recorrerla parece que nos falta el aliento. Casi imposible estar tras él. “Nos ha ganado el paso” dirá con felicísima expresión el padre Norberto Cassinelli, su director. Vida sonriente e fascinante: al acercarse se descubren horizontes luminosos e ilimitados. Adelante, pues. Sigámosla, aunque sea de un plumazo.

De inmediato las fechas sobresalientes. El primero de marzo de 1838: nace en Asís (Perugia), el décimo primero de trece hijos, del asesor pontifico de la ciudad. Lo bautizaron el mismo día con el nombre del más ilustre de sus paisanos, San Francisco de Asís. Sin embargo, en casa y entre los amigos, siempre lo llamaran “Panchito” y entre los Pasionistas elegirá el nombre de Gabriel. El 27 de febrero de 1862: muere en Isola del Gran Sasso (Teramo). A los 24 densos años. El papá Santos Possenti (Terni 1791 / 1872) se laureó en Roma, ejerce funciones de gobernador, delegado y asesor del estado pontificio en 27 ciudades esparcidas en las Marcas, en el Lazio y en Umbría. La mamá Inés Frisciotti es una noble mujer, dulce y santa. Se casaron en Civitanova Marcas (Macerata), pueblo natal de ella, el 13 de mayo de 1823. Del matrimonio nacen trece hijos: dos mueren apenas nacidos, dos a tierna edad, cuatro (y entre estos Gabriel) en plena juventud.

En 1841 Santos es nombrado asesor de Espoleto (Perugia) a donde se transfiere con toda la familia. Aquí con menos de 42 años muere Inés. Antes de morir, desea que esté cerca de ella Panchito: lo besa y lo abraza largamente. Santos educa con la palabra y con el ejemplo. En la mañana, antes de dirigirse al trabajo, reza durante una hora y luego participa en la Misa llevando siempre a alguno de sus hijos. Por la tarde, el rosario: que nadie falte o tome la costumbre de dormirse… terminando exhorta a todos “inculcando los principios cristianos”. En 1844 Panchito inicia la escuela elemental. No está la mamá para prepararle los útiles o el desayuno. La hermana María Luisa, de 9 años más grande que él y la sirvienta, Pacífica Cucchi, la sustituyen de la mejor manera. En 1846 recibe el Sacramento de la Confirmación y en 1851 la Primera Comunión.

A los trece años, inicia los estudios del liceo con los Jesuitas en el colegio que en Espoleto llaman orgullosamente universidad: son años fundamentales para su formación humana, cultural y espiritual. Es inteligente, le agrada el estudio, logra sobresalir especialmente en literatura. Los numerosos premios y felicitaciones no se hacen esperar. Compone poesías aún en latin; las recitaciones escolares lo ven protagonista indiscutible y aplaudido. Elegante, vivaz, despabilado y ocurrente se hace foco de atracción por su alegría, a veces excéntrica. Sigue la moda, viste a la moda y una rociada de perfume no lo desprecia. Ama la alegría y jamás falta donde hay fiesta. “ha nacido para la amistad”. Quiere ser el primero en todo, y a toda costa; “la bella vida no le desagrada”. El calificativo de “bailarín” (y no sólo porque va a bailar), no es realmente inmerecido. Pero es también bueno, generoso, sensible a los sufrimientos de los pobres; ama la oración. Le brota la vida de todos los poros. La cacería es su deporte preferido, el teatro lo fascina y va con frecuencia con el papá y la hermana. Nada de extraño si el corazón de alguna jovencita comience a palpitar por él.

Lo atraen los romances y lee ávidamente autores del tiempo como Manzini, Bresciani, Tomás y Grossi. Pero no hay mucho tiempo para soñar: el futuro apremia y es necesario prepararlo. En la familia otros han ya elegido el propio camino. ¿Qué hará él?... Es verdad: no le falta nada, y sin embargo nada lo satisface del todo. Cuántas veces durante los espectáculos teatrales se desliza y va contarle a La Virgen los problemas y las inquietudes de su nómada corazón. Cuántas veces se cierra en su cuarto ante la pequeña estatua de la Dolorosa, por él queridísima, y se encuentra con los ojos llenos de lágrimas. Y luego, ¿quién lo diría? Bajo su elegante ropa lleva también el cilicio. Un verdadero barullo el joven corazón.

Los repetidos lutos familiares o también algunas graves enfermedades en las que se ve afectado, le han hecho aparecer las glorias humanas, breves e inconsistentes como orlas de nieve. A los trece años, por ejemplo, se enferma gravemente de la garganta; ve a su alrededor caras preocupadas y demasiado tristes. ¡Qué miedo, pobre Panchito! Implora y obtiene la curación del beato Andrés Bobóla. Precisamente en este tiempo ha sentido un gran miedo y ha prometido entrar con los Jesuitas, pero luego la vida ha vuelto a enrolarlo con su ritmo y a distraerlo con sus insinuaciones.

El padre es renuente en dejarlo partir. ¿Y quién podría cambiarlo? El papá Santos ha tenido trece hijos y ha visto en torno suyo una soledad siempre más grande. Teresa se ha casado, Luis Tomás es religioso dominico, Enrique estudia para ser sacerdote, Miguel frecuenta la facultad de medicina y cirugía en Roma, dos hijas y cuatro hijos ya han muerto. En casa, estamos en el 1855, le quedan sólo María Luisa de veinte y seis años, Panchito de diez y nueve, y Vicente de diez y seis. Santos quiere inmensamente a todos; pero Panchito es Panchito. Le es el más querido de todos, sobresale en sociedad, le funge de secretario y para él sueña un óptimo porvenir. ¿Qué hará sin él?

En 1855 una nueva muerte, de las más tristes. El 7 de junio, truncada por el cólera muere de improviso María Luisa que en casa había sustituido a la mamá. Panchito se ve envuelto por un huracán de por qué… Para qué sirve vivir si después… La idea del convento regresa con más insistencia pero el padre hace aún de todo para que esa no tome forma precisa. ¿Qué cosa se necesitará para que Panchito se decida verdaderamente? El 22 de agosto de 1856 por las calles de Espoleto se desarrolla la procesión con la imagen de la Santísima Virgen venerada en la Catedral. Entre la multitud se encuentra también él. Cuando la imagen le pasa delante se siente herido el corazón con palabras de fuego que le queman el alma: “Panchito, ¿qué cosa haces en el mundo? La vida religiosa te espera”. Panchito sale de la multitud y se pone a llorar con la cara entre las manos. Esta vez es la madre que le llama. ¿Cómo es posible resistir? Nadie ni nada lo detendrá. El 6 de septiembre (han transcurrido sólo15 días), sale de Espoleto y el 10 está ya en Morrovalle (Macerata) para iniciar el noviciado. A lo largo del camino ha superado aún pruebas escalonadas del padre para examinar su vocación. Pero tenía razón Miguel al decir en familia: “Sepan cómo es Panchito; cuando ha tomado una decisión no se deja cambiar”.

El bailarín sorprende a todos

En Espoleto quedan todos sorprendidos por su repentina partida. La mañana del 8 de septiembre el profesor de literatura, padre Luis Pincelli, entrando al salón de clase, comienza la lección de manera desacostumbrada: “¿Han oído del bailarín? Se ha ido para hacerse pasionista”. En Morrovalle, Panchito, encuentra otros 10 novicios entre los cuales está el beato padre Bernardo María. Es maestro el padre Rafael Ricci y vicemaestro el venerable padre Norberto Cassinelli. Panchito se siente finalmente satisfecho. También Santos está tranquilo, convencido de la vocación del hijo. Acepta “los inescrutables designios de la Divina Providencia”. Siempre lo ha enseñado a los hijos. Ahora, él mismo inclina la cabeza aún si el dolor por la separación no encuentra adjetivos suficientes.

A los 18 años, pues, Panchito cambia página. El hijo del gobernador con un rosa porvenir, el bailarín amante de la cacería, se encierra en convento donde la vida, para un ojo profano transcurre monótona y rutinaria. ¿Hay una explicación para todo esto? Ciertamente. De cuando la Santísima Virgen, por las calles de Espoleto, le ha invitado fijándolo en los ojos y hablándole al corazón, ha visto claro su futuro. Un corte preciso con el pasado y una fantástica aceleración hacia lo alto. Fascinado por naturaleza, por lo bello, habiendo intuido que la belleza suprema es la santidad, la hace su único objetivo. Y lo centra perfectamente.

El 21 de septiembre de 1856 viste el hábito pasionista y elige un nombre nuevo: Gabriel de la Dolorosa; nombre que le manifiesta continuamente la Virgen. El año sucesivo emite la profesión religiosa. En junio de 1858 se transfiere a Pievetorina (Macerata) para los estudios filosóficos bajo la guía del padre Norberto que lo acompañará hasta la muerte. El 10 de julio de 1859 está en Isola del Gran Sasso para el estudio de la teología y la preparación inmediata al sacerdocio. El 25 de mayo de 1861 en la Catedral de Penne (Pescara) recibe la tonsura y las ordenes menores. Inmediatamente después se enferma; cualquier curación resulta inútil. No logra ni siquiera el sacerdocio. El 27 de febrero de 1862 “al surgir el sol” muere confortado por la bellísima visión de la Virgen invocada con profundo amor: “Madre mía, ven pronto”. Aún no han pasado 6 años de su ingreso entre los Pasionistas. Los hermanos religiosos permanecen allí alrededor del lecho a mirarlo nutriéndose de hermosísimos recuerdos. Y conmovidos recuerdan…


Recuerdan su vida caracterizada por la desbordante alegría. Una alegría que continuamente le brotaba desde dentro, le perfumaba la vida y que la esparcía a manos llenas. Una alegría incontenible: parpadeaba por cualquier señal, se deshacía por cualquier actitud; explotaba, fascinaba, contagiaba. Gabriel se había convertido también en cantor. “La alegría y el gozo que yo pruebo es casi inexpresable; mi vida es una continua felicidad. Los días, aún los meses se pasan rapidísimo. Mi vida es una dulce vida, una vida de paz. Estoy contentísimo”. Gozo y sonrisa que no se pueden apagar ni siquiera ante la muerte. Es más, sobre la muerte han obtenido su victoria más bella. Un día lo llamaran el “santo de la sonrisa”. Ellos ahora no lo saben. Pero no se maravillarían si alguno lo insinuase.


Recuerdan sus días. Al parecer ordinarios. Sin embargo jamás encerrados en la rutina. Mártir y poeta de lo ordinario. Lo ordinario ha sido su pan, el simple heroísmo, lo ordinario su canto. Las pequeñas frágiles cosas de cada día, se hacen grandes por el espíritu con el que las realizaba. Con esas ha diseñado el mosaico de la santidad. Lo repetía con frecuencia: “Dios no mira la cantidad sino la calidad; nuestra perfección no consiste en hacer cosas extraordinarias sino en hacer extraordinariamente bien las ordinarias”. Su director revelará con una lapidaria expresión el secreto de su santidad: “Gabriel ha trabajado con el corazón”.

Recuerdan su vida transcurrida a la sombra de María. Ella, en efecto, “comenzó en Espoleto llamándolo a la vida religiosa. Lo acompañó y continuó ayudándolo en la obra de su santificación; cumplió la obra viniendo a recoger su alma y llevarlo cerca de sí en el paraíso. Parecía que el no fuese sino una copia de María”. La Virgen y la Virgen Dolorosa, en particular, ha sido la razón de su vida. Emitió un voto especial: propagar la devoción a la Virgen Dolorosa.

¿Pero precisamente ha muerto Gabriel? Parece dormir sereno. Lo observan por última vez y lo ven así como lo describirá el director: “Mi Gabriel, dirá el padre Norberto, tenía un carácter muy vivaz, suave, insinuante y al mismo tiempo resuelto y generoso. Tenía un corazón muy noble, lleno de afecto, un modo de hacer sumamente atrayente, agradable, naturalmente gentil. Era juvenil e festivo, de palabra rápida, aguda, fácil, llena de gracia. De modales convenientes, era ágil y compuesto en cualquier movimiento de la persona. Tenía ojos redondos, negros, muy vivaces y bellos: parecían dos estrellas. La virtud y la santidad pues en todo lo llevaba a cabo. Reunía tantas dotes que difícilmente se pueden encontrar todas en una sola persona. Ninguna maravilla que se conquistara el bien querer de todos. Era verdaderamente bello en el alma y en el cuerpo”.

Hacen, sí lo funerales, celebran las exequias. Pero más que rogar por Gabriel, ruegan a Gabriel: todos están convencidos de deponer en el sepulcro, cavado en la cripta de la Iglesia, no un cadáver sino una semilla destinada a florecer. Los tiempos los conoce sólo Dios. Pero no estarán demasiado lejos. En 1866 los Pasionistas son expulsados del convento de Isola. Todo parece consignado al silencio. Sin embargo… en 1891 inician los procesos de beatificación; en 1892 será la exhumación de los restos mortales de Gabriel acompañada de una lluvia de prodigios grandiosos. En 1894 los Pasionistas regresan a Isola llamados por aquel joven estudiante que no quiere saber de haber muerto. El 31 de mayo de 1908 Gabriel es declarado beato y el 13 de mayo de 1920 es proclamado santo.

Lo demás es historia de fascinación siempre creciente, de una vida siempre más plena. Continúa a ser historia de una santidad que no conoce ocaso. En el mundo más de mil templos están dedicados a él. Y en los Abruzzos, a los pies del Gran Sasso, donde un tiempo surgía una pequeña y solitaria iglesia hay ahora uno de los santuarios más conocidos y queridos. Aquí Gabriel llama, atrae y acoge. Innumerables peregrinos lo visitan. Bajo su sepulcro brotan gracias sin término, se producen estupendos milagros. Para muchos enfermos Gabriel es la última esperanza; para otros es la única esperanza. Para muchos, acercarse a su tumba, es la señal más largamente acariciada. Y con frecuencia la esperanza no queda defraudada: el milagro besa un corazón en pena, sana heridas sangrantes y renueva un organismo desahuciado.
Gabriel está vivo, sonríe aún. Todavía regala gracias y milagros.

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